Balam Rodrigo leído por un admirador: breve crónica de un encuentro y brevísima presentación de Álbum familiar centroamericano.

Nota aclaratoria:

El título del presente texto constituye un guiño a la conferencia que el poeta Balam Rodrigo dictó el 2 de agosto de 2026, en Villahermosa, Tabasco, bajo el nombre “Jaime Sabines leído por un peatón”. Al retomar esa formulación, no pretendo establecer una equivalencia, sino expresar el lugar desde el que estas páginas fueron escritas: el de un lector profundamente conmovido por su obra, movido por la admiración y el afecto que ha despertado en mí.

El texto se divide en tres apartados. Los dos primeros tienen un carácter testimonial y relatan el encuentro con el autor, mientras que el tercero está dedicado a una breve presentación de uno de sus libros más recientes, Álbum familiar centroamericano.

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Al enterarme de la conferencia que dictaría Balam Rodrigo este 2 de agosto en el Festival Ceiba de Villahermosa, Tabasco, no dudé en apartar de inmediato todo lo necesario para estar ahí. Balam, autor al que conocí a través de la lectura de Libro Centroamericano de los Muertos, obra galardonada con el Premio Aguascalientes de Poesía en 2018, se volvía una presencia ineludible. Saber que estaría en esta ciudad —a la que ya había viajado el antes e incluso donde había impartido algunos talleres, sin yo aún conocerlo— hacía inevitable el encuentro. Desde la lectura de ese libro-acontecimiento, algo en mi vida se había desplazado de manera radical.

Mi acercamiento a la poesía había sido en mi vida escaso, a pesar de haber crecido rodeado de ella. Mi padre, amante de la poesía y escritor empedernido de la madrugada, dedicaba largas horas a la escritura, práctica que en su momento me resultaba extraña, pero que, sin saberlo, sembró en mí una ética del trabajo con la palabra. Leer, sí; después escribir; luego reescribir; afinar el texto —que es también afinar la lengua, hacer latir las palabras hasta beber del néctar del lenguaje versificado—; y después releer, publicar. El libro es un artefacto de temporalidades condensadas: un objeto que reúne el tiempo de la escritura y de la lectura en la mirada del otro, convocado a la difícil tarea de escuchar ese silencio que habla.

Así me ocurrió con el libro de Balam. Lo leí en el Tren Maya, proyecto atravesado por múltiples controversias que valen la pena pensar, mientras el tren avanzaba hacia el sur: dirección contraria a la de miles de hermanos centroamericanos que se desplazan hacia el norte, hacia el desfiladero de lo incierto. Yo viajaba al sur con el libro entre las manos; otros, en sentido opuesto, con la vida a cuestas. Esa tensión hizo del texto una experiencia aún más punzante. La lectura me provocó algo inédito, una necesidad urgente de escribir, un deseo que no admite excusas. Escribir, cueste lo que cueste; a pesar de todo.

Tenía que asistir al evento. Mi compañera de vida, Yaremi Castellanos, también fue convocada por el mismo deseo. Estaba tan dispuesta como yo a acompañarme, a escuchar, a conocer de cerca a ese autor que, de algún modo, nos había empujado a seguir escribiendo, a seguir afilando las palabras, también —y sobre todo— a pesar de todo.

Intermedio

Miro mi lengua hecha ceniza ante el mundo que se recarga con balas, y trato de pensar en las astillas del silencio que nos punzan en las sombras. Nos hacen beber de las gotas inéditas del olvido y… digo que no, que no hace falta callar los mundos para seguir en el campo; para escuchar el arrullo de los sapos que sobreviven a las más duras sequias.

2

¿Qué nos une a Balam y a mí? Quizá, en principio, el persistente hostigamiento vía correo electrónico de mi parte. A lo largo de este tiempo, le he escrito en varias ocasiones para compartirle mis inquietudes, mis angustias y, sobre todo, la profunda huella que su obra ha dejado en mi escritura. Le conté que su poesía encabezaba parte del proyecto de mi maestría y que había encontrado en sus versos una forma de resistir la inmensa ola de violencia que atraviesa nuestro tiempo, un mundo donde l_s otr_s son convertid_s, cada vez con mayor facilidad, en enemig_s.

En una de esas respuestas, Balam me escribió unas palabras que desde entonces me acompañan: “Los tiempos de horror que vivimos nos rebasan, pero hay que transformar nuestros balbuceos y aullidos en poesía […] arrancar un puñado de palabras al teatro de la infamia de la realidad, para transformarlo en poesía potentísima y necesaria para sobrevivir a nuestra miseria cotidiana”.

Desde entonces, esa frase quedó tatuada en los dedos de mis manos, allí donde la escritura se vuelve cuerpo y el cuerpo, a su vez, escritura. Allí donde la corp-oralidad hace de la palabra un gesto material, una manera de tocar el mundo y de dejarse afectar por él.

