Roberto Velasquez
Hablaré de mi lectura del libro del maestro Álvaro Solís que hoy tengo el honor de presentar, me emociona sobremanera ya que a él lo conocí a través de las letras, leyendo su libro También soy un fantasma, con el que tuvo el galardón del premio José Carlos Becerra en el 2003, por eso hoy me alegra poder comentar algunas resonancias de su texto.
Como psicólogo que soy, uno lee el título del libro y casi de inmediato es remitido a la entidad diagnostica que inscribe el significante Asperger, arrastrando consigo una jauría de sentidos que permitirían enumerar aquello que supuestamente lo describe. Sin embargo, Asperger es, finalmente, también una palabra. Y quizá habría que comenzar por ahí. Así como la palabra entidad podría remitirnos a una cierta pretensión de sustancia —a la ousía aristotélica, por ejemplo, a aquello que permanece siendo lo que es—, aquí esa consistencia comienza a desvanecerse en el caldo de la lengua. Ya no es Asperger como entidad clínica, ni el ímpetu clasificatorio del diagnóstico, sino la palabra desprendida de su pretensión de fijar una identidad. Lo que queda entonces es la potencialidad de la letra del poeta, lo que permite hacer un brebaje de luz, lo que permitiría también enunciar —haciendo un giño al gesto de Nietzsche— que la verdad es un asunto de metáforas.
La escritura desprende sentidos en los baños del silencio, aborda las relaciones de la letra, dice Álvaro Solís en las primeras hojas “La mano escribe sobre las corrientes que detonan la furia” y es que algo hay en la escritura, un caudal de sentidos que generan otros sentidos, comenta también el poeta:
Hay algo en el sonido que dicta todos los Nombres
Que matarán a la oscuridad
Y todo anda y todo vuelve
En busca del secreto
Que anille los motores girando sin parar
No es la luz lo que se busca
Es el movimiento que nunca se detiene que alcanza pleno el día
Que giren sin parar las hélices de Dios.
La relación cruzada que articula el libro entre Nikola Tesla, Syd Barrett y Glenn Gould —luz, guitarra y piano; “huellas de luces sin fondo”, “silencio de la muerte” y “pianos sin voz”, por decirlo con las palabras del poeta— abre, desde mi perspectiva, una lectura ligada a la experiencia sensorial y afectiva. La luz de Tesla, los gritos del silencio de Barrett y las teclas de Gould me hacen pensar en las distintas maneras de habitar el mundo: qué sentidos abrazan el instante, qué afectos lo atraviesan y qué relación con lo real se inscribe en cada experiencia. Quizá no vemos el mundo tal como es, lo vemos a través del fantasma de nuestros deseos. Fantasma que habita en las sensorialidades que “traducimos”.
El texto de Álvaro me permitió pensar cómo, desde las teclas, los silencios y las luces del verso, esta temporalidad se inscribe en los afectos, de modo que algo queda en la tinta del tiempo y no deja de escribirse en sus distintas materialidades. Si retomamos el concepto de Catherine Malabou, la plasticidad, el devenir plástico de la letra permitiría advertir que lo sensorial —incluso sus instrumentos: teclas, cuerdas, luces— se extiende y marimbea a lo largo del libro, pero convive también con otras formas de plasticidad, entre ellas la de la memoria.
En Colofón de la memoria, la memoria adquiere la forma de un camino, se atraviesa, se hunde, se ilumina, se llena de lodo, de disparos, de maizales y de cuerpos. El camino hacia la casa contiene “surcos de tiempo / y de memoria”, como si recordar fuese también trabajar una superficie, darle un machetazo al tiempo para que algo del pasado pueda volver a inscribirse en el presente, y así ese “árbol que ya no da luz”, florezca.
La memoria sería entonces plástica, así como los versos del libro, porque conserva las marcas de aquello que la atraviesa y, al mismo tiempo, transforma aquello que recibe. No retorna lo mismo, retorna una materia alterada. Por eso el sujeto avanza entre ráfagas, entre una tierra que recibe la sangre de quienes caen, hasta que caminar y recordar terminan por con-fundirse: “Por eso avanzo gentil entre las ramas, avanzo en la memoria” dice el poeta.
Creo que también Asperger tiene esta bella potencialidad. La memoria se vuelve tierra, camino, luz, cuerpo, relámpago; se deja tocar por aquello que ocurrió y hace de esas marcas una nueva forma sensible. Así, las teclas de Gould, las cuerdas de Barrett o las luces de Tesla no quedan encerradas en sus respectivos personajes: se prolongan, cambian de materia, reaparecen. Re-existen más allá.
¿Acaso las pálidas sombras de la madrugada elevan su coro para guiarnos hacia las lagunas de luz que adormecen el mundo? ¿Acaso los silencios del grito inscriben ríos en las cuerdas de una guitarra todavía por afinar? ¿Acaso algún día se revelará el secreto de las sillas y los pianos que se miran mutuamente en silencio hasta que llega el pianista?
¿Acaso Asperger, de Álvaro Solís, no sería también una nueva materialidad en el mundo, un modo de existencia menor, un néctar de luz desprendido de las letras?


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