Roberto Velasquez García
Tanto Freud como Lacan respondieron a síntomas de su época. La nuestra se caracteriza por la hegemonía de los discursos de la ciencia, la tecnología como su correlato y el discurso del capitalismo en sus variadas presentaciones. El consumo masivo de sustancias psicoactivas es consecuencia del imperio de esa troica discursiva.
Héctor Pérez Barbosa.
Yo amo con el Hígado.
Chabela Vargas.
Parte 1. Tiempos híperpaliativos
Tras leer una publicación sobre la situación de la salud mental en Tabasco, donde resaltó el secretario de salud, Alejandro Calderón sobre el panorama actual en el territorio:
“Tabasco ocupa el sexto lugar nacional en episodios depresivos, principalmente en personas de entre 25 y 44 años, siendo Centro, Centla, Nacajuca, Cárdenas y Cunduacán los municipios con mayor incidencia. Asimismo, la entidad se posiciona en el décimo lugar en defunciones por suicidio, concentrándose más del 40% de los casos en personas de entre 20 y 39 años. A esto se suman los más de mil casos de trastornos asociados a la farmacodependencia, alcohol y tabaco atendidos durante el último año por los Centros Comunitarios de Salud Mental y Adicciones.”.
Al ubicar el malestar de un tiempo, el humano encuentra sus medios para sobrellevar la angustia. En una época donde la demanda laboral implica gran parte de la vida del humano, donde coexisten economías voraces para sostener un mercado, tiempos también donde las guerras se especializan en clave semiótica y bombardeos de información cada vez más rápida con los dispositivos móviles; estos tiempos han generado un sujeto en particular; sujeto adicto a la época, término acuñado por la psicoanalista argentina Silvia Maioli para definir que en estos tiempos, el sujeto y su angustia están del lado del goce: humanos agotados, fatigados de sus problemas y que los empuja a un deseo en querer desconectarse de esta realidad. Tal como sostiene Mario Kameniecki “en las neurosis actuales el proceso de representación es fallido; hay una suerte de cortocircuito pulsión/cuerpo, cuyo efecto son los síntomas sin sentido, con predominio corporal, angustia y ataques de pánico”.
Así mismo, Héctor Barbosa, especialista en la clínica de los consumos problemáticos en Argentina, afirma “Las neurosis actuales son producto de un exceso pulsional y no se atienen a la temporalidad de las representaciones. En las neurosis actuales, el síntoma se produce sin mediación simbólica, en el cuerpo”. Lo que inaugura un momento de la época donde la capacidad de lo simbólico en hacer representación, de poder apalabrar la experiencia, o de darle un soporte de expresión a otra cosa, se desvanece y se escapa por una administración al propio cuerpo, una forma de desaparecer de la escena mediante la (indi)gestión de sustancias que permitan lograr ese cometido, un momento donde los síntomas pierden estas formaciones de compromiso y se vuelven actos simples, que incluso, como sostiene Mario Kameniecki, sobre estos llamados “nuevos” síntomas: “siempre se vinculan con el cuerpo, sin mediaciones, con predominio de la acción… Muchos de esos síntomas son simples acciones; hacen, y sus acciones están dirigidas hacia el cuerpo -el propio o el del otro.”
Es una sociedad que tapa sus dolores en las caras del exceso mediante una distribución de objetos culturales para mantenerse en funcionamiento, de ahí que el filósofo coreano Byung Chul-Han les llamará sociedades paliativas, porque el dolor no está permitido dentro de la vida moderna. El dolor es lo que se quiere quitar de última instancia, aunque éste sea parte de lo humano. Vivir es también un saberse doliente, la ética se forma por el dolor de la experiencia, y hoy, con las operaciones fármaco coloniales y los discursos cientificistas que buscan “modificar la conducta de forma que el humano recupere la funcionalidad en las esferas de la vida” se pierde esta posibilidad de la espera, del aguantar el dolor, de saber que también la felicidad —si existe alguna definición adecuada— está acompañada de tristezas y dolores.
Parte 2. Trauma y la operación farmakón
Un consultante de 29 años llega a sesión preocupado por sus episodios severos de ingesta de alcohol. Él comenta que se ha vuelto un problema. Cuando bebe, siempre es hasta perder la conciencia. Lo que ha ocurrido es que al entrar en esos episodios —que relata suelen suceder por las tardes y noches—, le han quitado la cartera, las llaves de su casa e incluso la ropa, pues terminaba en la vía pública, expuesto a todo.
