Escribir supone desnudarse, mostrarse y cambiar de pieles. La escritura impera sobre su materialidad y logra mudar, cambiar de pieles, de nombres; se desviste y muestra su ausencia, se pone otra ropa, cambia de géneros. En todo caso, escribir es un acto de travestismo y un acto transitorio. Al imponer un molde dentro de la fijeza de las ropas, como lo es el dogma de las disciplinas, la escritura —llamada académica, llamada ortodoxa, llamada científica— se fija y nombra en el intento de lo inamovible. Ante todo, la escritura desde el dogma fue el intento de capturar la ousía: sustanciación de la metáfora como si esta pudiera anclar algo, fijar un molde y depositar allí su finitud.
Pero la escritura encuentra su desborde, su marca, su temporalidad distinta; se pervierte por la letra. Ya Jacques Derrida había notado parte de este cambio de vestimenta en la tradición occidental de la filosofía y en la historia de la escritura. Su gramatología y la deconstrucción —destrucción analítica, como lo diría Alberto Moreiras— muestran que la ropa de la escritura ha cambiado, se ha diversificado, siempre ha encontrado otros moldes y otras mutaciones. Escrituras monstruo, escrituras trans, escrituras travestis: toda escritura es una saturación y un desborde, ruptura y sentido, manipulación de la letra, usurpación de la sustancia, profanación de lo improfanable, destrucción de la palabra. Escribir es desmoronar el sentido.
Jean-Luc Nancy también había notado parte de este travestismo de la escritura en el sentido. Siempre lo que se viste es el sentido, mas no la escritura. La escritura bordea, pero nunca equipara; encuentra desbordes, como aquel que el filósofo francés hizo resonar con la palabra excrito: luminiscencia del significante abierto hacia afuera, exterioridad íntima, extimidad íntima. Un texto es una intimidad pública, desnuda ante su inscripción.
El acto de querer fijar un molde dentro de la escritura es tapar al río en su desborde. La tradición de la inscripción ortodoxa no pudo eliminar las porosidades del texto, sus nuevas pieles y vestimentas. La escritura ha inundado al mundo con su aparición y desaparición. Está y no está: huella y trazo, economía libidinal depositada al interior de un afuera. Escribir también es un delirar, abrir el mundo del sentido por el sentido mismo, para que la letra encuentre su permanencia.
Si el científico se emociona por la captura del sentido que supone la prueba y el número, escribir ha demostrado que la evidencia es siempre un trazo y una reiteración, misma que en su soporte se halla desbocada, modificada y cambiada. Escribir es entrar en la corriente de las letras, sus juegos y sus sonidos.

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