Roberto René Velasquez García
I
En medio de las máquinas de guerra al servicio del capital extractivo, que ejercen violencia sobre los cuerpos —cuerpos vegetales, humanos, animales, cuerpos extraños—, persiste la posibilidad de pensar la vida más allá de estas lógicas de devastación, dando posibilidad a la potencia del deseo para desplegarse en sus límites creativos, esos saberes otros del cuerpo y del inconsciente, como sugiere Suely Rolnik[1]. Expandirse, entonces, en una forma de decir de otro modo; abrir espacios de pensamiento y resonancia que han constituido una de las apuestas fundamentales de la crítica.
Willy Thayer[2] sostiene que la crítica se potencia desde la vida misma, y que esta se inscribe a través de marcos, dispositivos y tecnologías que la hacen posible. Cuando la vida aparece capturada, sometida o reducida a una mera función de administración, la crítica —esa actitud que Foucault describía como el arte de “no ser gobernado de tal modo[3]”— emerge como una fuerza de interrupción. Su tarea no consiste en clausurar el sentido, sino en multiplicarlo, aperturar nuevas posibilidades de experiencia. Sin embargo, las formas contemporáneas del saber parecen enfrentarse a cierto agotamiento: la proliferación masiva de papers académicos, así como la cristalización de formatos rígidos de escritura, han convertido con frecuencia a la forma en un fetiche. Como si determinadas estructuras fueran, por sí mismas, las únicas vías legítimas para la producción y transmisión del conocimiento. Frente a ello, persiste la necesidad de decir de otro modo, de encontrar formas capaces de interpelar allí donde los lenguajes institucionalizados ya no alcanzan.
Asi también, la emergencia de nuevas tecnologías de escritura, entre ellas la Inteligencia Artificial, vuelve todavía más urgente esta interrogación. Con frecuencia, estos dispositivos son convocados mediante una escritura mandataria y prescriptiva, reduciendo el trabajo del pensamiento a la formulación de instrucciones cada vez más precisas. Los ritmos de la escritura se transforman; la lengua comienza a plegarse a la sintaxis de la máquina, una lengua que aspira a la corrección, a la “completud” y a la eficiencia. Los tiempos maquínicos transcurren a una velocidad distinta de la experiencia humana. El tiempo de la obsolescencia, al que Graciela Montaldo[4] se refiere al pensar los regímenes de la hipervelocidad contemporánea, se impone como una lógica de captura de la singularidad. Todo parece destinado a ser consumido, reemplazado y olvidado con una rapidez creciente. En este punto resuenan las reflexiones de Suely Rolnik[5] acerca de la alienación producida por el inconsciente colonial-capitalístico. Lo que se captura no es solamente la fuerza de trabajo, sino la propia potencia creadora de la subjetividad. El deseo, que podría abrir líneas de fuga y formas inéditas de existencia, es canalizado hacia circuitos de acumulación, productividad y consumo. La energía vital queda subordinada a dispositivos que gestionan los afectos, orientan las aspiraciones y modelan las formas de sensibilidad.
Las tecnologías contemporáneas participan activamente de esta inscripción. El sujeto es convocado a responder a los ritmos de la aceleración permanente, mientras que la experiencia, la demora, la contemplación y la elaboración crítica aparecen cada vez más amenazadas. Sin embargo, permanece otra lengua: una lengua atravesada por la experiencia, por la infancia. Una lengua que tropieza, se desvía y vacila y no está acorde a esta exigencia voraz. Es precisamente en esos deslices donde puede localizarse la potencia de su acto. Allí donde algo no encaja del todo, donde la falta insiste, se produce otra cosa: un resto que resuena y se resiste a la totalidad. Un resto insubordinado que nombra la persistencia del deseo, imposible de abolir. La supervivencia de aquello que no termina de desaparecer y que, como una luciérnaga reciclada, encuentra todavía un lugar desde donde emitir su destello.

Lina Bo Bardi Insecto, s.f. Bombilla de lámpara con filamentos y plumas 9 x 7,5 x 3 cm.
Instituto Bardi / Casa de Vidro/ foto: Ding Musa.
Pienso que estas posibilidades de la crítica, y en su potencia creativa, en el proceso que entraña la reflexión de la investigación y sus posibles modos de experimentación de la forma, ahí radica la singularidad y el gesto del autor, como esta forma de dejar una huella singular; una manera también de mostrar el afecto y el acto corpóreo de la inscripción. Critica y vida abren diferencias; crítica y potencia creativa re-a-firman su posibilidad de no sostenerse en un único formato, y los deseos que entraña el presente siempre abierto a los tiempos por venir, sin negar que esos futuros menores están repletos de pasados. La escritura, en su acto de inscripción y excripción de sentidos, son un campo de citas de voces heterogéneas y de formas profanas que incitan al juego de la voz. Una elaboración de los restos y fragmentos del pasado, atados a las amorosas manos que le dan un lugar en la cultura.
II
De los casos que vimos a lo largo del seminario, quisiera resaltar en particular el trabajo de Javier Guerrero, en Escribir después de Morir[6]. Libro cuya labor me incita a seguir pensando el lugar el archivo como un espacio de resonancias, y como un lugar también desde el cual se puede repensar todo. De la mano de los planteamientos de la plasticidad de Catherine Malabou, Guerrero enuncia de forma singular lo que acontece e interpela en trabajar el archivo de varios escritores, y como estos logran una sobrevida, una expansión después de la muerte:
El archivo está asociado con el exceso. Los archivos de escritores usualmente incluyen lo que esta fuera, lo que está de más, lo impublicable, lo que de alguna manera excede las formas finales. El archivo entonces es un dispositivo que contradice la obra de los artistas[7].
