Violencia y escuela en Tabasco

Tras el ataque con arma blanca perpetrado por un alumno contra un maestro el día de ayer en el poblado C-34 de Huimanguillo, así como las respuestas institucionales ante tales incidentes —donde pareciera existir una mayor preocupación por la protección jurídica del agresor menor de edad que por la integridad del docente atacado—, es posible vislumbrar distintas aristas de las problemáticas que hoy involucra educar. De manera aún más precisa: las condiciones en que se ejerce la docencia en los márgenes, sus dificultades y las limitaciones estructurales que pueden orillar a l_s maestr_s incluso a perder el trabajo, siendo esta apenas una de las acciones menores ejercidas en su contra.

Últimamente una de las quejas constantes de l_s docentes es la siguiente: “es difícil que nos protejan, debemos cuidarnos; ahora incluso tienen más poder los alumnos que el propio maestro, cualquier acusación falsa puede perjudicarnos”. Este tipo de comentarios se ha vuelto recurrente entre distintos sectores del magisterio. A ello habría que agregar otro hecho: much_s docentes —sobre todo quienes inician su trayectoria laboral— son enviados a comunidades lejanas donde se ubican sus plazas de trabajo. Los trayectos realizados durante la madrugada, las horas de traslado, las rutas atravesadas por territorios violentos y el desgaste físico y emocional que implica desplazarse diariamente hacia ciertas zonas del estado, colocan también al docente en una situación de vulnerabilidad constante. No existe una verdadera estructura institucional que garantice su seguridad durante esos recorridos; por el contrario, pareciera que el riesgo se normaliza como parte inherente del ejercicio docente contemporáneo.

Todo ello me lleva a suponer que hoy el/la docente se encuentra reducido a formas de vulnerabilidad que recuerdan lo que Giorgio Agamben denominó “nuda vida” (1998): una existencia atravesada por dispositivos jurídicos, administrativos e institucionales que, aun cuando la inscriben dentro del orden social, la exponen constantemente al abandono, la precarización y la violencia. Sin embargo, el docente contemporáneo no se encuentra completamente fuera de la ley como el Homo Sacer agambeniano; por el contrario, permanece hiperinscrito dentro de múltiples exigencias institucionales —evaluaciones, demandas administrativas, presiones de padres de familia, directivos y alumnado— sin que ello garantice necesariamente condiciones reales de protección. Más que una expulsión absoluta del orden jurídico, pareciera existir una administración diferencial de su vulnerabilidad.

El caso de este ataque y la reacción institucional establecen una lectura problemática donde el alumno pareciera tener el control de las situaciones. Si bien la figura docente durante muchos años estuvo asociada a formas severas de enseñanza —lo cual también nos obliga a plantear preguntas incómodas respecto al incidente: ¿qué tuvo que ocurrir para que el alumno cometiera tal acto?—, ello no justifica de ninguna manera la violencia ejercida. Que algunos medios hayan señalado como detonante el hecho de “no recibir una tarea” deja todavía más abierta la pregunta sobre el exceso contemporáneo de la violencia. ¿Por qué ir directamente hacia la muerte del otro? ¿Por qué destruir al otro de espaldas?

En redes sociales rápidamente se establecieron los bandos: quienes apoyan al alumno en ese supuesto “levantamiento de armas”, quienes respaldan al docente por haber sido la víctima, y quienes desplazan la responsabilidad hacia los padres de familia. Sin embargo, habría que observar un elemento fundamental: la situación de violencia que atraviesa actualmente a Tabasco. Oficialmente se difunde la narrativa de un estado donde la violencia se encuentra en declive, pero múltiples acontecimientos recientes parecen indicar lo contrario. Tras la fragmentación de las estructuras del Cártel Jalisco Nueva Generación y las disputas territoriales con otras células criminales como “La Barredora”, diversas zonas del estado —particularmente aquellas vinculadas a circuitos extractivos como la Chontalpa, donde se encuentra Huimanguillo— han quedado atravesadas por dinámicas permanentes de violencia.

Tal como se muestra en el libro Gritos en la escuela (2025), incluso los juegos infantiles en contextos escolares comienzan a impregnarse de esta violencia semiótica: niñ_s que juegan a levantones, ejecuciones o decapitaciones como parte de sus formas cotidianas de representación del mundo. La violencia deja de aparecer únicamente como un acontecimiento externo para convertirse en parte constitutiva del tejido cultural mismo.

En este sentido, la noción de “capitalismo gore” desarrollada por Sayak Valencia (2010) permite comprender cómo la violencia deja de ser solamente un efecto colateral del capitalismo contemporáneo para transformarse en una tecnología de producción de valor, control y subjetividad. Si desde el preescolar los juegos comienzan a reproducir imaginarios vinculados al exterminio y la brutalidad, y si a ello se suma una maquinaria educativa que constantemente coloca al docente en estados de excepción —susceptible de ser removido, reemplazado o abandonado institucionalmente—, entonces la pregunta que emerge resulta inevitable: ¿qué será del maestro después?

Quizá la tarea pendiente no sea únicamente defender la escuela contemporánea, sino preguntarnos qué tipo de territorio se ha vuelto posible dentro de ella. Pensar la escuela hoy implica también pensar las formas contemporáneas de violencia que ya habitan sus pasillos.

Referencias

Giorgio Agamben (1998). Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida. Valencia: Pre-Textos.

Sayak Valencia (2010). Capitalismo gore. Barcelona: Melusina.

Achille Mbembe (2011). Necropolítica. Madrid: Melusina.

Roberto Velasquez (Comp.) (2025). Gritos en la escuela: educación, cuidados y violencias: REIME

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