Extractivismo y crítica cultural en Tabasco

Fotografía tomada de Diario de Tabasco.

Tras la lectura del trabajo de Rodolfo Uribe Iniesta sobre la condición histórica del pensamiento en Tabasco, emerge una pregunta por la forma en que se constituyó el campo cultural en el estado. El autor sostiene que la estructura social tabasqueña estuvo marcada por una pequeña clase propietaria, predominantemente endogámica, una reducida clase media dependiente y una amplia masa de peones agrarios, configuración que limitó la densidad intelectual y las posibilidades de consolidar una esfera pública autónoma. Como señala:

Se trata de una condición constante de la sociedad de Tabasco determinada por la estructura estamental histórica de la formación social tabasqueña, dominada por una pequeña clase propietaria básicamente endogámica, una mínima y muy dependiente clase media, y una masa de peones agrarios que tampoco alcanzó la densidad poblacional ni cultural (en cuanto a contenidos étnicos) de los estados vecinos.

Desde esta perspectiva, la cultura no aparece como un ámbito independiente del poder económico, sino como un espacio atravesado por las relaciones de dominación que organizaron históricamente la vida social del Estado. Si, además, se considera que el desarrollo de Tabasco estuvo articulado a sucesivos proyectos extractivos —primero agrícolas y ganaderos, y posteriormente petroleros—, cabe preguntarse hasta qué punto esas economías de extracción también configuraron una determinada economía de la sensibilidad. La precarización de las condiciones materiales de existencia, la débil consolidación de una comunidad lectora y la limitada circulación de bienes culturales no pueden entenderse únicamente como déficits educativos, sino como efectos de un modelo histórico que privilegió la explotación del territorio sobre la construcción de una vida cultural amplia y sostenida.

La configuración del campo intelectual en Tabasco también estuvo marcada por el desplazamiento de la producción de conocimiento fuera del propio estado y por la consolidación de una élite político-intelectual encargada de elaborar los relatos oficiales sobre la sociedad tabasqueña. En ese contexto, textos como el Ensayo sociológico de Tabasco en 1947, de Manuel Mora, reproducen una mirada heredera del pensamiento positivista y colonial de finales del siglo XIX y principios del XX. En dicha obra, la población indígena aparece caracterizada como un obstáculo para el progreso, atribuible a la persistencia de mitos, creencias y formas de vida consideradas incompatibles con la racionalidad moderna. De este modo, las prácticas culturales indígenas dejan de ser comprendidas como formas legítimas de producción de conocimiento para convertirse en signos de atraso que justificarían su incorporación a un proyecto civilizatorio orientado por las élites.

Los distintos proyectos de modernización impulsados en Tabasco se articularon históricamente alrededor de una lógica extractiva. El auge agropecuario, sustentado en el aprovechamiento de las tierras inundables, y posteriormente la expansión petrolera fueron presentados como expresiones del desarrollo económico nacional. Sin embargo, como señalan Pinkus-Rendón y Contreras-Sánchez, dichos procesos no se tradujeron en un beneficio sostenido para la población local, sino que profundizaron una economía orientada principalmente hacia la extracción de riqueza para otros centros de acumulación. En este sentido, el extractivismo no puede entenderse únicamente como un régimen económico, sino también como una forma de organización de la vida social y del territorio.

La extracción, sin embargo, no se limitó a los recursos naturales. También implicó una captura de la subjetividad. Suely Rolnik denomina a este proceso inconsciente colonial-capitalístico: un régimen histórico de producción de subjetividades que, desde la expansión colonial europea, orienta el deseo hacia la reproducción del capital antes que hacia la afirmación de la vida. No se trata únicamente de una dominación económica, sino de una colonización de las formas de sentir, percibir y desear. Desde esta perspectiva, el trabajador tabasqueño —primero subordinado al régimen hacendario y posteriormente incorporado a las economías agroindustriales y petroleras— no solo fue explotado en su fuerza de trabajo, también fue inscrito en una economía afectiva que redujo la potencia creadora del deseo a las necesidades de la acumulación, desplazando los posibles intereses afectivos de su pulsión.

