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¿Cómo iniciar este recorrido? ¿Vacilando un poco entre inicio y fin, entre pasado y presente?
Al releer Recordar, Repetir y Reelaborar[1] de Freud en 1914, y pensar aquello que no se deja de plasmar en el presente sintomático del humano, como temporalidad que no cesa de no inscribirse, me introduce a cuestionar la dimensión de “aquel tiempo” que se pone en juego y moviliza una serie de detonantes de máquinas temporales. Los tiempos del humano que no obedecen a una cronología lineal, sino a un tiempo otro que aflora en los restos, un tiempo menor que se articula en la experiencia y que ha tenido otras versiones de existencia según las culturas, cada una de estas ha transitado una forma de experimentar el tiempo y relacionarse con el espacio, mismos que siguen haciendo presencia en la lengua; es esta la que transmite su historia y sus formas.
El tiempo y el espacio, dos dimensiones donde se cruza la experiencia humana[2]. Por un lado, el tiempo transitado donde el sujeto encuentra contacto con el mundo, el ambiente donde se desenvuelve, y por el otro, el tiempo cronometrado, imposición y representación donde el sujeto encuentra su límite, normado por un dispositivo que segmenta la realidad entre luz y oscuridad; se establece un orden-número entre estas polaridades. Sin embargo, en el cruce de ambas temporalidades se encuentra un «tiempo otro», el cual repercute a una dimensión que va más allá de la simbólica y la imaginaria; un tiempo subjetivo, un tiempo donde fantasmas y memorias hacen presencia. El pasado no deja de ser un campo de citas, como lo sugería Nelly Richard[3]
El olvido de las impresiones, de vivencias en el tránsito por el mundo, no pasan indemnes. El tiempo transita y continúa de forma cronometrada tal como lo hacen ver los dispositivos del reloj y el calendario: las fechas celebradas, los días contados, las horas perdidas. El reloj y el tiempo de occidente trajeron consigo la ansiedad y el orden moderno de manera violenta, un extrañamiento de lo que acontece y hace cada vez más presente el «choque de las temporalidades.»
2
La temporalidad (del difuso) presente está habitado por estas vivencias pasadas, algo del olvido no queda enterrado, arde en las profundidades de la memoria para reavivar las cenizas del deseo, como había planteado la metáfora de Didi-Huberman[4]. El tiempo-pasado queda como una capa que abre paso a una temporalidad más que irrumpe su «armonía», se inscribe en el instante y (re)emerge dentro de las condiciones que permiten el vínculo con un nexo que aparentemente se encontraba enterrado, olvidado, reprimido y sepultado. Es en la vida misma, en el acontecer de estas temporalidades que el tiempo-otro hace aparición nuevamente, como si se tratase de una imagen que nunca quedó desvanecida y busca su develamiento hoy; es así que la memoria no es una cuestión que tenga que ver con la voluntad, sino con la apariencia; lo que emerge, lo que (a)parece. Es el deseo lo que traer de regreso la especulación de aquella imagen que sobrevivió a las garras de lo cotidiano, para mostrarnos su supervivencia en nuestro psiquismo.
El sujeto continúa su vida, pero el acontecer de la vida lo remite a una serie de impresiones que lo llevan (re)vivir esa escena que sigue presente, una imagen que (re)torna corporal para inscribir un sentido extraño, ya sea en sueños, ya sea en el síntoma, en alguna expresión artística, performance o ritual. El pasado no es algo que haya quedado transitado, como un camino recorrido; el pasado es eso que sigue latiendo en el presente, es la lengua que reemerge en el acento y su rítmica.
El presente cronometrado se enfrenta al padecimiento subjetivo moderno, aquel inscrito en el lenguaje y su feroz desenvolvimiento en el cachorro humano. La dependencia por completo al otro es lo que resulta traumático, dice Gabriela Insúa[5] en una lectura sobre Freud, esto remite no a un momento exacto, sino a uno lógico que articulará la experiencia, un momento fundante que no cesará de hacer aparición; la escena queda borrada, una memoria faltante de algo que nunca tuvo lugar, un agujero fértil, para pensarlo con Helí Morales[6].
