Mutaciones neoliberales: Estado penal y guerra cognitiva

El proyecto de la ultraderecha ha operado históricamente mediante tecnologías de exclusión, vigilancia y castigo que suelen desfavorecer a las mayorías sociales mientras consolidan distintas formas de concentración del poder. A propósito de los intentos por replicar el modelo de las megacárceles de Bukele, vale la pena volver a las reflexiones de Loïc Wacquant sobre las mutaciones del neoliberalismo. Para el sociólogo francés, el desmantelamiento progresivo de los derechos sociales suele ir acompañado del fortalecimiento de un Estado penal que amplía sus mecanismos de vigilancia, control y encarcelamiento. En ese sentido, la expansión carcelaria no puede pensarse únicamente como una política de seguridad, sino también como parte de una transformación más amplia de las formas contemporáneas de gobierno de la pobreza y de la conflictividad social.

Por ejemplo, en el caso de El Salvador, el fortalecimiento del Estado penal alcanza dimensiones inéditas. Diversos informes señalan que actualmente cerca del 2% de toda la población salvadoreña se encuentra privada de la libertad, convirtiendo al país en uno de los países con la tasa de encarcelamiento más alta del mundo. Más allá de las discusiones sobre seguridad pública, este fenómeno permite pensar, siguiendo a Wacquant, cómo ciertas mutaciones del neoliberalismo no implican la desaparición del Estado, sino su reconfiguración: mientras se reducen o debilitan las garantías sociales, se expanden los dispositivos de vigilancia, control y castigo. La cárcel deja entonces de ser únicamente una institución destinada a sancionar delitos para convertirse en una tecnología de gobierno orientada a la gestión de poblaciones consideradas excedentes, peligrosas o problemáticas. No se trata de afirmar que quienes habitan estos espacios sean únicamente víctimas inocentes, sino de advertir cómo las políticas penales terminan recayendo de manera desproporcionada sobre los sectores históricamente precarizados y excluidos. Como ha señalado el periodista Óscar Martínez en relación al gobierno de Bukele, detrás del espectáculo de la seguridad también operan proyectos de poder que no necesariamente tienen como horizonte el bienestar colectivo.

No es de extrañarse que buena parte de las nuevas ultraderechas desplieguen sus discursos sobre narrativas de orden, pureza y restauración moral. La diferencia es presentada como amenaza; los discursos xenófobos, racistas y homófobos encuentran nuevas formas de circulación bajo la promesa de una ciudadanía alineada con determinados ideales religiosos, nacionales o culturales. En este escenario, las mutaciones del neoliberalismo no operan únicamente mediante el castigo material de los cuerpos, sino también a través de la producción de imaginarios y viralización de las imágenes.

La derrota de Iván Zepeda frente a un candidato de ultraderecha puede leerse también como parte de esta configuración más amplia del (necro)capitalismo cognitivo, donde la disputa ya no ocurre solamente en el terreno económico, sino también en el afectivo, el simbólico y el digital. Las imágenes generadas con inteligencia artificial (como en el caso de Bukele resando, o de un Bukele con su familia vestidos de militares), los mensajes providencialistas, la estetización heroica de ciertos líderes y la satanización simplista del adversario participan de una economía de la atención que privilegia la viralidad sobre la reflexión. En este sentido, las tecnologías contemporáneas funcionan como prótesis de producción subjetiva: moldean percepciones, intensifican identificaciones y fabrican figuras políticas capaces de condensar deseos, miedos y fantasías colectivas.

Vale la pena volver a la advertencia de Suely Rolnik sobre los procesos de identificación que atraviesan nuestras formas de sentir, pensar y desear. Las sacudidas mediáticas, los discursos simplificadores y la circulación incesante de imágenes forman parte de una auténtica guerra cognitiva que busca capturar la potencia del deseo y alinearla con las promesas del neoliberalismo. Lo que está en juego no es únicamente una adhesión racional a determinadas ideas políticas, sino la movilización de un inconsciente colonial-capitalístico sedimentado durante siglos de conquista, extracción y dominación.

Se trata de un inconsciente habituado a la servidumbre, al consumo y a la lógica de la mercancía; un inconsciente que encuentra cada vez mayores dificultades para habitar su propio síntoma, pues su pulsión vital es constantemente capturada y reconducida hacia la repetición de lo mismo. En lugar de abrirse a la diferencia, a la singularidad y a la creación, el deseo es administrado mediante dispositivos que producen identificación, obediencia y reconocimiento. De ahí la eficacia de ciertas figuras políticas contemporáneas, cuya fuerza no radica únicamente en sus programas de gobierno, sino en su capacidad para condensar afectos, miedos y fantasías colectivas.

La historia latinoamericana ofrece múltiples ejemplos de los efectos devastadores de estas configuraciones de poder. Los desplazamientos forzados de pueblos indígenas, las dictaduras militares y la instalación de centros clandestinos de tortura en países como Chile y Argentina recuerdan que los discursos de orden, seguridad y restauración moral pueden coexistir con formas extremas de violencia estatal. Del mismo modo, la llamada guerra contra el narcotráfico ha funcionado en numerosas ocasiones como un dispositivo de administración territorial, económica y militar cuyos efectos han recaído principalmente sobre las poblaciones más vulnerables. El caso de México durante el sexenio de Felipe Calderón permite pensar cómo ciertas políticas de seguridad operaron como laboratorios de experimentación biopolítica y necropolítica, donde la gestión de la violencia se convirtió en un elemento central de gobierno. Más que erradicar las economías ilícitas, estas estrategias contribuyeron a reorganizar territorios, poblaciones y circuitos de poder, profundizando en muchos casos las dinámicas de muerte que decían combatir.

Y la pregunta que nos queda, como población y como pensadores comprometidos con la crítica, es quizá esta: ¿qué mundo se vuelve posible cuando las ultraderechas, expertas en la extracción de toda forma de vida, continúan expandiendo su poder? ¿Qué ocurre con la diferencia, con los cuerpos considerados improductivos, con los territorios, las memorias y las formas colectivas de existencia cuando la lógica de la rentabilidad, el control y el castigo se convierte en el horizonte dominante? Acaso la tarea de la crítica no sea únicamente denunciar estas configuraciones de poder, sino también imaginar y construir otras formas de habitar el mundo, capaces de sustraerse a las economías de la extracción, la obediencia y la muerte.

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