Por ello decidí invitarlo a desayunar, a comer o a cenar. Antes de su charla queria poder dialogar, compartir la mesa con quien, sin saberlo, había acompañado muchos de mis propios procesos de escritura. Lo que siguió superó cualquier expectativa. Hoy puedo decir que me siento profundamente feliz de haber conocido a Balam. En unas cuantas horas de conversación, la admiración que durante años había sentido por el poeta encontró también a la persona: generosa, cercana, atenta, de una calidez poco común. No sé si pueda llamarlo amigo, lo siento más bien como un hermano mayor; hermano a quien admiro, de quien aprendo y aprecio. Un familiar entrañable.

3. Del acontecimiento de la escritura como crítica a los regímenes de la violencia, o cómo un machete versificado afecta la razón (necro)moderna: una breve lectura de Álbum familiar centroamericano.

Quiero poner en acto, pasada la medianoche, aquello que ya sabía que ocurriría desde el instante en que supe que vería a Balam Rodrigo: el acontecimiento de una marea de escritura. Tal como sucedió con el primer libro suyo que leí, vuelve a irrumpir esa pulsión irreprimible por escribir. Estas páginas son, entonces, una breve presentación de Álbum Familiar Centroamericano, pero también una tentativa por pensar el acontecimiento que supuso su lectura y su presentación en este preciso momento histórico en el que se inscribe su obra dentro del territorio tabasqueño, territorio del sur, territorio hermano con Centroamérica.

Ante los faros desconcertantes y enceguecedores de las fábricas que impiden ver las estrellas, que a su vez hacen un guiño a la siniestra luz de los mecheros petroleros de Pemex que desgarran los cielos nocturnos; ante el ascenso de las violencias que clasifican, separan y eliminan la diferencia bajo la ficción de lo “racial”, produciendo con ello una distribución biopolítica de los cuerpos dignos de ser protegidos y de aquellos abandonados a la muerte; ante la ceguera de un mundo atravesado por genocidios, desplazamientos forzados y violencias ejercidas contra quienes se ven obligados a migrar; ante todo ello, hay que aprender a sentir a las luciérnagas.

El álbum familiar centroamericano, uno de los libros más recientes de Balam Rodrigo, publicado por la editorial guatemalteca Metáfora Editores este 2025, es un conjunto de poemas que tuvieron luz en otros textos que antecedieron del autor, tales como Marabunta, Libro Centroamericano de los Muertos y Tañedor de Cadáveres. El Álbum familiar, dentro del proyecto del Libro Centroamericano de los muertos, había ocupado un espacio de una escritura personal, cuya voz lirica estaba acompañada de la memoria y las fotografías, un destello del pasado que pulsa dentro del texto. Esta versión del libro es, en parte, una extensión de ese apartado, pero que ahora toma otra materialidad y otra lectura sobre la memoria familiar.

El texto acompaña a la imagen. La memoria viste los versos que pulsan en la escritura, y que sostiene una forma de mirar el presente, la memoria arde asi como el deseo, el poeta dice:

“Mientras escribo, me quema la garganta y los ojos el rostro de mi padre, la antorcha amarilla de su hígado que alumbra la claridad de mi dolor.

Las manos fuertes de mi padre, pájaros ardiendo entre los árboles, su mirada de arcángel degollado, dulce y siniestra, y sus ojos, que siempre me visitan en los buses, escriben su mirada con letras de sangre en estas líneas.”

Arde la imagen porque es verdadera, dice Georges Didi Huberman[1]. Arden nuestras memorias por la intensa flama de nuestros deseos, gesto que nos levanta y nos moviliza a poner en acto una posición ante el mundo. Eso es lo que nos levanta, una potencia —que no es el poder— que afecta la sensibilidad de un tiempo. Escribir es también la puesta en acto de un gesto de levantamiento ante el mundo. En álbum familiar existe este gesto de supervivencia, que supone a su vez una tradición entrañable del testimonio en Centroamérica. Hablar y testificar, decirlo pese a todo.

Las constantes “olas” de violencia propias del régimen moderno que espectaculariza al horror, dejando al espectador dentro de este reparto de lo sensible con imágenes y mensajes grotescos, que a su vez son difundidos dentro de una temporalidad digital que acelera todo —hasta el proceso de escritura—, hace que la noticia atroz sea parte del consumo sin posibilidad de verse afectado, de detenerse y pensar qué historia se puso en juego ahí, qué vida tuvo que pasar alguien para quedar allí. La vida se ha vuelto un extrañamiento y silenciamiento hacia al otro, al grado tal de verle como posible enemigo, o como alguien indiferente, es la individualización lo que se movilizó con la modernidad; importo yo, y no el otro, importa mi vida alienada al consumo de lo digital, mi esfera, mi vientre. Pero, abrirse a la hospitalidad y al encuentro con otro, hace que otras cosas puedan surgir, otras memorias puedan hilarse y encontrar la cercanía que nos une.

