Escritura y más allá

Me gusta pensar la escritura como un arte del subsuelo, un gesto del tiempo[1] que perdura y apertura una sobrevida en el mundo. De alguna forma la materialidad de la escritura logra encontrar un cauce sobre la vida, inscribiendo nuevos sentidos en otras superficies; esto es a lo que Javier Guerrero —de la mano con el planteamiento de Catherine Malabou— denominó “plasticidad del archivo”, porque, finalmente, la escritura queda como archivo; una huella inscrita que seguirá produciendo efectos.

La escritura es un acto de inscripción, es un gesto interruptor[2] que sacude una estructura establecida para inscribir significaciones. La inscripción del sentido —producto logocéntrico, tal como había pretendido en su proyecto gramatológico Derrida[3] en deshacer y desconstruir los sentidos inscritos por el acto de la escritura a lo largo de la historia de la filosofía— encuentra su desborde en el trazo, la letra. Algo hay en esta inscripción que encuentra un desborde, un desparrame en el mismo gesto de escribir.

Hay un eco que retumba en el acto de escribir, una marea de voces que acompañan al silencio del texto, pues nunca se escribe en soledad: se escribe porque hay múltiples voces que preceden y arman una red de significantes. Se escribe porque hubo un deseo de escribir, que a su vez derivó de una cierta lectura (que no deja de ser una forma de escritura). Se escribe, porque hay un conjunto de temporalidades que se conjugan ante el silencio del propio acto. Escribir es encontrarse —nuevamente— con los muertos que quedaron en la espera de ser instaurados, convocados. De manera que lo escrito queda resonando en una plasticidad que se extenderá hasta las manos y los ojos (el cuerpo, pues) de quien continuará la sobrevida del autor cuando este continué a nombre propio. Escribir es de alguna forma, (re)vivir.

En el trabajo monstruoso de escritura de Walter Benjamin, el Libro de los Pasajes, que muchos lo nombran como la obra magna por su extensión y búsqueda intelectual, el autor logra enunciar algo sobre la tarea de la escritura del historiador; esta tiene que ver con una cita con el pasado. El presente esta invadido de temporalidades, no solo converge la linealidad cronológica, sino que también hay un tiempo del acontecimiento, mismo que se teje por esta relación del pasado, de esta historia que no deja de escribir-se. A este choque de temporalidades —que de alguna u otra forma representan una crisis— le denomina Imagen Dialéctica. La imagen dialéctica es un relámpago, algo que irrumpe, un cierto extrañamiento ante el difuso presente, una interferencia que accede y hace surcos que soli-citan una inscripción. En este orden de ideas, el escritor —interpelado por su labor fantasmagórica del tiempo— logra inscribir aquellas demandas. Dice Benjamin: “Escribir historia significa por tanto citar la historia. Pero en el concepto de citación radica que en el correspondiente objeto histórico sea arrancado de su contexto[4]”. Escribir implica citar, resu-citar aquellas voces que le preceden para encontrarse en ellas.

La escritura logra entonces encontrar una potencialidad aún después de la muerte. Escribir y el trabajo del archivo —esta escritura que se va tejiendo más allá de la acepción mecánica de la escritura alfabética— logra una sobrevivida, la plasticidad de su constitución se extiende en distintos flujos y logran burlar las ficciones de la ley que predominan en determinadas épocas. Porque vivir es una condición que va más allá del cese del cuerpo, porque:

escribir, incluso en la acepción más mecánica del término, se puede perpetrar desde el panteón, con las cenizas esparcidas con los mismos polvos del archivo. Si la escritura nunca es una empresa individual, si escribir siempre necesita de una comunidad y una máquina que involucre varias manos, volver después de morir también requiere de un cardumen entero de dedos dispuestos a acariciar y despertar aquello que en algunos casos tuvo que esperar muchos años para el nuevo aparecer. Se trata, pues, del renacimiento posible…[5]

La autoría en su gesto, implica también una forma de uso de los dispositivos, tal como había pensado Agamben[6] en su ensayo comentando la función del autor en Foucault. Es en esta forma de uso de los dispositivos escriturales—un cierto uso que moviliza la vida del autor con el texto, de manera que obra y vida se (con)funden—, que la vida se enlaza en el nombre. Más allá de la demanda de la forma y el régimen del autor que es lo que corona la industria de la distribución cultural, el nombre aquí tiene que ver con el estilo; el autor es quien hace inscripción de cierta manera, con una singularidad en su uso, un cierto compromiso con el texto. Similar a lo que Simone Weil[7] escribe en relación al arriesgarse a la escritura, que no es otra manera que el hecho de escribir es “un grado de despojamiento, de desnudez y de fuerza de penetración”, y que acordona un cierto sufrimiento, pues “mientras no se consiga la desnudez de la expresión, el pensamiento no habrá alcanzado, ni se habrá aproximado a la verdadera grandeza”.

Grandeza que tendría que ver con esta fusión de vida y obra: una escritura encarnada en un estilo, una forma de relación con el texto que perdura y que prevalece más allá del cuerpo escribiente. No se trata únicamente de lo que permanece, sino de aquello que insiste, que vuelve a activarse en cada lectura, en cada mano que toca el archivo de la escritura.

Escribir es dejar una marca que no se agota en su tiempo, una huella que, aun desprendida del cuerpo que la produjo, continúa solicitando nuevas encarnaciones. Quizá por eso la escritura no pertenece del todo a quien la firma, sino a ese “entre” donde vida, muerte y lenguaje se entrelazan: una zona donde algo sobrevive, como resto que insiste.


[1] Kathryn Yusoff, Un gesto del tiempo. Construcciones sobre la escritura (México: gris tormenta, 2024)

[2] Vilém Flusser, Los gestos: fenomenología y comunicación (Barcelona: Herder Editorial, 1994).

[3] Jacques Derrida, De la gramatología (México: Siglo XXI Editores, 2003).

[4] Walter Benjamin, Libro de los pasajes, ed. de Rolf Tiedemann (Madrid: Ediciones Akal, 2005), 478.

[5] Javier Guerrero. Escribir después de morir. El archivo y el más allá (Chile: Ediciones Metales Pesados).

[6] Giorgio Agamben, “El autor como gesto”, en Profanaciones (Barcelona: Anagrama, 2005).

[7] Simone Weil, “Carta a Gustave Thibon”, en La agonía de una civilización (Madrid: Editorial Trotta, 2022).

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