Después de algunas sesiones surgió una enunciación en relación con estos actos: “me siento profundamente triste cuando lo hago”, comentó, con el rostro vestido de nostalgia. Después de ello apareció el tema de su madre. La madre del paciente, a quien amaba profundamente, había fallecido apenas algunos años atrás. Narró que sufrió una convulsión que terminó ahogándola en su propia saliva, acontecimiento que lo había afectado profundamente. Continuó el paciente: “desde que murió mi madre me he sentido fatal, es una tristeza que ahoga”.
Una tristeza que ahoga. Ahogarse en el químico. Escritura y tóxico son dos operaciones que producen un exceso en el cuerpo. Sin embargo, en muchos casos la clínica se ha centrado en la anulación de la operación del enigma. El enigma del tóxico, por decirlo con la psicoanalista francesa Sylvia Le Poulichet, permitiría desmontar las certezas sobre las cuales se han construido muchos tratamientos sobre las farmacodependencias y abrir la dimensión de la pregunta.
Por ello, la toxicomanía parte de una dificultad inicial: la precipitación de un saber que intenta cerrar su condición. La toxicomanía, en efecto, es designada como un flagelo social y constituye un objeto de la ley jurídica, lo cual provoca que estos sujetos —que incluso en el psicoanálisis no encuentran una “estructura fija”, ya sea para ubicarla como neurosis de defensa, neurosis narcisista o dentro de las llamadas neurosis graves— quedan desencuadrados. No encajan del todo, ni siquiera en aquellas legitimadas científicamente por la época, como los manuales clasificatorios contemporáneos de salud mental. La toxicomanía es definida por una dependencia a la sustancia, y en muchos discursos oficiales dicen que es la sustancia la que provoca dicha dependencia. Creo que no, esto sería un análisis superficial del fenómeno de la adicción, sobre todo, la operación del farmakón que define Le Poulichet que mencionaremos más adelante.
No pretendo establecer aquí una lectura sobre dónde ubicar dichas taxonomías. Me interesa pensar, en particular, la relación que ocurre en la época entre el acontecimiento traumático y la operación del tóxico en el sujeto, como en el caso descrito anteriormente. Porque parece que estos casos demuestran un anudamiento entre el querer salir de la escena y la ingesta del tóxico como impronta de estos tiempos
El tóxico, siguiendo la lectura que establece Jacques Derrida, es un objeto pharmakon. En la Grecia antigua, el pharmakon remitía a una ética del consumo: si la dosis era precisa, entonces podía funcionar como remedio o cura; pero el exceso lo convertía en veneno. Sin embargo, el pharmakon no se deja reducir completamente a una oposición entre remedio y veneno, pues desestabiliza justamente esa frontera. La dosis, al rebasar ciertos límites, se vuelve un veneno en el cuerpo y adquiere el carácter de un cuerpo extraño; se le ingiere para que devenga sensación del cuerpo.
La idea de la gestión de una sustancia sobre el cuerpo propio remite también a estos restos pulsionales que Sylvia Le Poulichet sitúa dentro de la operación del pharmakon; es decir, en aquel momento de abstinencia, en la “necesidad del objeto droga”. En ese tiempo de la operación convergen dos instancias. Por un lado, la abstinencia del tóxico produce la figura de un miembro fantasma, de un órgano doloroso: una investidura libidinal que envuelve al sujeto y lo hace padecer la ausencia del objeto. Por otro lado, aparece la vía alucinatoria, aquello a lo que Sigmund Freud remitía en su Proyecto de psicología para neurólogos al pensar el carácter alucinatorio de la satisfacción del deseo.
En este sentido, la alucinación no remite necesariamente a la psicosis, sino a esa ficción de satisfacción inmediata y primaria que intenta colmar la falta. Mecanismo semejante al que Freud vislumbraba en Duelo y melancolía. Esta última, como entidad clínica, posee un carácter devorador, una suerte de indigestión del objeto perdido. Pero, como Freud señalaba, a diferencia del duelo —donde la libido eventualmente retornará al sujeto—, en la melancolía ocurre un desfallecimiento libidinal, una hemorragia subjetiva donde aparece, en la ambivalencia amorosa, la cara del odio.
