Una lectura de El objeto del Artefacto de Níger Madrigal
Hay objetos que se convierten
En un miembro más del cuerpo:
Unas muletas, una silla de ruedas, un bastón
Y de pronto sin vida son la vida;
Desplazamiento por el mundo, barandilla en el abismo,
Verdadera cercanía de las cosas.
Níger Madrigal. El cuerpo sitiado
La obra de arte comunica otra cosa, es otra cosa además de la materia que la contiene.
Giorgio Agamben. EL hombre sin contenido
Libro como arte-facto
Qué difícil es la tarea de crear arte-factos con la ciega mudez que porta una palabra al estamparse sobre el enigma de la hoja en blanco. Osada empresa la de tomar un puñado de luz y plasmarlo en una imagen que se desliza entre palabras, entre sentidos e imprime una lectura significante del sentido mismo. Pensar también que los silencios devienen objetos intangibles, formas que parecen brotar de la garganta y despertar desde ese vacío poético que colma el espacio enardecido de todos los mundos para crearlos.
El trabajo de Níger Madrigal es un libro que me apasiona, sobre todo por ese destello que articula con el lenguaje fotográfico: una escritura de la luz. La imagen —sostiene Erik de Bufalo— no se describe, pues al hacerlo se mataría su escritura singular; des-cribir, deshacer ese lenguaje impreso, ese trazo singular que quedó plasmado en un soporte. El texto de Níger no describe la imagen, la acompaña, ambos se enlazan —fotografía y poema—, encuentran cruces y terminan por mancharse entre sí, de manera que tanto el texto como la imagen devienen poema, o incluso, el poema deviene en imagen. Las cosas comienzan a desplazarse ante la palabra; dejan de ser únicamente materia para devenir resonancia, recuerdos, restos. Lacan decía que el lenguaje mata la cosa; el poeta Níger Madrigal lo dice en tono singular: “El nombre de las cosas se desmorona, en mi pensamiento se vuelve polvo”.
El libro El objeto del artefacto propone una re-visión concienzuda de las cosas que están ahí, pero que devienen otras al abordarlas desde la lengua. Los espejos no solo son pedazos de cristal que nos devuelven una imagen en nuestra mimesis existencial, son también “el testimonio del colapso de la carne y de la catástrofe expuesta en la desnudez”. Los zapatos ya no son solo nuestros esclavos del andar, sino una extensión del cuerpo. Dice el poeta: “El corazón ritma con los días su inverosímil canción diurna, mientras amarro las agujetas y mi cuerpo empuja hacia la cotidiana necesidad de vivir la muerte”.
Me interesa pensar cómo envejecemos con los objetos y cómo estos devienen en arte-factos del tiempo. Los objetos no únicamente nos acompañan: absorben algo de nuestra duración, de nuestros hábitos, de nuestras pérdidas. Envejecen junto a nosotros y muchas veces terminan sobreviviéndonos, como pequeños restos materiales de una existencia que se resiste a desaparecer, devienen pues, en parte de nuestro archivo vital. En otras palabras, diré que el libro de Níger Madrigal no es un poemario cualquiera; es un arte-facto del tiempo, un objeto donde la memoria hace surcos para seguir existiendo en el pulsar de la escritura, que es también una forma de leer.
Me pregunto también: ¿cómo un libro puede devenir un objeto del artefacto? Una supervivencia que se mantiene por la existencia del subsuelo. Pienso aquí en lo que Kathryn Yusoff comenta sobre el arte del subsuelo: esas inscripciones que sobreviven al tiempo, incluso después de que el cuerpo del autor deja de escribir. El libro será tomado por otras manos, otros ojos; incitará nuevas escrituras, nuevos artefactos. Una sobrevivencia después de la muerte. Porque el acto de escribir implica dejar un objeto al mundo: algo que requerirá también de un cardumen entero de dedos dispuestos a acariciar y despertar aquello que, en algunos casos, tuvo que esperar muchos años para un nuevo aparecer. Se trata, pues, de un renacimiento posible en la nueva lectura.
El gesto de la imagen
Tal como Roland Barthes decía en un proyecto similar donde la escritura roza la imagen: “La fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente”. Y Níger responde con una sensibilidad poética que vuelve hacia esos objetos que “no fallecen”, aunque “los cubre la oscura tierra del olvido”. Nos topamos entonces con esos restos inscritos en la inmensidad de la existencia, como quien se observa en una fotografía de veinte años atrás. Ahí comprendemos que el tiempo se sedimenta en los objetos, en las imágenes, en la escritura, objetos que abren temporalidades otras y nosotros instauramos un presente con el recuerdo. Como dice el poeta: “Nuestro mundo en aquel retrato era un niño haciendo añicos la mansa bestia del tiempo”.
La supervivencia de las existencias menores en nuestros objetos a quienes pudimos dotar un cariño particular. Las viejas fotografías de nuestra madre que nos recuerdan las tempestades de aquellos días y las añoranzas que hoy tenemos de su ausencia. Los objetos dejados generación tras generación que portan ya una herencia familiar, porque la herencia implica un “don”, dejar y que continúe en sus formas, y asi sucesivamente hasta el im-posible final.
Creo que el gesto de Níger en su escritura y de Felipe en sus fotografías da una lección a muchas posturas esencialistas de la poesía que niegan la posibilidad de mezclar lenguajes poéticos por considerarlos “impuros”, como si todavía habitáramos un viejo logocentrismo que apela a una idea estancada de lo que es —y debe ser— la tradición: un dogma que impera negando las posibilidades creativas del pensamiento.
La mezcla entre poesía y fotografía, e incluso entre ensayo y escritura académica, demuestra precisamente lo contrario. Porque la lengua, como había elucubrado Bajtín, y sus modos discursivos, no pueden cerrarse de uno u otro lado. Afortunadamente, las supervivencias son como la lengua: escurridizas, capaces de instaurar un presente que continúa. Hacen aparición en la escena para recordarnos que ningún lenguaje es perfecto y que, por ello mismo, resulta necesario mezclarnos entre lenguas, emprender el viaje hacia ese difuso más allá, nuestro viaje pues “hacia la sima de la muerte, hasta que el cuerpo diga: ya no más a las caricias, ya no más a la mirada oscura; repleta de sueños la maleta, hora de partir, el viaje espera”.
Devenir imagen, devenir gesto, devenir arte-facto, devenir lengua, devenir, pues, en poesía.


Deja un comentario