Balam Rodrigo, en la hospitalidad con la que él y su familia han acogido y convivido con amigos centroamericanos —que también han pasado a formar parte de la familia— durante su tránsito por México, da cuenta de esa centroamexicanidad que nos es característica y que nos sitúa en la cercanía y el encuentro, más allá de las ficciones fronterizas.

 Dentro de la charla del 2 de agosto, el autor hizo referencia a la ficción de las fronteras, y su imposición imaginaria que establece un régimen de poder para dividir un territorio que, realmente, no está dividido. No hay una división de un lugar al otro, asi también, podríamos pensar que no hay un sello identitario que nos diga si somos de algún sitio o del otro. Somos habitantes del mundo, pero que nos dividen el poder para marcarnos, a pesar de que somos la misma sustancia del aire, como nos recuerda en sus versos:

Vamos de un lugar a otro, de un país a otro,

Sin que nada nos detenga. Estamos hechos

De la misma sustancia del aire y nadie puede colocar

Murallas o alambre de púas sobre el aire.

Nuestra casa está en el aire: no caminamos, flotamos,

Danzamos de puntillas en el aire. Somos como la música,

Como el polen, como estas palabras.

El gesto de escribir también supone ser parte de la sustancia del aire. Se inscribe algo en la marea del pensamiento, un breve trazo de luz que va alumbrando a los anteriores, y deja un lienzo que, muy posiblemente, será modificado. Porque el ejercicio de la lectura precisa de un desencuentro. Releer, cambiar, volver a escribir. Ejercicio común, hasta con nosotros al vernos al espejo, somos distintos y esa diferencia nos permite habitar la morada del ser, pero quedan siempre las huellas de la memoria que no dejan de traer nuestras herencias. Ese lienzo de luz que se reescribe, trae las voces de los que nos antecedieron; no se escribe en soledad, no se escribe por “develamiento divino” como la idea romántica del poeta; se escribe en compañía y pluralidad. Balam lo refleja en sus poemas testimoniales, y esto es parte también de la sensibilidad y el don que permite heredar un testimonio, tal como comenta Aida Toledo[2]: “Se trata de un escritor-a, que es solidario con el proceso, que transcribirá fielmente lo relatado, que hará que se escuche la voz de ese que le cuenta la historia, en medio de un tremendo sufrimiento, si aquello que cuenta ha sido vivido de forma brutal y ha provocado trauma”.

Yo añadiría una nota más sobre el testimonio desde lo que Giorigio Agamben comenta sobre la fidelidad del relato, y que parte también de un imposible de decir. En esta indecibilidad que supone el horror del acontecimiento traumático, en este silencio donde “Ni el poema ni el canto pueden intervenir para salvar el imposible testimonio” porque ya la palabra parece estar destruida por el dolor, aparece lo contrario, pues “es el testimonio el que puede, quizá, fundar la posibilidad del poema[3]”. Ante el horror y el silencio que supone, emerge una gramática de la supervivencia que permitirá levantarse y alojar estas voces supervivientes, estas voces que resuenan en el texto.

El trabajo de Balam en el Album Familiar Centroamericano, es una apuesta ética de lectura, una jauría de letras que sitúan las violencias desmedidas, pero también las memorias, los encuentros familiares que permiten dar otra forma de ver la situación, que, ante toda la ferocidad de nuestro tiempo, siempre hay un gesto de hospitalidad y un lazo que nos une. Leer el texto de Balam Rodrigo es mirar al mundo y situarnos ante el mismo. Un libro-acontecimiento y una ética de la escritura que se posiciona ante las máquinas de guerra de nuestro presente, y reivindica la potencia de la palabra y su forma de resu-citar a nuestros muertos que permanecen cada vez que los recordamos y escribimos.

Darles pues, otro lugar en el presente.


[1] Georges Didi-Huberman. Desear, Desobedecer. Lo que nos levanta 1. Abada Ediciones

[2] Aída Toledo, Meter la mano en las entrañas: Sobre teoría y prácticas del género testimonial (Guatemala: Editorial Cara Parens, Universidad Rafael Landívar, 2021), 24.

[3] Giorgio Agamben, Lo que resta de Auschwitz. El archivo y el testimonio, trad. Antonio Gimeno Cuspinera, 3.ª ed. (Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2019), 43.

[4] Balam Rodrigo. Álbum familiar centroamericano. Guatemala: Metáfora Editores, 2025.

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