Atentados del sueño: testimonio de una caída

Voy a toda velocidad en mi auto, pero yo no tengo el control. A veces voy de copiloto, otras veces en el asiento de atrás. Siempre estoy solo en el auto. El agua me rodea, hay tramos de agua que no puedo evitar, y pasa la hecatombe: caigo dentro del agua junto al auto… en ese momento, despierto.

—Sueño recurrente

Hace algunos días tuve un accidente. Caí en un barranco porque el sueño me ganó. Por segundos cerré los ojos, y cuando desperté estaba dando vueltas con mi camioneta hasta al fondo, cerca de caer al río. Afortunadamente no eran tiempos de creciente, si asi hubiera sido, no podría haber escapado de ese final, o no lo sé, quizá no hubiera despertado más; pero me encuentro aquí, en el papel del testigo del sueño y del accidente.

 El carácter de lo traumático del evento, junto con el “cumplimiento de un sueño” que había nacido desde años atrás, se volvió una mezcla confusa de mi deseo y de los atentados que he tenido contra mí. El primero que esclarezco fue en la ciudad de Puebla, donde todavía estudiaba la carrera de psicología. En ese momento me encontraba terminando de leer Más allá del Principio de placer, de Sigmund Freud. En camino a mi análisis, iba caminando por la calle, tenía miedo de que alguien me estuviera persiguiendo y fuera víctima de un asalto. La sorpresa finalmente no vino de afuera, sino de mí. Al acercarse un auto por la avenida, iba a una velocidad considerable, ya cerca de mí, salté. El auto logró esquivarme, no sin después lanzarme groserías con toda razón. No sabía porque lo había hecho.

En análisis salió lo siguiente: “temía de un asalto”, le dije a mi analista.

—A, salto, contestó.

Este fue el primer atentado contra mi persona, uno de tantos y de las pequeñas muertes que supone existir. El segundo tiene mayor magnitud, como si en la caída se condensara un significante tan importante como el sueño relatado al inicio, mismo que se ha repetido por numerosas noches y que vio su materialización hace algunos días. ¿Qué implica caer dormido en el barranco? ¿Qué implica salir ileso de esto?

Como si caída y sueño sedujeran un deseo al borde del abismo; deseo de caer, deseo de salir, deseo de ser el último sueño, de una noche apenas iniciando junto a las sirenas de los alrededores y las voces del auxilio.

Llevo en mí la tarea imposible del testigo[1], así como la vergüenza que supone cargar con la culpa de mis actos, ponerme ante ellos y escribir algunas palabras que me permitan hacer el trazo de lo que pasó. No es tan sencillo y sí lo es, porque ya escribí que me dormí y caí en el barranco, di quizá cuatro vueltas hasta detenerme en medio de la maleza, entre los matorrales y la basura. Siempre he sido problemático conmigo mismo, por eso quiero sacar de mis problemas un puñado de dudas para tratar de hacer un dispositivo de sentidos que me permita habitar de otra manera, de seguir siendo de otra manera, de recuperar lo viejo ahora siendo distinto. Procuro, en la medida de lo posible, hacer de mis tragedias otras formas de vivir.

A lo largo de mi vida, los sueños siempre han sido tan importantes. Desde que recuerdo, desde que elaboro la ficción del soñar, siempre ha tenido una potencia genuina sobre mi vida. Si soñaba con alguna artista lejana, despertaba extrañándola, como si hubiera sido alguien cercana para mí, alguien a quien amé y ahora estaba de luto por no tenerla más. Me pasó varias veces de niño, por eso creo que mi sueño siempre ha tenido gran potencia en mi vida. Los sueños, según Anne Dufourmantelle, tienen su inteligencia y su potencia, es un tiempo que ningún poder puede capturar, ningún régimen externo se puede hacer de él, pero también depende del soñante darle hospitalidad al relato.

Relatar un sueño es el destino que tienen esas imágenes oníricas, ser pasadas por las palabras para que otro pueda imaginar. Escribir el sueño supone mantenerlo de otra forma, hacer una traducción de su materialidad onírica, el sueño, asi como el fantasma[2], es una lengua singular de la experiencia que permite relacionarnos con lo acontecido. Por eso el papel del soñante es también el papel del testigo. Ante el trauma, el sujeto es entregado a la violencia de la inscripción real del cuerpo, y la imposibilidad de narrar lo acontecido. Digámoslo desde ya, el trauma no es un indecible, no tiene la particularidad mística en esa experiencia del silencio, es más bien la rotura de una lengua que se replicaba, y que a partir de allí se abre la escisión para situarse ante la misma de otra forma y de otras maneras. Hablar a partir del trauma es encontrar la posibilidad de decir algo a través de gestos, lo que queda después de la muerte simbólica.

