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Comentario en mesas. Coloquio 17.

 (SUCHIATE, CHIAPAS)

Este es el origen de la reciente historia de un lugar llamado México.

Aquí migraremos, estableceremos la muerte antigua y la muerte nueva, el origen del horror, el origen del holocausto, el origen de todo lo acontecido a los pueblos de Centroamérica, naciones de la gente que migra […]

Todos los días veo pasar las hileras de muertos a los que migran sin llegar a Estados Unidos, parvadas de cuerpos en pena, tristes figuras humanas, barro entre los insólitos dedos de Dios.

Bienvenidos al cementerio más grande de Centroamérica, fosa común donde se pudre el cadáver del mundo.

Balam Rodrigo.

He de confesar que no sabía cómo situar para este coloquio a tres escritores que, desde registros distintos, dicen algo acerca del acontecimiento traumático. Tres voces que, desde un proceso de elaboración crítica de su obra, o bien, de los disturbios que involucró su vida, dicen algo de aquella escena que impacta con tal violencia en el cuerpo del escritor; se tratan de Balam Rodrigo, Neige Sinno y Eros Alesi. Tres escrituras que cada una a su manera, intentan dar cuenta de momentos de extrema violencia, de fracturas de la experiencia y de aquello que acontece cuando el sujeto es confrontado a lo insoportable del evento, lo indecible.

La pregunta que me comenzó a surgir entonces fue: ¿qué pueden decir hoy las escrituras del trauma en sociedades donde la violencia parece haberse vuelto una condición permanente? Sociedades atravesadas por las exigencias de un capitalismo extractivo que no sólo explota territorios y cuerpos, sino también afectos, deseos y formas de vida, modos de subjetivación que, como sostiene Suely Rolnik, operan desviando a la pulsión de lo que sería su destino ético; un desvío de la despotenciación de la vida. Un momento en el que, como ha señalado Adriana Cavarero, adquiere en muchos contextos la forma de un horrorismo, donde la muerte y la violencia se convierten incluso en mercancía y espectáculo, dejándonos atónitos ante el vacío de la palabra que implica dicho acontecimiento.

Franco Berardi ha comentado que “en la era de la ferocidad, el lenguaje solo sirve para mentir, engañar, someter y explotar”. La saturación informativa, la proliferación de discursos que legitiman los acontecimientos violentos y la imposibilidad de construir memoria en un tiempo desgarrado, parecen dar cuenta de ello. Sin embargo, creo que estas escrituras dolientes —por recuperar el concepto de Cristina Rivera Garza al pensar el dolerse como otra forma de decir y escribir distinta, donde persiste un intento por dar testimonio de aquello que desgarra la experiencia—; logran dar una mirada sobre el acontecimiento ocurrido, recortan en el dolor de la experiencia del evento, una forma de decir, de darle palabras, aunque a veces no es suficiente. Tanto en el México contemporáneo como en otros escenarios marcados por la violencia y el trauma, estas escrituras aparecen como esfuerzos por nombrar aquello que parece resistirse a toda nominación e intentan dar un aullido sobre lo que el velo mediático intenta tapar, o a veces que se intenta normalizar.

Por ejemplo, el retumbar de los silencios amordazados de los cientos de migrantes asesinados en México; o bien, el padecimiento subjetivo de quienes habitan la sensación de que todo parece estar en su contra. Y más recientemente, me encontré con un libro que contiene los testimonios de las personas afectadas por la inundación en Tabasco del 2007, mi tierra. Silencios que aún siguen persistiendo en el nudo de nuestra garganta por los muertos que dejó, pero que, según la versión oficial, no hubo ninguno. Son experiencias que, aunque distintas entre sí, comparten una fractura: la dificultad de encontrar palabra para aquello que ha desgarrado la experiencia, dar testimonio sobre los acontecimientos contemporáneos de la violencia en cualquiera de sus manifestaciones.

El acontecimiento traumático, definido por Gabriela Insúa como un “suceso que impacta sobre el sujeto, con un quantum de energía imposible de ligar”, y cuya característica es “la sorpresa”, ¿cómo volver a construir una palabra allí donde su posibilidad de pasar a otra cosa se ha roto? François Davoine y Jean-Max Gaudillière lo sitúan como la destrucción de la garantía de las palabras, acontecimientos que exceden las posibilidades ordinarias de simbolización, y que a partir de allí quedara una historia cercenada, un derrumbe de tiempo, a pesar incluso de que no haya tocado vivir directamente el evento, esa historia sigue insistiendo en los cuerpos. Frente a ello, considero que estas escrituras, o el acto mismo de escribir, intentan una operación singular ante el acontecimiento traumático, en su desliz sobre lo imposible, logran bordearlo, rodearlo, dejar aparecer sus huellas y nuevamente intentar volver a hilar esa historia acontecida, esa historia cercenada para situarla en otro lugar en la cultura, aunque a veces duela, aunque no podamos cambiar el pasado; si podemos cambiar nuestra relación con el mismo. Como decía el poeta citado al inicio, Balam Rodrigo, “Pero sobre todo heredar un testimonio. En Libro centroamericano de los muertos, soy yo mismo hecho pedazos, pedazos de mi historia, de la gente y de mi gente”.

Quizá aquí radique su potencia crítica para responder al siglo XXI, como un gesto de levantamiento ante el derrumbe, gesto que insiste en seguir haciendo lazo con la palabra y con les otres.  ¿Qué pueden decirnos hoy las heridas acerca de la escena contemporánea? ¿Qué pueden enseñarnos estas escrituras que intentan situar las rupturas del sentido producidos por la violencia, la pérdida y la devastación? Tal vez una de sus apuestas consista precisamente en la posibilidad de reabrir la pregunta allí donde parecía no quedar nada por decir: escuchar aquello que permanece en silencio, un silencio que —como sostiene Françoise Davoine— habla solo para quien esté dispuesto a escuchar.

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