Álbum familiar

Creo que toda familia conserva algún artefacto de la memoria: un libro híbrido acompañado de fotografías, fechas, anotaciones, nombres y huellas de acontecimientos. Algunas imágenes son más antiguas que otras; ciertas páginas contienen textos que acompañan la fotografía y, en otras, la imagen comienza ya a desvanecerse por la temporalidad del papel, aunque todavía permanezcan visibles algunas de sus marcas.

Este artefacto híbrido, resguardado entre los almacenes íntimos de la familia, se convierte en portador de historias y relatos; deviene archivo. El gesto de mostrar el álbum familiar a alguien ajeno —o apenas cercano— supone también exponer la historia desde la cual se viene: la infancia, los acontecimientos, los cuerpos que estuvieron, los lugares habitados. Sacarlo de su condición estática es activar el dispositivo metacrónico que contiene.

Mostrar el álbum es mostrar la historia, pero también (de)mostrar un trazo. Las fotografías aparecen dispuestas mediante un montaje: por años, por acontecimientos, por viajes, cumpleaños, reuniones o nombres. Ese montaje activa en quien observa las imágenes un dispositivo visual de herencias.

Las fotografías almacenadas en el álbum contienen un cúmulo de temporalidades que nos anteceden. El álbum —híbrido íntimo— dispone así de una economía afectiva del tiempo que se activa cuando alguien comienza a recorrer sus páginas. Se muestran algunas fotografías, quizá las más significativas; otras se omiten, tal vez por vergüenza, dolor o pudor. Cada selección revela que la familia no conserva simplemente imágenes: organiza afectivamente aquello que desea recordar, lo que le da a este artefacto una materialidad del deseo, un gesto que inscribió también un modo de lectura.

La fotografía moviliza entonces un relato que vuelve a inscribirla dentro del tiempo. Incluso cuando quien observa no vivió el acontecimiento representado —la imagen de unos padres jóvenes disfrutando de una fiesta, la convivencia de los abuelos, un viaje ocurrido antes de nuestro nacimiento—, la fotografía activa una narración capaz de hacer presente una temporalidad anterior.

El álbum familiar no solamente conserva aquello que ocurrió. Hace posible que un tiempo que no vivimos nos alcance. Se trata, pues, del don de una historia que nos precede: una herencia que pasa de mano en mano y que, al ser contada nuevamente, encuentra otra forma de durar.

En lo que a mí respecta, activar el álbum es sentarme con el tiempo y mirar las marcas del pasado. También la fotografía envejece, pero las historias permanecen cálidas. Las historias que contamos, las historias que nos dijeron, ya son nuestras. La fotografía habita junto al relato; la cuento con la ternura y el deseo de quienes me la contaron.

Habitar el álbum es ingresar a las huellas de lo ya inevitable, de aquello que quedó narrado. Imposible, quizá, pero con el gesto de que algo, en ese silencio de la imagen, resuena todavía con el fuego de los afectos. Cuando veo la imagen de mis amados que están muertos, vuelvo a saludarlos y a sentirlos desde su nueva piel fotográfica. Es una manera de re-suscitar el encuentro.