El objeto amado se pierde, pero queda un resto identificatorio con él mismo sobre el cual se deposita el odio. Freud sitúa allí una lógica incorporativa y devoradora del objeto perdido, cercana a la figura mítica de Saturno devorando a su hijo. Se devora al objeto para obtener algo a cambio: una satisfacción paradójica frente a la angustia de lo perdido.
Remitiendo ahora al acontecimiento traumático —operación que ocurre más allá de los tiempos lógicos de la subjetividad—, este posee un carácter sorpresivo: es un hecho que actúa con tal violencia sobre el cuerpo del sujeto que lo deja en una posición de supervivencia, desfallecido ante el derrumbe de sus coordenadas simbólicas. En este sentido, los trabajos de Jean-Max Gaudillière y Françoise Davoine permiten pensar cómo ciertos acontecimientos empujan al sujeto hacia una experiencia cercana a la locura, allí donde el mundo mismo parece desmoronarse.
Como señala Gabriela Insua: “se trata de un suceso que impacta sobre el sujeto, con un quantum de energía imposible de ligar” (p. 24). Los duelos, las guerras, las desapariciones o los despojos son ejemplos de ello. Vivimos permanentemente rodeados de acontecimientos traumáticos, y estos conllevan muchas veces la imposibilidad de construir un relato o una experiencia sobre lo ocurrido. Tal como sostiene Insua, no todo acontecimiento produce experiencia.
Una de las similitudes que ubico entre el acontecimiento traumático y las toxicomanías —sin afirmar por ello una causalidad directa— aparece en épocas como la nuestra que describí anteriormente, donde se exige la hipervelocidad y donde incluso en la clínica emergen demandas de supresión inmediata del malestar. Frases como: “no quiero sentir esto”, “desearía olvidar aquello” o “solo resetéenme para vivir mejor” condensan un deseo contemporáneo de salir de la escena de la experiencia. Me pregunto, que tanto hay en estas demandas de la operación del farmakón para lidiar con aquel cuerpo extraño que no es otra cosa que el dolor de existir.
Hay ahí una exigencia de cancelación del malestar, un síntoma de época sostenido en la búsqueda por suprimir aquello que insiste en el cuerpo y en la memoria. El tóxico aparece como operación: una tentativa de modificar la relación con lo insoportable.
Paradójicamente, muchos modelos contemporáneos de las clínicas parecen sostener también esa misma lógica al intentar “borrar el hecho traumático” o “suprimir la escena de ingesta del tóxico”. Pero allí emerge una pregunta fundamental: ¿cómo borrar aquello que, precisamente, nunca terminó de inscribirse? ¿Cómo darle lugar a lo insoportable si también cancelamos nuestra escucha ante el otro?
Parte 3. Nuestro derecho a la imaginación
Cuando el mundo se cierra, cuando la vida se empobrece en la tinta gris de la melancolía, cuando la memoria parece desvanecerse como única certeza y los acontecimientos dejan una marca insoportable, cuando parece no haber otra cosa más que el efecto de satisfacción que produce el tóxico, entonces ahí —tenues y palpitantes— yacen las luciérnagas. Georges Didi-Huberman habla de esos destellos intermitentes de las luciérnagas en medio de las luces enceguecedoras de la modernidad y sus focos industriales. Las luciérnagas aún no se han ido; quizá lo que hace falta es aprender nuevamente a verlas, instaurar una posibilidad de salida allí donde todo parece cerrado.
Cuando los gobiernos represivos se instalaron en Argentina, en Chile y, en realidad, en gran parte de América Latina, junto con sus políticas de muerte y sus lenguas totalitarias, intentaron devastar el resto de humanidad que persistía en los sujetos, dejándolos abiertos ante el trauma. Buscaron imponer culturas homogéneas, memorias oficiales y modos únicos de nombrar el mundo. Sin embargo, incluso en medio de la violencia, siempre persistió un derecho a la imaginación; un derecho también a la lengua que nos constituye, a las pequeñas formas de supervivencia que resisten incluso cuando el horror parece ocuparlo todo.
Por ejemplo, Raúl Zurita, hablando del país de las tablas, de un Chile desmoronándose, encuentra una voz que instaura todos aquellos restos dejados atrás por la dictadura. O, como Diamela Eltit junto con Paz Errázuriz, escriben e inscriben sobre los gestos de amor entre pacientes psiquiátricos que, aun dentro del régimen epistemológico de la medicina y sus brutalidades de tratamiento, logran persistir en su amor hacia el otro.
