La difícil tarea de afilar palabras para escribir aquello que duele y hiere, lo que asusta y obliga a abandonar la patria. La difícil responsabilidad que implica trazar luz siguiendo las huellas de un padre que iba y venía entre fronteras, como un pájaro sin esa ficción llamada “Nacionalidad”. Balam Rodrigo, uno de los poetas más influyentes de México y Latinoamérica en el presente, escribe precisamente sobre la (im)posibilidad de situarse de un lado u otro de las fronteras hoy levantadas y codiciadas por los regímenes del (necro)poder, que establecen diferencias abismales entre los cuerpos.
La escritura de Balam se posiciona como una insubordinación frente a los signos de la nación. Escribe desde la centroamericanidad, que en cada caso también es la condición nuestra, pero también da testimonio de la indiferencia, de la infamia y de la ignominia dirigidas hacia los migrantes: aquellos despojados de “Leyes” —que no son más que un tipo de escritura— y reducidos a fuerza de trabajo forzado dentro de una economía extractiva. El presente ensayo propone seguir un recorrido por la excritura de Balam Rodrigo como forma de trazar un testimonio del trauma acontecido en l_s migrantes, a partir de tres textos del autor: Marabunta, Tañedor de cadáveres y Libro centroamericano de los muertos. Estas obras delinean el trayecto del horror que atraviesan cientos de centroamericanos desde la salida de sus países hasta su tránsito mortal por México. Pero también exponen el gesto del “don” y la hospitalidad que emerge en los márgenes, así como el papel de la memoria en la configuración de una poética de la resistencia. Ante la violencia extrema, la escritura afila letras, abre resonancias y produce una inscripción contra el horror; la palabra insiste en trazar otra escena.
El difícil lugar de enunciación: un posicionamiento ético en Marabunta
Nacido en Villas de Comitlán Chiapas, muy cerca de la frontera Sur que divide México con Guatemala, Balam Rodrigo recibe las huellas y las herencias donde su escritura habrá de advenir. Herencia que porta desde el terreno difuso y difícil que involucran las fronteras. La posición del escritor en estos lugares —de la herencia también que hace inscripción— se vuelve parte de una economía de la lengua, una forma de dar testimonio de la experiencia, tal como lo piensa Julio Ramos al respecto de Elvin, joven migrante hondureño que continúa su viaje en La Bestia portando los destellos de una herencia paterna —tenues supervivencias, hiladas en su forma de curar zapatos:
El relato de Elvin se inserta (se ensarta) en una economía de la dislocación y de la destrucción de la infancia, pero consigna también cierto empoderamiento, el potencial de una parcial reparación, emplazada por el acto de contar la experiencia, de transformar la pérdida y la discontinuidad de un viaje infernal en una narrativa de experiencia personal con unos pocos momentos de proyección heroica […] su movimiento fuera del territorio desborda los marcos de la representación política.
La escritura de Balam es también un dispositivo de herencias, pues resalta el singular gesto de su padre por cuidar el paso de los migrantes, mismos que ocupaban también un lugar en la mesa, un lugar en la casa, un lugar en la familia. Son como el viento: el padre de Balam (y él mismo) no se ubican en ninguna posición de permanencia a la Nación, pues esta —finalmente— resulta ser la entrada para la muerte por parte de los “defensores” del país. El migrante es quien deja su tierra y se inscribe en una situación precaria en su paso, más bien es expulsado a la precariedad de la errancia, donde su vida no es soportada por un régimen de escritura —llámese Ley ciudadana— y queda en la condición de nuda-vida. La enunciación desde aquí se encuentra en una situación precaria; las palabras son lanzadas al aire, tercas y flotantes para intentar llegar al otro lado, que puede ser la nación, u otro. Son, en cierto sentido, palabras sin escucha.
No hemos sacado registro ni pase local.
No tenemos visa, ni pasaporte.
En Guatemala no nos piden FM-14.
Para nosotros no existe la frontera:
Somos como el viento, como las nubes, como el humo.
Vamos de un lugar a otro, de un país a otro sin que nada nos detenga. Estamos hechos de la misma sustancia del aire y nadie puede colocar murallas o alambre de púas sobre el aire.
Nuestra casa está en el aire: no caminamos, flotamos, danzamos de puntillas en el aire. Somos como la música, como el polen, como estas palabras.
(Marabunta. Balam Rodrigo).