Esta captura de la subjetividad posee también una dimensión cultural. Si el tiempo, el cuerpo y el deseo quedan organizados por la productividad, la experiencia estética deja de ocupar un lugar central en la vida cotidiana. La lectura, la escritura y las artes dejan de constituirse como prácticas de interrogación del mundo para convertirse, en el mejor de los casos, en actividades accesorias o reservadas para sectores específicos de la población, incluso en la elaboración de planes culturales donde las personas solo asisten por el compromiso con el gobernante, no por un gusto hacía dicha actividad. No se trata simplemente de la ausencia de infraestructura cultural, sino de la producción histórica de una sensibilidad para la cual el tiempo dedicado al pensamiento aparece como improductivo.

En este contexto, el libro puede comprenderse como un dispositivo de disidencia. Leer no implica únicamente acumular información ni ampliar un capital cultural; supone entrar en contacto con una alteridad capaz de descentrar las formas habituales de pensar y percibir. El libro interrumpe la continuidad de la experiencia cotidiana y abre la posibilidad de una transformación subjetiva. En un gesto provocador, Paul B. Preciado sostiene en el Manifiesto contrasexual que el libro funciona como un dildo: un artefacto que penetra la subjetividad y altera las formas establecidas del deseo. La metáfora no apunta a una sexualización de la lectura, sino a destacar su capacidad para afectar el cuerpo, modificar las sensibilidades y producir nuevas formas de existencia.

Quizá por ello no resulta extraño escuchar expresiones frecuentes en distintos espacios cotidianos de Tabasco, especialmente entre personas cuya vida ha transcurrido bajo la lógica del trabajo ininterrumpido: «¿Para qué voy a leer si me va a doler la cabeza?» o «¿Qué voy a andar perdiendo el tiempo leyendo a gente muerta?». Estas frases pueden leerse como síntomas de una configuración histórica en la que el pensamiento ha sido progresivamente desvinculado de la vida ordinaria. No expresan un rechazo natural hacia la lectura, sino el efecto de una organización social que ha convertido el tiempo de pensar en un tiempo aparentemente improductivo. El ejercicio de la lectura, de la diferencia con lo escrito, queda desplazado de forma indeterminada en el paso del tiempo.

No obstante, la historia de Tabasco no puede reducirse a las determinaciones impuestas por los distintos proyectos extractivos ni por las formas hegemónicas de producción cultural. Junto a ellas han surgido múltiples prácticas de resistencia que configuran una escena artística y crítica capaz de producir otras formas de habitar el territorio. Frente a una cultura oficial que continúa privilegiando los signos identitarios, el regionalismo estético o la celebración del paisaje, coexisten espacios independientes donde la creación artística se convierte en una práctica de experimentación, hospitalidad y disenso.

Esta producción cultural, aparentemente menor frente a las grandes instituciones, posee una potencia micropolítica. Libros, revistas, exposiciones, poesía, dibujo, fotografía, performance o encuentros de discusión crítica no solo circulan como objetos culturales; movilizan afectos, reorganizan sensibilidades y producen formas de comunidad. No convocan desde la identidad compartida, sino desde la diferencia que ahí pueda tener lugar. En este sentido, podrían pensarse como comunidades erotizadas: agrupamientos cuyo lazo social se sostiene en el acontecimiento de la creación misma. El eros que las atraviesa no remite al deseo como consumo, sino a la potencia de producir vínculos, de afectar y dejarse afectar por otros.

