“No hay arte más difícil que el difícil arte del olvido”.
— Eleonora Cróquer Pedrón
Miro a la ventana del tiempo como quien observa un cúmulo de silencios arropados por la nostalgia del pasado. La tinta de la melancolía pone lienzos sobre el recuerdo en nuestro presente para darle otro lugar a la vida. El libro del poeta Oscar Enrique, Polvo Erguido y otras Ausencias, es un texto que, además de pensar la nostalgia, desde mi lectura puede comprenderse también como un libro sobre el tiempo que hace tiempo. Es decir, el libro es un conjunto de tiempos pasados que, en su lectura, vuelven a la presencia, otorgando nuevamente un lugar a esos nombres que marcharon, a esos instantes quizá perdidos, pero ahora recordados. Dice el poeta: “Pienso: es la frialdad de la soledad con uno mismo. La añoranza se ha soltado entre la casa, es palabra en mirada de muchos y lágrimas en otros”.
La nostalgia ha acompañado al humano a lo largo de su historia. Desde que algo se pierde, el humano crea artefactos del recuerdo, porque hay un duelo sobre aquel objeto amado que se perdió y que no tuvo posibilidad de reencontrarse. Si bien, el objeto perdido, perdido está, queda la sensación, la añoranza del reencuentro. Vendrán desde ahí los sueños, o la viva sensación de la tinta gris que impregna los días, sin su encanto colorido, a partir de ahí —desde esa sensación de vacío y de perdida— se generan los artefactos inscritos. Es decir, inscripciones desde aquella sensación que ha perdido el encanto del mundo, para volver a florecer en medio del vasto mar de la melancolía: así podríamos pensar que nace el poeta. ¿Qué es un poema? Es una inscripción nacida desde la tormenta subjetiva, un relámpago de tiempo que inscribe luz dentro de la página en blanco, una sobrevivencia hecha de letras que nos habla. ¿Y que es un poeta? Aquel que afila las palabras en medio del caos para plasmar la luz de sus poemas, es quien en su escritura construye un silencio que habla, afecta y seduce.
La tarea del poeta, decía Jean-Luc Nancy, es la de hacer aparecer algo en el mundo, actividad que concierne también a la labor del artista. El poieta, aquel que ejerce la actividad de la poiesis, trae a la presencia algo que quizá no era visible. Antes de las lecturas esencialistas sobre la poesía y sus interpretaciones puristas acerca del ser y de la Poesía (en mayúscula) como actividad encaminada a un solo estilo y un solo formato de las bellas artes, el poeta, ante todo —antes incluso de las ficciones sobre las esencias puras—, es quien juega con el lenguaje; danza con su forma para instaurar desbordes de sentido. Y cuando la intencionalidad aparece, cuando el deseo del escritor se materializa y, más aún, cuando se quiere escribir la nostalgia y la muerte, el poeta, con su sable de letras, le da un lugar a ese pasado que aconteció, a esos nombres que marcharon, a esos instantes que fueron, a las tormentas del mundo y que aún con eso, aún con el mundo a cuestas, hace la pausa para escribir, es decir, para dar voz al momento. Hacer aparecer un trozo del tiempo vivido. Un testimonio de “esto he vivido”.
Tal como había comentado Nelly Richard, “El pasado es un campo de citas atravesado tanto por la continuidad (las formas de suponer o imponer una idea de sucesión) como por las discontinuidades: por los cortes que interrumpen la dependencia de esa sucesión a una cronología predeterminada”. El tiempo presente está repleto del pasado; los fantasmas están con nosotros, porque nuestros muertos siguen estando aquí, a su manera singular de habitarnos. Y comenta Oscar: “A diario nos tornamos recuerdo. Crece el vacío en nuestros ojos, solo somos memoria y hablamos en pasado a diario”. Pues el pasado encuentra una de sus formas de existencia en el recuerdo, actividad que siempre acontece en presente. Recordamos los nombres de quienes amamos y ahora se encuentran en su fría estancia. Las bestias del duelo muerden nuestras entrañas y nos hacen pensar en lo que escribía César Vallejo, en medio de la desesperación ante la pérdida de alguien o algo: “jamás el fuego nunca jugó mejor su rol de frío muerto”.
Porque el dolor de recordar nos da la evidencia de que somos humanos y que nuestra forma de existir está atravesada por la relación con el pasado. Como sostiene la psicoanalista Carolina García: “El pasado nunca está concluido y cada generación es destinataria de una débil fuerza sobre la que el pasado hace valer su derecho. ¿No es lo propio del humano vérselas con el pasado y con sus muertos?”.
El texto de Oscar Enrique suscita estos encuentros con tiempos pasados. Se lee en presente, pero también ofrece una forma de supervivencia para quienes ya no están. Aunque algunos nombres aún permanecen con vida, como ocurre en Polvo en retirada, en su gesto de inscripción la escritura ya les otorga una sobrevida material que desborda la fragilidad del cuerpo. Porque, finalmente, escribir, como sostenía Sigmund Freud, es también una manera de eternizarse. Los nombres reunidos en estas páginas abren una supervivencia menor, una cita con los muertos que tantas veces extrañamos. Y si su presencia parece imposible, ¿no es acaso la escritura una manera de convocarla nuevamente? ¿No es este encuentro en la memoria una forma también de resu-citar su palabra?


Deja un comentario