Estoy en la encrucijada del silencio de mi corazón, abierto y a medio camino, apunto de mirar el mundo con el que pactaré mi estancia.
Mi alma, partida por el relámpago de una mirada, vino a demostrarme lo estúpido que puedo ser a sabiendas de que todos miran un fragmento de mi asco, de mi más grande vergüenza de portar un nombre hecho espejo.
¿Y es que acaso la maldita manera de lanzar palabras muestra una forma sigilosa que se resbala por la sal de nuestros cuerpos?
¿Cómo se rompe un corazón?
Es aparentemente sencillo.
Saca de tu boca una espada de aire para afilarla con palabras tan agudas que se incrusten en el corazón del otro, algo así como un relámpago del silencio que se va y se escribe de manera tal que el veneno se inyecte en el otro corazón y resuene hasta dejarlo ciego.
El veneno será tan poderoso, muy recomendado, al grado tal del que el otro no podrá volver a ver como nunca antes lo había hecho. Verá con temor el reflejo y los corazones de otros; verá con el temor siempre los ojos agónicos de una desesperación aguda cuando su cuerpo se palpe, y no lo vuelva a encontrar.
Esa es la magia de esta posición magia, mágicamente muerte, muertamente mágica. Esta es la magia de la destrucción.
Esta es la magia cuando una palabra incrustada así, tan descarada, senil, muerta, ceniza, se vuelve parte del ejercito de los corazones sangrientos, acaso roto, acaso destruido, acaso asfixiado, acaso agónico, acaso otra vez destruido.
Esta es finalmente una de las muertes más sencillas que pueden tener en vida; quedar como un cadáver despierto, dirá Pessoa.

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