La importancia de estas comunidades radica en que la micropolítica nunca permanece confinada a la esfera íntima. Como advierte Suely Rolnik, las transformaciones de la sensibilidad pueden irradiar hacia la dimensión macropolítica cuando logran modificar las condiciones desde las cuales una sociedad imagina y disputa su propia existencia. Un ejemplo de ello puede observarse en las múltiples acciones emprendidas alrededor del Museo Elevado de Villahermosa (MUSEVI). Inaugurado durante la administración de Jesús Alí de la Torre como parte de un proyecto de infraestructura cultural, el museo experimentó posteriormente un prolongado abandono institucional. Frente a la ausencia de políticas sostenidas de mantenimiento, programación y financiamiento, diversos agentes culturales buscaron reactivar el espacio mediante exposiciones, encuentros y prácticas artísticas que devolvieran vida a un lugar prácticamente excluido de la vida pública. Más allá de sus resultados inmediatos, estas acciones muestran cómo las comunidades artísticas intentan disputar el destino de los espacios culturales desde formas de organización independientes.

Sin embargo, el desafío continúa siendo considerable. Mientras la producción artística independiente insiste en abrir lugares para el pensamiento crítico, la infraestructura cultural permanece frecuentemente sometida a la discontinuidad administrativa, la precariedad presupuestal y la ausencia de políticas públicas de largo alcance. La tarea de estas comunidades consiste, precisamente, en hacer resonar aquellos afectos que el régimen extractivo procura neutralizar. No siempre logran transformar las estructuras macropolíticas, pero mantienen abierta la posibilidad de imaginar otras formas de vida y de comunidad allí donde el abandono parece haberse vuelto norma.

La tarea de la crítica —que no deja de ser la tarea del pensamiento— es entonces pensar mundos en común; embriones de futuro donde las artes participen como agencia de los afectos de la población. Donde el reparto de lo sensible también opere como mecanismo de identificación y diferencia para generar otras posibilidades del “habitar” el territorio.

La tarea del pensamiento consiste en imaginar un futuro menor, más habitable y ético, capaz de desbordar las fronteras impuestas por la clase, la identidad y el humanismo moderno que situó al ser humano como centro y medida de todas las cosas. Se trata de abrir la posibilidad de una coexistencia donde lo humano ya no aparezca separado del mundo que habita, sino implicado en una trama de relaciones con otras formas de vida, con la técnica y con aquello que llamamos naturaleza. Pensar ese porvenir supone reconocer que animales, plantas, máquinas y seres humanos participan de un mismo mundo compartido. La crítica no tiene entonces como horizonte la defensa de una humanidad aislada, sino la construcción de formas de convivencia capaces de sostener la pluralidad de lo viviente y de asumir una responsabilidad ética frente a aquello que excede lo humano.

Y para ello será necesaria una ardua labor de recomponer, en la esfera de lo sensible, aquello que durante décadas fue separado por el régimen extractivo. Se trata de reactivar la potencia de una pulsión vital que, pese a la precarización del trabajo, al agotamiento de los cuerpos y a la captura del deseo por la lógica del capital, continúa latiendo en las prácticas de creación, en la lectura compartida, en los espacios culturales independientes y en los vínculos que resisten al aislamiento. La crítica no tiene otra tarea que acompañar ese movimiento: hacer audible aquello que aún pulsa bajo las ruinas del desarrollo. Quizá, como sugiere Georges Didi-Huberman, debamos aprender nuevamente a mirar los destellos tenues de las luciérnagas.

REFERENCIAS

Didi-Huberman, G. (2012). Supervivencia de las luciérnagas. Abada Editores.

Pinkus-Rendón, M. J., & Contreras-Sánchez, A. (2012). Impacto socioambiental de la industria petrolera en Tabasco: El caso de la Chontalpa. LiminaR. Estudios Sociales y Humanísticos, 10(2), 122–144.

Preciado, P. B. (2020). Manifiesto contrasexual (3.ª ed.). Anagrama.).

Rolnik, S. (2019). Esferas de la insurrección: Apuntes para descolonizar el inconsciente. Tinta Limón.

Uribe Iniesta, R. (2011). Panorama y desarrollo de las ciencias sociales en el estado de Tabasco. Secuencia, (79), 115–137. https://www.redalyc.org/pdf/745/74525515008.pdf

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