Roberto René Velasquez García
Los acontecimientos de la vida tienen el carácter sorpresivo de desestabilizar aquello que se encontraba previamente organizado. Las guerras contemporáneas en Medio Oriente, comandadas por intereses extractivos, así como la violencia que atraviesa gran parte de la vida en América Latina, dan cuenta de irrupciones que quiebran el orden de lo dado. En este sentido, y en palabras de Alain Badiou, el acontecimiento es aquello que irrumpe y desborda la situación; lo que se decide es la posición del sujeto frente a él, es decir, la fidelidad con la que responde a dicha irrupción.
De manera análoga, así como las situaciones del mundo se ven atravesadas por estos quiebres, la labor clínica no puede pensarse al margen de este entramado político-subjetivo. La clínica se inscribe en un campo donde lo social, lo político y lo íntimo se entrelazan, haciendo de cada intervención una toma de posición frente a aquello que irrumpe en la vida del sujeto. En este sentido —y en el campo cada vez más creciente sobre el trabajo de los cuidados— debe problematizarse los conceptos que sostienen las prácticas clínicas psicológicas, y en un momento donde cada vez más se problematiza la vida con enfermedades y acontecimientos desagradables, de modo tal que alguien amado, devenga en un estado donde la persona debe cuidar de el/ella.
La clínica psicológica contemporánea —sobre todo aquella sustentada en la episteme de la época— ha optado por llamar a las personas que cuidan directamente a un familiar afectado por la vida —ya sea enfermedad terminal, accidente, trastornos problemáticos, consumo de sustancias, etc.— como cuidador. La palabra Cuidador proviene etimológicamente del término “cuidar” que remite al latín cogitare: al acto de pensar. Este origen sugiere que el cuidado no se limita a una acción práctica, sino que implica una ocupación constante por el otro, una forma de tenerlo presente. El cuidador aparece como aquel que sostiene al otro desde una lógica de preocupación y responsabilidad permanente. Muy similar a los planteamientos de Kuznecovienė et al. (2022), quien sostiene que el cuidador es quien asume una responsabilidad totalizante sobre la vida del otro, emergiendo de obligaciones morales, culturales y déficits institucionales. Por su parte, Rodrigues Gomes (2010) lo concibe como una figura relacional —familiar o significativa— que constituye el pilar del cuidado, articulando dimensiones técnicas, emocionales y de acompañamiento al final de la vida. El cuidado es también una dependencia, pero también implica una instrumentalidad y desgaste de la actividad.
El hecho de cuidar, de seguir con la persona afectada por la vida, conlleva un detrimento de quien cuida, la labor de la gestión de sus afectos y los cambios dados por la condición de quien cuidan, el cansancio que conlleva tal empeño, hace que este tipo de labor se inscriba como una manera de continuar difícil, una implicación que desborda los lineamientos institucionales y que conlleva una lógica temporal diferente a la delimitada por los expertos en la salud. La labor del “cuidador” implica quizá algo más allá de lo que engloba su propia palabra. No cuidan a alguien ajeno, no marcan una distancia con el otro, al contrario, se ven sumergidos en el enorme azar del acontecimiento, y también se encuentran implicados en lo que ocurra en esa relación. Muchas veces los “cuidadores” son aquellos hijos que ahora cumplen la labor hacia sus padres, muchas otras, son familiares afectados por la vida, y que ahora también afectan a la vida del sujeto que cuida; se implica, se embarra con los afectos hacia el otro, y el continuo devenir del tiempo. Se trata pues, de una implicación mayor que la del propio cuidado instrumental, se trata pues, de un acompañamiento.
El acompañar viene del latín cum panis (compartir el pan), es decir, compartir con el otro aquello que sostiene la vida en común. Acompañar implica entonces una relación que no se reduce a la intervención sobre el otro, sino a una presencia que se ofrece en la proximidad, en el tiempo compartido y en la exposición a aquello que acontece.
Siguiendo a Gabriel Pulice, el acompañamiento implica la toma de una posición ética: estar con el otro sin suplantarlo, sin reducirlo a objeto de intervención, sosteniendo su singularidad incluso en condiciones de extrema vulnerabilidad. La figura del “cuidador” resulta insuficiente para dar cuenta de la complejidad de estas relaciones. Si bien nombra una dimensión necesaria —la del sostén y la responsabilidad—, permanece anclada a una lógica funcional que tiende a organizar el vínculo en términos de necesidad, dependencia e intervención. Por el contrario, el acompañamiento introduce una apertura: no se trata únicamente de cuidar al otro, sino de habitar con él el acontecimiento que irrumpe, sin pretensión de dominio ni de resolución total.
Así, más que una sustitución terminológica, la distinción entre cuidador y acompañante implica un desplazamiento ético. Mientras el cuidado puede inscribirse en una lógica de gestión de la vida, el acompañamiento se sitúa en el terreno de lo incierto, la sorpresa y el enigma, allí donde el sujeto y quien está con él se ven igualmente atravesados por el acontecimiento. Acompañar es, en este sentido, compartir el no-saber, sostener la presencia y hacer lugar a una relación que no se agota en la función, sino que se abre como experiencia.
Referencias
Badiou, A. (1999). El ser y el acontecimiento. Buenos Aires: Manantial.
Pulice, G. (2011). Fundamentos clínicos del acompañamiento terapéutico. Buenos Aires: Letra Viva.
Kuznecovienė, J., Butkevičienė, R., Harrison, W. D., Peičius, E., Urbonas, G., & Astromskė, K. (2022). What does it mean to be the main caregiver to a terminally ill family member in Lithuania?: A qualitative study. PLOS ONE, 17(5), e0265165. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0265165
Rodrigues Gomes, A. M. (2010). El cuidador y el enfermo en el final de la vida: familia y/o persona significativa. Enfermería Global, (18), 1–9.


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