Portar tormentas en las letras hace que las fronteras se sacudan y se esfumen. La escritura es una errancia y es indomesticable, así también implica una herencia y un gesto. La escritura no soporta las formas inamovibles, los “géneros”, porque es allí donde encuentra su exceso y desparrame. Escribir es dejar trozos de sentido esparcidos, voces que resonarán ante los ojos de un lector, aún después de años, aún después de la muerte del cuerpo escribiente. La interrogante que deja Julio Ramos es interesante en este sentido: “¿no supone la escritura el riesgo irreductible de la pérdida de sentido, allí donde la materialidad proliferante del cuerpo y la particularidad parecieran cancelar el dominio, la efectividad de las categorías de pensamiento?”[1]. Escribir es desbordar, ya sea los límites de la forma o de las ficciones que sostienen los cuerpos, tal como la nación. Escribir es enunciar desde el acto singular del escritor[2], la apropiación de este estilo —que devendrá después en otros— que hará posible la emergencia de un discurso, en un momento histórico en particular.
El lugar de enunciación en Balam Rodrigo supone pensar en los extravíos propios de la escritura, el excedente ante las formas y los estilos. Si bien como escritor reconoce la tradición de la cual emanan los versos de su obra —la poética testimonial centroamericana—, también se sitúa en aquellas imágenes del padre pasando las fronteras, alojando a migrantes, a su familia, finalmente. Todo este entramado de relaciones, con los ritmos de un entre-fronteras y de la sonoridad de la lengua de su familia migrante, de lazos con estas palabras entintadas con el río Suchiate. Esta red es aquella también que está en el estilo floreciente de Balam Rodrigo, textos donde el autor pone el cuerpo —su voz, su mano, su lengua[3]—y lanza dardos de luz ante la infamia, ante ese silencio que implica la violencia para darle otro lugar. Hacer de la herencia escritura.
Centroamérica;
Un par de dados y la máquina de hacer muerte tengo en las manos.
Acaso el corazón golpeara letras cual pájaros en duelo y la noche con su pez de luna quebrara el ojo del que bebe; como si acabara de nacer por primera vez se precipita sobre espejos en la tierra, sustancia del que calla su arácnida estatura.
(Marabunta. Balam Rodrigo).
¿Sólo migras y narcos habrá bajo los bejucos?: trauma y memoria en la escritura del paso migrante.
Está documentado que entre 500 y 900 migrantes son asesinados y desaparecidos en México cada año[4], que las esperanzas de vida son nulas y que la mayoría de los casos, sobre todo cuando no se paga por un “servicio plus[5]” del traslado migrante, terminan en condiciones funestas. El crimen organizado se ha encargado de crear un dispositivo necropolítico del cuerpo de l_s migrantes. Aquí no importan los nombres ni sus historias; el cuerpo es rebajado a su condición de objeto de consumo, borrado de todas las huellas que implica la vida, sus marcas distintivas.
En el espectáculo del horror, donde los cuerpos son rebajados a una vida desnuda, emerge también el gesto del escritor como una posibilidad de devolverle potencia al cuerpo. El acontecimiento traumático opera de manera corp-oral: inscribe el terror en el cuerpo con tal violencia que deja a la lengua en silencio, detenida, como si la palabra hubiese dejado de funcionar. En muchos testimonios de madres buscadoras, la palabra no aparece de inmediato; es después de un tiempo que logra articularse en balbuceos, en fragmentos. Ante un evento tan doloroso, la lengua se pierde, se quiebra; hay un tiempo detenido en esa escena de ruptura.
En un ensayo sobre la sociedad paliativa y el dolor, Byung-Chul Han señala que la modernidad, instalada en regímenes paliativos, es incapaz de otorgarle un sentido al dolor, porque este, finalmente, es un padecimiento insoportable. Si bien los dilemas resaltados por el filósofo coreano apelan a un modo de existencia diferente a la realidad latinoamericana asediada por la extrema violencia y la inseguridad, hay algo interesante en sus postulados. Por ejemplo, darle palabras al dolor implica enfrentarse a un vacío, al hacerlo es darle otro lugar a la situación, es decir, al acontecimiento se le da una experiencia. Apalabrar el acontecimiento traumático es darle otro sentido, aunque no deje de ser algo doloroso, empieza a tener un lugar en la historia subjetiva, de ahí que, en muchos colectivos de madres buscadoras, su palabra deviene en testimonio.