Lo que quiero situar aquí es que la práctica psicoterapéutica y su acompañamiento terapéutico son también una forma de instaurar esa imaginación. Es verdad que hoy la imaginación se ha pervertido bajo los discursos del mercado, o que incluso se ha desestimado su potencia por considerarse una cuestión infantil. Es ahí, pues, donde aparece el reto: jugar e imaginar con seriedad para que otra cosa surja; para pasar a otra cosa.
El trauma habla a quien lo escuche, y en el tóxico la apuesta por el enigma resulta fundamental. Nadie se hace adicto a una sustancia solamente por probarla; la adicción no es un fenómeno causado únicamente por la sustancia, sino también por una historia subjetiva, por los acontecimientos y las marcas que atraviesan a quien la consume. Ahora bien, habría que instaurar una duda, ya que tanto el tóxico como lo traumático cancelan muchas veces la posibilidad de pasar a otra cosa. Será en la escucha y la relación transferencial donde la palabra que envuelve la sensación extraña, logré decirse. Es ahí donde el terapeuta deviene en soporte de esas historias y es un “escriba” de los testimonios que estos pacientes hacen, lo que remite a la etimología de therapon: aquel que acompaña y está para auxiliar al otro sin que se pierda completamente en sus propias locuras, también acompañar y resonar desde la locura propia.
Devolverle a la palabra esa gramática del grito que la constituye; darle un espacio al afecto sin clausurar el sentido. Abrir la palabra, pues, a sus derivas y acontecimientos más allá de su significado hermético. Abrir un espacio para la escucha y para el amor hacia el mundo antes de medicarlo o intentar modificarlo con intervenciones ortopédicas. Porque cuando el mundo se desmorona internamente, la tarea no consiste en restablecerlo por completo, sino en saberse herido, atravesado por una historia que continúa hilándose y que seguirá estando ahí como parte de nosotros.
Si hablamos hoy de salud mental, sería interesante pensarlo como Jean Allouch, un “pasar a otra cosa”. Y como sostiene el psicoanalista mexicano Luis Ernesto Carvajal, vivir con las cicatrices siempre abiertas y en relación con otras porque son parte de la experiencia y del hilo de nuestra historia. Cicatrices que forman parte de aquello que nos mantiene inscritos en el vivir: una ética de la experiencia, una ética de la vida, una ética de la imaginación.
El mundo se rompe a pedazos, pero, por suerte, aún tenemos a las luciérnagas.
Referencias
Françoise Davoine, & Jean-Max Gaudillière. (2011). Historia y trauma: La locura de las guerras. Fondo de Cultura Económica.
Jacques Derrida. (1997). La farmacia de Platón. Fundamentos.
Jean Allouch. (1984). Letra por Letra. Traducir. Transcribir. Transliterar. Edelp
Georges Didi-Huberman. (2012). Supervivencia de las luciérnagas. Abada Editores.
Diamela Eltit, & Paz Errázuriz. (2018). El infarto del alma. Metales Pesados.
Sigmund Freud. (1992). Duelo y melancolía. En J. L. Etcheverry (Trad.), Obras completas (Vol. 14, pp. 235–255). Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1917).
Luis Ernesto Carvajal. (2022). Del dolor a la reminiscencia, el tiempo de la experiencia. En Tiempo, Acto y Sorpresa. Samsara
Byung-Chul Han. (2021). La sociedad paliativa. Herder.
Gabriela Insua. (2021). Lo indecible: Clínica psicoanalítica del trauma. Letra Viva.
Sylvia Le Poulichet. (1990). Toxicomanías y psicoanálisis: Las narcosis del deseo. Amorrortu.
Silvia Maioli. (2019). El sujeto adicto de la época. Letra Viva.
Héctor Pérez Barbosa. (2021). El tratamiento del tiempo en la clínica de los consumos problemáticos. En Abordajes psicoanalíticos a inquietudes sobre la subjetividad. Letra Viva.
Raúl Zurita. (2018). LVN. Ediciones Monte Carmelo.
Mario A. Kameniecki y Héctor Pérez Barboza. Desencuadrados: Analistas en la clínica de los consumos problemáticos. Buenos Aires: Fabulari / De la Zorra, 2022.


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