La memoria no recupera los fragmentos que uno cree tener en la novela del recuerdo, la memoria no establece una escena verdadera: falla, inventa, crea y es en ese agujero indeterminado, en la sensación de una extrañeza muy familiar que nos encontramos con ese tiempo que no dejó de ser, tiempo que marca nuevas relaciones con el anterior. Es aquí donde quiero empezar esta travesía disfórica, en estos tiempos habitados de fantasmas donde el pasado no es más que un fragmento que sigue su ritmo en el presente.
Freud al pensar en la posición del sujeto sobre su relación con aquel pasado olvidado, el olvido no consiste –pensábamos– con el sepultamiento de un recuerdo, sino con un latido que hace vigencia. El presente es una cuestión de fragmentos que continúan desde hace años y que su escena, quizá, no tuvo lugar. Pero hay algo en esos fragmentos perdidos (que laten y sangran) que son atados por el sujeto a un performance, una actuación establecida sin que el sujeto sepa del guion y el significante que imprime, el sujeto y su padecimiento se convierten uno con el otro, el sentido que imprime se realiza en el cuerpo, algo de esa extrañeza se repite.
Se pregunta Freud por aquello que se repite (escenifica):
Repite todo cuanto desde las fuentes de su reprimido ya se ha abierto paso hasta su ser manifiesto: sus inhibiciones y actitudes inviables, sus rasgos patológicos y de carácter. Y, además, durante el tratamiento repite todos sus síntomas… Y caemos en la cuenta de que la condición de enfermo del analizado no puede cesar con el comienzo de su análisis, y que no debemos tratar su enfermedad como un episodio histórico, sino como un poder actual[7]
El tiempo de la experiencia se habilita entonces en un “más acá” de la temporalidad cronometrada y transitada, la experiencia abre el panorama de que el tiempo no es homogéneo ni lineal, sino que el sujeto está habitado por fantasmas y futuros, archivos y ficciones, es un devenir de lo antes, una temporalidad futura del pasado. El sujeto no puede ser medido, debe ser leído en esta intersección de la temp-oralidad; la manera en que narra su acontecer. Pero es en la actuación del sujeto donde lo repetido se convierte en una escena mortuoria, sintomática, ya que lo repetido es siniestro, lo siempre igual, lo inacabable de lo mismo, ahí el sujeto en la mismidad del acontecimiento (sumando lo doloroso que pueda ser la escena) encuentra su sentido de lo mismo, el «eterno retorno» y su cauce infernal, un tiempo primigenio que no se inscribió, algo latiente que no pudo ser tramitado pero que sigue insistiendo; un «Real» que toma escena.
¿Cómo se da lugar a lo no inscrito? ¿Cómo se piensa ese tiempo primigenio y mítico? El inicio del psicoanálisis no es propiamente un «Inicio», se instaura en relación a doctrinas de pensamiento pasado, a una hegemonía del pensamiento presente y una diferencia que encarna Freud. Tras las incursiones de la Salpetriere junto con Charcot y los establecimientos de la imagen médica que se inscribían en Freud –el médico, el anhelante del descubrimiento– la histeria empezó a tomar otro lugar, de lo físico a lo mnémico, el síntoma es una reminiscencia encarnada18 que no logra su explicación en el organismo, sino en el cuerpo; más allá de la anatomía, el cuerpo refiere a la encarnación del significante, una imagen en el Freud que buscaba encontrar «en lo profundo» un hallazgo.
El cuerpo remite a una historia singular que atraviesa el sujeto, no se habla del organismo porque el humano no solo transita en la biología, sino en su inscripción abrupta a la cultura, al lenguaje y su rítmica lengua. Al inscribirse esta dimensión simbólica algo de la imagen se pierde, la palabra mata a la cosa –dice Lacan– con el costo de poder nominar la extrañeza del afuera-mundo, pero queda un resto que no logra simbolizarse y que nunca quedó plasmado en la imagen, un imposible que refiere a la memoria inexistente de ese acontecimiento de inscripción. El Otro y su gesto de Autor[8]inscriben una escena mítica en la que ha de advenir el sujeto, pero su aparición en el lenguaje queda borrada, más no tapada y negada, sino como imagen que (a)parece en una pulsación que lo avienta a lo no recuperado, lo perdido, un resto que se escapa. Con esta fun(da)ción, Lacan establece el «Objeto» a.