En la contra-dicción de una vida y su obra, también se vislumbra esos excesos no pasados por la escritura. Ese exceso que también deja una huella, un soporte material que después será leido e inscrito desde otro lugar —y desde otra manera singular— de enunciación. Resalto esto, por el comentario que hace Graciela Montaldo en relación en pensar los trabajos de creación que piensan en el archivo en tiempos de obsolescencia:
Si todo está sometido hoy a la obsolescencia; si el término en que nos movemos es la corta duración, ¿cómo trabajar con materiales que pertenecen al archivo; que fueron codificados en el libro a través de la escritura; que interpusieron con lo efímero del presente una inmaterialidad hecha de valores y tradición[8].
De manera que el trabajo del archivo —y el que supone su (re)escritura— implicaba un trabajo distinto para darle otro lugar en la cultura. Si bien, como resalta Rolnik[9] hay un “furor de archivo” en el trabajo de la documentación inscrita a nivel institucional, regida por las lógicas de la acumulación que sostiene una imagen documental, en el sentido más mecánico del término, también la posibilidad existente del creador de instaurar otra imagen, pues en este proceso “Se activan otros modos de relación con las imágenes, otras formas de percepción y de recepción, pero también y sobre todo de invención y de expresión[10]”. Se trata entonces de abrir un nuevo lugar, una sobrevivencia capaz de generar experiencias, afectos y poéticas que permitan devenir otra cosa y no simplemente constituirse como un documento más “del pasado”. ¿Cómo supone ser leído un archivo? ¿Qué lugar otorgamos al pasado en el presente? ¿Qué posibilidades poéticas y críticas emergen cuando el archivo no se limita a conservar la memoria, sino que la pone nuevamente en movimiento?
En el caso de Javier Guerrero y el trabajo emprendido en Escribir después de morir, se trata también de otorgar un lugar a los archivos de escritores que continúan resonando incluso después de su muerte. Su investigación exige una lectura minuciosa y plantea interrogantes poderosas sobre la propia idea de archivo y las formas en que este sobrevive en la cultura. El archivo deja entonces de limitarse al conjunto de documentos escritos para desplegarse en una multiplicidad de materialidades: una peluca, un pájaro disecado o una muñeca, como ocurre en el caso de Delmira Agustini. Objetos que, lejos de ser simples vestigios, participan en la construcción de nuevas lecturas y afectaciones.
Asimismo, emerge un archivo desconcertante a partir de una lectura otra —acaso incluso desobediente— como la emprendida por Pilar Donoso. En su exploración de los diarios y documentos de José Donoso, la disposición singular de los materiales y su modo de leer producen una nueva imagen del escritor. El archivo aparece como un espacio de disputa, reescritura e invención, capaz de abrir sentidos que no estaban dados de antemano. De igual modo, el lugar singular de enunciación de Javier, atravesado por los afectos y las historias que lo convocan, le permite pensar el archivo como un territorio de resonancias y sobrevivencias. Al intentar construir un “dispositivo capaz de detectar las maneras en que se anudan aquellos cuerpos que se han ido, que se han despedido en la tierra o en el fuego, con el transcurso de nuestras vidas y su capacidad de pulular o vivir más allá[11]”, instaura también una forma singular de pensar el tiempo. Un tiempo como persistencia, retorno y transformación de aquello que continúa en el presente.
III
Nuevas coreografías de miradas, gestos, acomodos e incluso sonidos abren la posibilidad de estas escrituras corpóreas que habitan simultáneamente los tiempos pasados, presentes y futuros. No se trata de temporalidades segmentadas ni dispuestas en una sucesión lineal, sino de tiempos que conviven y se rozan en las porosidades que la creación hace posibles. Allí, en esos pliegues, puede emerger un decir hoy; un decir de otro modo, un decir diferente.
Referencias
Foucault, Michel. 1995. ¿Qué es la crítica? (Crítica y Aufklärung). Revista Internacional de Filosofía 11: 5–25.
Guerrero, Javier. 2024. Escribir después de morir: El archivo y el más allá de la escritura. Santiago de Chile: Metales Pesados.
Montaldo, Graciela. Ecología crítica contemporánea. Cuadernos de Literatura 21, núm. 41 (2017): 50-61.
Rolnik, Suely. 2019. Esferas de la insurrección: Apuntes para descolonizar el inconsciente. Buenos Aires: Tinta Limón.
Thayer, Willy. 2020. Tecnologías de la crítica: Entre Walter Benjamin y Gilles Deleuze. Santiago de Chile: Metales Pesados.
[1] Suely Rolnik, Esferas de la insurrección: apuntes para descolonizar el inconsciente (Buenos Aires: Tinta Limón, 2019)
[2] Willy Thayer, Tecnologías de la crítica: entre Walter Benjamin y Gilles Deleuze (Santiago de Chile: Metales Pesados, 2010)
[3] Michel Foucault, ¿Qué es la crítica? (Crítica y Aufklärung), Revista Internacional de Filosofía 11 (1995): 5–25.
[4] Graciela Montaldo, Ecología crítica contemporánea, Cuadernos de Literatura 21, n.º 41 (2017): 52.
[5] Rolnik, Esferas de la insurrección.
[6] Javier Guerrero, Escribir después de morir: El archivo y el más allá (Santiago de Chile: Metales Pesados, 2022).
[7] Ibid, 56.
[8] Montaldo, Ecologías de la crítica, 52.
[9] Suely Rolnik, Furor de archivo, trad. Damián Kraus, en Estudios Visuales, no. 7 (2009): 116–129.
[10] Ibid, 121.
[11] Javier Guerrero, Presentación de Escribir después de morir, video de YouTube, publicado por 17, Instituto de Estudios Críticos, 2023, 13:19


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