El testimonio remite y enuncia a una comunidad de la memoria. Por un lado, se alza la voz de las atrocidades cometidas, y por el otro, operan como contra narrativa ante las versiones oficiales de la nación o del tirano. La escritura del testimonio supone el desprendimiento del yo-carne que se había instalado por el dolor del acontecimiento traumático, para tramitarlo e inscribir una diferencia[6]. Si el dolor quedó cristalizado en un tiempo, un instante donde la vida quedo girando sobre sí misma, a partir de los pedazos cercenados entonces puede iniciar otra historia, no una nueva, sino diferente, aquella hecha con la incorporación del evento. Habitar el trauma es también una forma de existencia con las cicatrices, una manera singular de la ética de la experiencia.
El discurso testimonial (en tanto género menor) pretende subsanar ese problema entrando de lleno en esa microhistoria de las masas. Es un discurso que no busca la excelencia literaria, sino dar fe del horror, testificar hasta el final, encontrar una lengua para enunciar, una gramática del grito, cuya inscripción singular en la obra de Balam, encuentra una voz —una lengua— para decir las atrocidades cometidas a los cientos de centroamericanos.
Balam Rodrigo, en uno de sus versos del Libro Centroamericano de los muertos logra condensar el proyecto singular que evoca el texto: “Entre los rieles de este libro yace mi lengua: / descuartizada” —gesto escritural que también resalta Teresa González[7]— comenta precisamente sobre el potencial metafórico de la lengua, “estar con la lengua desenvainada”, que enuncia parte del carácter combativo de la obra del escritor[8].
Además, la lengua en la obra de Balam remite a los destellos rítmicos que constituye lo humano, cadenas de historia, herencias cercenadas y otras, aún palpitantes:
Sepan que en el lugar del corazón llevo la lengua. Por eso hablo con latidos, con golpes de aire, con el Tam Tam de los ladridos del tambor[9]
La lengua enroscada como víbora seca [10]
Es el día del tábano y la lengua pesa igual que un siglo[11]
Si el régimen del horror y de la ignominia, del terror y de la impotencia gobiernan sobre los cuerpos migrantes, entonces la lengua —aquella que se desliza entre “identidades nacionales” y fronteras— logra ser un potencial de supervivencia. Julio Ramos da una lectura aguda sobre la lengua y su proliferación en lo nacional, cuando el régimen del buen decir se instalaba de forma discriminatoria contra aquellos modos de hablar diferente; la lengua (aún) permanecía por los canales subterráneos de la transmisión, por los hablantes.
Las manifestaciones del horrorismo por parte del crimen organizado y las autoridades hacia l_s migrantes, han puesto en relieve su gramática del miedo y del dolor con la espectacularización mediática del capitalismo gore, que también logra establecer la indiferencia de tales actos: Los asesinatos, las desapariciones, el reclutamiento forzado, son parte del engranaje de la máquina destructiva del capital. Ahí donde se perpetuaron los tales hechos violentos —los lugares donde fueron encontrados migrantes asesinados—, es donde Balam Rodrigo y su gesto escritural —esa lengua desenvainada— hace una inscripción para decir algo más que sola la fría nota mediática.
El trabajo de la necroescritura implica instaurar la voz de los muertos como una elaboración de los restos: hacerlos hablar en el presente para que puedan decir algo hoy, para denunciar aquello que ha sido silenciado. La poética testimonial centroamericana de Balam Rodrigo resuena con estas coordenadas. Su escritura se inscribe en una tradición marcada por figuras como Roque Dalton y Otto René Castillo, escritores asesinados que lograron enunciar la infamia de su tiempo. Esta escritura, caracterizada por la denuncia del poder represivo del Estado y por la enunciación colectiva de la herida, encuentra en la obra de Balam una inflexión singular: poder darle otras palabras al acontecimiento violento de la muerte.
Las coordenadas que inician varios de los poemas de la obra, junto con los escritos que llevan los nombres de sus familiares centroamericanos, deviene en un artefacto de la memoria para hacerla resonar afectivamente. Las coordenadas representan el lugar exacto donde fueron hallados los cuerpos migrantes, es un sitio donde ocurrió un hecho violento y donde Balam regresa para acogerlo con el gesto amoroso de sus manos, cuidar de esa historia.
Si bien las notas periodísticas que pasan al archivo suelen tener una enunciación fría:
Los vendaron, los obligaron a apoyarse contra un muro y luego los balearon[12].
Balam Rodrigo le da otra forma:
Hemos caído desde las fauces de La Bestia, solo para caer en las garras de peores bestias, esas que asesinan y cercenan amparadas por la ley de las matanzas: y hoy, como todos los días, amanece nublado en el cielo de los migrantes[13].
