En el XLI Coloquio Internacional organizado recientemente por 17, Instituto de Estudios Críticos, en la Ciudad de México, tuve la oportunidad de adquirir un ejemplar de El arte de leer, un texto bifronte que reúne, por un lado, el Didascalicon. De Studio legendi, de Hugo de San Víctor, y, por el otro, Lecturas en acto, sección en la que quisiera detenerme para pensar el texto de Etelvina Bernal. Tiempo atrás, la autora publicó La inundación está en otra parte, un libro construido a partir de testimonios sobre la inundación de 2007 en Tabasco y editado por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco.
Debo decir que aquella publicación no tuvo una difusión amplia. Aunque, a decir verdad, pocos son los libros que logran circular en esta tierra cuando no se encuentran alineados con las narrativas difusas de la identidad territorial. Las escasas entrevistas realizadas a la autora por medios locales parecían condensar en apenas unos minutos, aquello que aún hoy resulta difícil de nombrar, como si hubiese prisa por abreviar el tiempo de lo que debía decirse sobre aquellos días en los que la narrativa oficial sostuvo que el saldo había sido de cero muertos.
Cero muertos presumía el gobierno de entonces. Cero desde un régimen visual incapaz de asistir a la tragedia; una gestión deplorable de los albergues y una distribución insuficiente de alimentos convivían con una representación pública que insistía en negar la magnitud del desastre. Pienso aquí en la noción de mirada extractiva propuesta por Macarena Gómez-Barris: una operación visual que solo permite ver aquello que el poder desea mostrar, mientras invisibiliza los efectos que él mismo produce. El «cero» terminó funcionando como una cifra (necro)política. No nombraba únicamente la ausencia de muertos en un informe oficial, sino el vacío donde quedaban suspendidos los cuerpos, las pérdidas y las formas de abandono. Representó la ironía de un gobierno frente a su propio pueblo —una ironía que, lamentablemente, continúa resonando en el presente—: nostros siempre seremos los sacrificables; nuestras tierras, nuestros hogares, nuestros espacios; nunca Ellos.
En el texto de Etelvina Bernal aparece entonces la necesidad del testimonio. La urgencia de recordar responde también a la necesidad de disputar el mito que funda y organiza una versión social de los acontecimientos; una disputa por la memoria negada por la narrativa oficial. Aunque estos recuerdos sean dolorosos, como subir al techo de una casa mientras el agua continúa ascendiendo, constituye una experiencia de derrumbe; un acontecimiento traumático que fractura las posibilidades ordinarias de narración. El testimonio, como inscripción de aquello que suele ser considerado indecible, abre la posibilidad de que otra palabra advenga allí donde el horror parecía haber cancelado toda posibilidad de decir.
Los testimonios reunidos por Bernal recuperan las voces de quienes atravesaron aquella catástrofe. Naturalmente, una tragedia de semejante magnitud no puede agotarse en un conjunto de relatos; sin embargo, esos testimonios bastan para hacer resonar una versión distinta de la memoria oficial. Allí donde el Estado insistía en el cero, aparecen las voces. Allí donde la historia parecía clausurada por una cifra, el testimonio devuelve nombres, afectos y experiencias que se resisten a desaparecer. Quizá ahí comienza la elaboración de un testimonio ahogado, en la obstinación por hacer hablar aquello que una narrativa oficial intentó sumergir, para darles a nuestros muertos otro lugar en la cultura.


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