(Po)ética del aullido: entre la nuda vida y la llama.

Un comentario al poema de Roberto Velazquez Pacheco

El pequeño mono me mira, quisiera decirme algo que se le olvida.

José Juan Tablada

Aullidos, eso vengo a leerles, aullidos.

La poesía emerge en el impasse entre el sentido —esa característica teológica humana que busca explicar lo irrepresentable— y lo natural, esa otredad ajena, real y amenazante para los ojos del hombre. El ser humano, ser transcultural —como sugiere Bolívar Echeverría—, habita en un “entre”, y su travesía por la vida es una demora constante entre sus ideas y sus carencias.

El poema de Roberto Velázquez Pacheco transita precisamente por ese umbral: una voz poética que deja constancia de una “ruta vegetal con tonos demenciales”, observadora doliente de la barbarie que dejan los proyectos extractivistas. Es una voz testimonial del poeta que, como sugiere T. S. Eliot, le habla a un otro: ese interlocutor que vuelve posible la denuncia. Pero en el poema resuena también otra voz, la de los saraguatos —esa ruta disruptiva de las voces no humanas— que irrumpe para dar testimonio de aquellos que carecen de una gramática propia con la cual expresarse. El texto se sitúa en ese “entre” humano, en la voz gramatical logocéntrica que atraviesa a todo sujeto, pero que aquí se deja invadir y desbordar por lo natural: la voz del mono —sus aullidos— traducidos por la sensibilidad del poeta.

Los ideales de un humanismo finalmente cimentaron los marcos de la guerra y redujeron la posibilidad del duelo a una mera imagen. Desde allí, quedaron fuera del marco aquellas vidas que no son contempladas por ese significante de muerte: la otredad. Aquello que Agamben teoriza como nuda vida —existencias que no encajan bajo la imagen antropocéntrica del hombre— es expulsado del campo de lo representable. Así, quienes no se inscriben en esos márgenes son convertidos en una marea irrepresentable, en aquello a lo que se teme porque no puede ser integrado ni llorado.

Si el gesto de ternura de los monos nos conmueve —si vemos su asombro ante un truco de magia, su reacción de sorpresa frente a la broma—, me pregunto: ¿qué siente una madre al ver caer a su cría en el fuego del progreso? ¿Cómo traducimos el dolor del mono como algo propio, como una herida compartida?

Ya Nietzsche decía que el hombre —en su ego— creó a Dios a su imagen y semejanza. Propongo invertir el aforismo: el hombre alejó al mono por su cercanía, por miedo a reconocerse en su mirada. La figura del mono nos devuelve a nosotros mismos: en sus gritos, en los actos fallidos de nuestra lengua, en los cantos, los ritmos, el balbuceo. Nos recuerda, en suma, la incómoda verdad de que no siempre fuimos seres hablantes y que, en definitiva, no somos seres racionales: somos lengua y ritmo.

A lo largo del texto, Roberto traza un pasaje singular: la voz del poeta doliente se ve sumergida por la voz de los saraguatos, como gesto traductivo del dolor y la reminiscencia. No hace mucho, dos reservas de monos saraguatos fueron quemadas, aparentemente sin razón. Entre la quema clandestina y la quema de la promesa de sustento, siempre subyace el mismo gesto necropolítico.

Tal como comenta el poeta:

“En su interior habita un enjambre de avispas agresivas que, en su despliegue, teje la desolación. Lleno de desgracia, maldito entre todos los seres, maldito el fruto que brota en su interior.”

La quema, la explotación de lo natural, el disfraz bajo el ideal fallido de la modernidad. Entre tantos edificios y casas en condiciones de vivienda funesta, vivir de esta forma —dice Velázquez— es “como la soga que se aplican al cuello para destruirse entre ellos… a esa reclusión le nombraron parque ecológico del saraguato.”

No somos ajenos a esta denuncia, ni tampoco a la vida natural. El humano no es un ser racional: es un animal de la cultura, sometido a los ideales que su época inscribe y tatúa como huella imborrable, hasta temer incluso del otro. Descartes decía: pienso, luego existo; pero la praxis moderna, con los genocidios de Gaza, Darfur y Rohingya, parece haber inscrito otra máxima: te destruyo —en tanto diferente—, luego existo. Ante la barbarie extractivista que devora el gesto natural, ante la muerte de ecosistemas y de especies que lentamente desaparecen de la escena, ante la quema, el fuego, la mutilación y la desaparición de la otredad, ¿qué puede escribirse?

Puede escribirse la vida como reminiscencia, como dolor que subyace, como el ser doliente que todos somos —incluidos aquellos que no hablan propiamente—, porque escribir aquí es escribir siempre de otra manera. La escritura hace temblar incluso a la razón misma; por eso, los sistemas de pensamiento se han subvertido en el propio acto escritural. La escritura es un relámpago que alumbra las noches más oscuras; es —como sugiere Agamben— entintar la pluma en las tinieblas del presente.

Y el poema de Roberto Velázquez Pacheco porta el gesto de esa escritura doliente: aquella que arropa las memorias de quienes no pudieron formular la noche; una poética de la infancia que busca capturar luciérnagas en la noche de la muerte.