En el gesto de Balam Rodrigo, se ubica un tacto amoroso a las historias. Con esto me refiero a lo que Javier Guerreo[14] comenta sobre la plasticidad del Archivo, instalado en el porvenir de esa materialidad que cobra el documento cuando es llevado de mano en mano, un cambio de piel renovado por otras manos —las de Balam— y otros gestos que reactivan los afectos en el día de hoy. El trabajo poético, con la reconstrucción de la historia posible del migrante, vinculadas con el hecho atroz, permite pensar sobre en este “regreso” a la escena para instaurar una historia cercenada que quedo incompleta, mutilada.
Dar otra posibilidad de regreso del más allá mediante un dispositivo escritural —atravesado por el aire del entre-fronteras— implica reconocer una herencia: el gesto del padre, ese cuidado de las historias familiares y la hospitalidad hacia el otro que necesitaba refugio en el sinuoso trayecto por la nación mexicana. En este sentido, dar hospitalidad en la escritura es un gesto que Balam Rodrigo sostiene desde el inicio de su proyecto poético y a lo largo de su obra, abriendo la lengua como un espacio de acogida para aquello que ha sido desplazado, violentado o silenciado. Asimismo, estas “formas de volver” a los lugares donde reinó la violencia no buscan simplemente representar el pasado, sino instaurar otra posibilidad de historia; el duelo inscrito en los nombres de sus familiares centroamericanos —con quienes compartió mesa y vida— hace posible esta escritura como gesto de cuidado y de memoria.
En la lectura que realiza Teresa González Arce sobre la obra ganadora del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2018 de Balam Rodrigo, se vuelve visible esta dimensión heredada del testimonio: una escritura que cuida las historias y las hace persistir:
Pero sobre todo heredar un testimonio. En Libro centroamericano de los muertos, soy yo mismo hecho pedazos, pedazos de mi historia, de la gente y de mi gente. Un reflejo del estado de dolor de lo que se vive y lo que he vivido[15].
[1] Julio Ramos. Testimonio y delirio en el infarto del alma de Diamela Eltit y Paz Errazuirz. En Paradojas de la letra, lengua, subjetividad y ley. Editorial Mimesis
[2] Esta idea no es del todo propia, pertenece a Emile Benveniste. El aparato formal de enunciación. En Problemas de lingüística general II. Siglo XXI.
[3] A todos los centroamericanos que fueron y son parte de mi familia, y a todos los migrantes de Centroamérica: para ustedes mi lengua y corazón trashumante. Balam Rodrigo. Libro Centroamericano de los muertos. Fondo de Cultura económica.
[4] International Organization for Migration (IOM), Missing Migrants Project: Annual Regional Overview 2023 – Americas (Ginebra: IOM, 2024).; “Casi 700 migrantes murieron en la frontera EE.UU.-México en 2022, la ruta terrestre más letal,” Swissinfo, 12 de septiembre de 2023.; U.S. Customs and Border Protection (CBP), “Southwest Land Border Encounters and Mortality Data,” actualizado 2023, ; Migration Data Portal, “Migrant Deaths and Disappearances,”.
[5]Diversas organizaciones criminales se dedican al transporte y a la supuesta “protección” de personas migrantes; sólo unos pocos pueden costear esos servicios. El resto —la mayoría— queda expuesto a secuestros, extorsiones, desapariciones y asesinatos a lo largo de la ruta.
[6] José Ignacio Álvarez Fernández, Memoria y trauma en los testimonios de la represión franquista (Barcelona: Anthropos, 2007).
[7] Teresa Georgina González Arce, “Recorrido por la geografía del horror. Lectura de Libro centroamericano de los muertos de Balam Rodrigo,” Sincronía, núm. 78 (2020): 260.
[8] Ibid, 261
[9] Rodrigo, Libro centroamericano de los muertos, 90.
[10] Ibid, 57
[11] Ibid, 74
[12] BBC Mundo Así ocurrió la peor matanza de inmigrantes en México. https://www.bbc.com/mundo/noticias/2014/08/140828_mexico_matanza_inmigrantes_centroamericanos_aniversario_jcps
[13] Ibid, 106
[14] Javier Guerrero, Escribir después de morir: el archivo y el más allá (Santiago de Chile: Metales Pesados, 2022).
[15] González Arce, “Recorrido por la geografía del horror,” 261.


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