En una lectura de Helí Morales sobre la ceguera[9] articula una relación del sujeto y los ciegos, su posición ante la memoria. Helí comenta que el ciego anticipa mediante un cálculo de la estructura y geometría del espacio; el accidente. El sujeto (el invidente) avanza errante «va por la vida corriendo riesgos», anticipando los accidentes y sus recuerdos, habita ante la presencia de lo invisible. Pero este recordar no remite a la impresión fidedigna de un evento. El pasado quedó atrás, el recuerdo que lo evoca es una situación distinta a lo acontecido, la memoria no recuerda todo, empuja a mirar lo que no está, recordar no es volver a mirar la realidad acontecida, es comparar aquella imagen con los ojos del deseo, lo poroso del presente que puntúa un pie en lo percibido y lo creado. Recordar es volver a mentir, sí, es volver a la invención sobre una falta. La realidad entonces son las trazas del deseo, «vivir es buscar las marcas del deseo para hacerlas revivir en un sueño inolvidable[10].»
3
Para este instante de la escritura, me gustaría traer un poeta de Tabasco que inscribe temporalidades-otras donde la marca del tiempo del instante acontece y despliega sus huellas enigmáticas que borran el origen, pero dan cuenta de él. Un pasado pulsa y se despliega en una escritura que ambienta recuerdos porosos en el presente de aquel deseo errante que empuja al accidente.
Acaso José Carlos Becerra, arquitecto tabasqueño cuyo instante se eternizó a los 34 años cerca de San Vito de los Normandos, poeta cobijado por las elites intelectuales de su tiempo, pasó a transitar en una escritura que articula el tiempo otro del humano, es decir, una escritura que se ata en la vida, escritura de la experiencia fantasmagórica del humano, donde la vida cruza al texto en un deseo (sangrante), tecnología de la memoria que inscribe sentidos, así como excribe significaciones[11].
Oh, soledad, relato de los muelles,
poniente que aparece en los pechos como un deseo
[sangrante,
como un delirante pañuelo.
Oh, soledad, ciudad de cal manchada, casa de uñas tristes.
Gritaré hasta la herida de tierra que poseen los peces,
hasta los hombros blancos que no sienten la luna ni el
[aceite de amor,
hasta la cámara prohibida de la sonriente muerta,
hasta el cofre vacío de las navegaciones perdidas.
Gritaré hasta que el silencio muerda el polvo[12]
Escritor tabasqueño cuyas metáforas no conviven propiamente en su naturaleza. Esta extrañeza hace de José Carlos un poeta «fuera de lo común» porque algo más transita que su recorrido de lo natural, no es que Tabasco haya «pasado» desapercibido en su poesía (y algunos comentan que es por haber vivido en otro Estado, en otros sitios, en otros lados) sino que la realidad que atravesaba el poeta era la de su deseo, cosa que nunca descifraremos (ni intentaremos), pero que en sus poemas nos deja entre ver aquel gesto de su autoría (a)firmada, con el sello de una vida autoral que (con)funde su experiencia con el texto.
…desnudo de mujer,
concentración de la tierra y lo humano,
estatua de la naturaleza,
más blanca que el sollozo de un ángel,
más morena que una mañana en la selva,
más viva que la sonrisa del sol en la vela de un bote de
[pescadores,
desnudo de mujer,
vacilación del ámbar, probidez de la piedra,
vellón iluminado por un rayo de luna, por un
[rayo carne,
muslos separados como terminaciones del
[anochecer,
cita con el origen, vida, potestad de la muerte,
humedad de universo, palabra final encontrada…[13]
El poeta es el ciego que escribe con la memoria, dice Helí Morales, hay una apertura para la sensibilidad del poeta que articula un resto de la infancia. En el texto del Creador literario… Freud piensa que el juego infantil es lo que habita en la lengua del poeta, ese resto no atribuye a una actitud del infantil sujeto y su seria devoción al juego, sino a esto que queda como agujero, el espacio donde la memoria no es más que un fragmento perdido, articulado a una realidad singular que atraviesa al sujeto y que no cesa de aparecer. José Carlos Becerra lo ilustra en su conocido poema «La otra orilla»:
He querido recordar aquella canción,
aquella que no pude escuchar dentro de mí, aquella que
[no supe extraerle al mundo;
operación dolorosa: aquella canción que estoy tratando
[de escuchar,
aquella cuya ausencia reconozco en la brisa que apenas
inquieta a los almendros,
en la tranquilidad de esa brisa en estas hojas donde
[también yo habré de morir,
y esa calma acaricia en algún sitio de mí
la forma de esa primera mano que alargamos hacia la vida
y luego retiramos mojada y oscura…[14]
En el poema no hay una interpretación univoca, la polisemia del lenguaje lo abre para que cada quien –desde su singularidad lectora– deposite un silencio que habla, en ese recordar que a su vez nos hace recordar lo perdido, lo que no tuvo lugar, la dimensión (de)caída de un tiempo que no corresponde a lo cronometrado, sino al resto que no deja de punzar:
Y yo extiendo palabras sobre mis propias yerbas,
yo extiendo palabras sobre el mundo para irles dando
[poco a poco historia,
sonidos arrancados a ellas mismas como confesiones
[brutales.