En lo que respecta la caída, en tanto acontecimiento real como fantasmático, implica la caída de un sentido. La caída es la rotura de una vida a como se venía replicando. Se materializa en el acto destructivo, y la entrega a ese accidente, es implicarse subjetivamente ante lo que ya no se tiene control. Accidente viene del latín accidens, accidentis, participio de accidere, que significa “caer sobre”, “suceder”, “acontecer inesperadamente”. Accidente, es pues, aquello que cae sobre uno, aquello que sobreviene y modifica sustancialmente lo que (se) tenía. Una persona accidentada es quien se vio arrojado a una situación que lo cambiará de por vida, que de alguna manera u otra ahí acontecerá un cambio; se encarnará. Los desenlaces son sencillos en tanto a su variación: la muerte o el que testifica.

Dar testimonio del accidente implica de cierta forma un shock inicial, un estado donde no se tiene plena conciencia de lo acontecido, pero que empieza a narrar (casi desde una materialidad onírica) los hechos desde una posición frágil. A diferencia de un lindo sueño o una pesadilla, narrarlo implica un cierto alivio y conversación. En el accidente, la incertidumbre de lo acontecido y la violencia de la inscripción en el cuerpo, no permite fácilmente articular alguna palabra: se está ante un evento del cual no se quiere saber, porque algo que se tenía como antes, se perdió. Y todo lo perdido, perdido está.

En mi caso particular, para mí que salí sin ninguna lesión de gravedad, ni siquiera un rasguño, no me siento feliz. Caí, me accidenté, eso no me lo quita nadie, no gano nada con hablarlo o escribirlo. Haberse accidentado es un desperdicio, es ver el abismo sin siquiera recibir una mirada de vuelta, es entregarse a lo absurdo del acto. No me siento agradecido como muchos piden que me sienta. No me siento feliz por esta “nueva segunda oportunidad”. Me siento un muerto en vida, al menos hasta hace unos días. El accidente es ser arrojado al margen de una decisión sobre tu propia vida, no hay ninguna enseñanza moralizante de esto. De ahí que me guste este extracto de Constanza Michelson “El trauma es una catástrofe porque nos ubica en una posición cosificada, sin defensa… la catástrofe para el ser humano es quedar desnudos, cuerpos pasivos frente aquello que se enfrenta sin sentido[3]

Decía que “No hay enseñanza moralizante de esto”, porque no se trató en ningún momento de un punto de inflexión radical. No se trata de reponerse de la caída, de “cambiar el chip”, de superarlo, de sanar. No creo en nada de eso, son palabras vacías donde rápidamente se intenta clausurar lo absurdo de la experiencia. No me voy a reponer porque reponerse implica no dejarse interpelar por la caída. Si realmente me “reparara”, tarde o temprano volvería a ser (y hacer) lo mismo, volvería a caer por aquel barranco, porque esa vida que tenía que estaba destinada a caer. Ahora, no es tan distinto, lo acontecido me hirió subjetivamente, sigo soñando que estoy atrapado en el mismo sitio, un vehículo a punto de caer al agua, intentando salir por la ventana con esperanza de que alguien me escuche y me ayude. Lo vuelvo a soñar, despierto… Este ciclo repetitivo del acontecimiento traumático como resto inservible y sin-sentido aparente, es lo que queda de un accidente, pero también me deja a la deriva de la pregunta por mi deseo. ¿Qué hago a partir de esto?

Porque vivir implica asumir una decisión y una forma de habitar. Tomar posición implica también una puesta en acto del deseo, una a-puesta, una ética del deseo. La ética, al contrario de los códigos crueles de la moral moderna, implica constantemente la vulnerabilidad, pero también sentir. Parece que después de todo acto de destrucción de una vida y su posterior supervivencia debe alienarse a un modo coercitivo de existencia kantiano “obrar bien como si fuera una máxima universal”. Creo que a muchos como yo se nos propone un modo de vida que clausure la pulsión vital, tal como una vida religiosa y de entrega total a los actos divinos, que son más bien juzgados, y así evitar la hecatombe. Vivir éticamente es a sabiendas de la caída, es a partir de la caída, de ese evento que tuvo lugar, de esa mala decisión, pero que no deja de ser “TU” decisión. Es tomar posición ante la vida y sus caídas.

***

Vuelvo al sueño del inicio que casi se realizó —vuelvo también a la potencia del sueño que ha afectado a mi vida—. Esta vez el sueño me ganó y caí, paradójicamente casi se cumple mi sueño recurrente, pero es también la potencia del sueño y su inteligencia, el llamado a una conversión, de manera que el soñar en tanto forma de con-versar, implica la creación de otros mundos posibles. A partir de una caída puede desplegarse la potencia del mismo sueño que la hizo caer; otra manera de hacer a partir de los restos, otra manera de vivir sin clausurar al deseo, otra manera, pues, de soñar.


[1] Giorgio Agamben, Lo que resta de Auschwitz: El archivo y el testimonio. Homo sacer III, trad. Antonio Gimeno Cuspinera (Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2014), 111.

[2] Anne Dufourmantelle, Inteligencia del sueño, trad. Silvio Mattoni (Ciudad de México: Nocturna Editora, 2020), 62.

[3] Constanza Michelson, Hacer la noche (Buenos Aires: Paidós, 2024), 57–58.