Atravesar la escritura con la vida, el bios que inscribe un incesante mar de sentidos, los vierte y los desborda, el poema logra enunciar aquello que en palabras comunes no se alcanza a decir, pero también que lo hace ser un asunto inacabado. El poema no se termina con el autor ¿Qué implica terminar el poema? Un tiempo lógico atraviesa la escansión del texto, como el cambio del juego del niño por un repentino aburrimiento, el cambio de una cosa a otra, no repetida, distinta de sí. El resto –dice Derrida[15]– que es todo.
De eso que se quiere decir en el texto, en la escritura, es decir, en la vida, algo no se alcanza y es en esa ausencia que la vida misma se vive, un camino que se transita a pesar de las vicisitudes y sorpresas, accidentes y caídas. Esto abre a una ética de la experiencia del tiempo otro que atraviesa al sujeto. El «tiempo otro» que es la vida misma, más allá de la temporalidad de occidente que instrumentaliza la luz y la oscuridad en un calendario y ficciones del número, el «tiempo» de la experiencia, negatividad que intenta fundar otra lógica que no sea la acumulativa, sino la que une la experiencia con otra vivencia y las mantiene en relación. Ese resto, de lo infantil, de la lengua, de aquello también que tiene el recuerdo poroso, es lo que ha de advenir en un posicionamiento; una escritura de vida. Acaso José Carlos Becerra, arquitecto tabasqueño cuyo instante se eternizó a los 34 años cerca de San Vito de los Normandos, sigue cruzando a otras orillas; las orillas donde termina el texto y comienza la escritura:
… muy lejos de este silencio, de esta posible música, en otra
[historia más remota aún que la mía.
Amanece en medio de mí; en un lado se quedan el parque
[y los almendros,
el río, la torre de la iglesia, la ciudad de mi infancia,
los [juegos olvidados; ¿en qué orilla me quedo mirándolos?
Es todo,
yo iba a decir algo, yo iba a inventar algo.
[1] Freud, Sigmund. Recordar, repetir y reelaborar (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis II). 1914. En Obras completas, vol. XII, 145–156, Buenos Aire; Amorrortu, 1979.
[2] Carvajal, Luis Ernesto. Del dolor de la reminiscencia al tiempo de la experiencia, Samsara
[3] Nelly Richard, La insubordinación de los signos.
[4] Georges Didi-Huberman. Desear, Desobedecer. Lo que nos Levanta 1. Abada Ediciones
[5] Insúa, Gabriela. Lo indecible: Clínica con lo traumático, 3ª ed. Buenos Aires; Letra Viva, 2013.
[6] Helí Morales. Psicoanálisis con Arte. Lenguaje, goce y topología. Ediciones el Deseo
[7] Freud, Recordar, Repetir, Reelaborar, 153.
[8] Agamben, Giorgio. El gesto del autor. En Profanaciones, 59–66. Buenos Aires; Adriana Hidalgo Editora, 2005.
[9] Morales, Helí. «Laberinto de la memoria.» En Psicoanálisis con arte: lenguaje, topología y goce, editado por Ana María Fernández, 203–215, México; Editorial Samsara, 2018.
[10] Ibid, 128.
[11] Jean-Luc Nancy. Lo excrito,
[12] Becerra, José Carlos. «Los muelles», en El otoño recorre las islas, México; Fondo de Cultura Económica, 1973.
[13] Ibid, «Paisaje en desnudo»,
[14] Ibid, «La otra orilla».
[15] Derrida, Jacques. Dar el tiempo. I: La moneda falsa. Traducción de Cristina de Peretti. Buenos Aires: Paidós, 1995.


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