Roberto Velasquez
1
El lenguaje se haya amenazado en su propia vida, desamparado por no tener ya límites, bordes claros, se ve desplazado por el significado infinito que parecía excederlo. Todo lo que se había planteado desde hace veinte siglos sobre el lenguaje, se ve desplazado por el nombre de escritura, como si esta resumiera una parte de la tradición y a su vez la desbordara. El concepto de escritura empieza a inundar al del lenguaje, aparenta posicionarse como “el significante del significante” borrando su origen y dando continuidad al entramado de la red significante, es decir, a la red que constituye todo el lenguaje. Sin embargo, la escritura no supone una presencia anterior o suprema que a la del lenguaje, mas bien -plantea Derrida- se deja ver dentro de una extraña luz, la secundariedad que supone la escritura como suplemento de la voz, como “significante del significante”, atribuye una (pr)esencia anterior. El Significante (mayúscula) como presencia absoluta, certeza indiscutible, entra en el juego de la escritura, pues esta problematiza la esencia logocentríca.
En este orden de ideas, la escritura afecta todo el significado, que de inicio éste siempre ha operado como un significante, una presencia que nunca tuvo una esencia. El significado entra dentro del mismo juego del lenguaje, “la escritura es el advenimiento del juego” -sostiene Derrida-, arrastra consigo todos los significados tranquilizadores, los hace ver que dentro de estos no hay más que un conjunto de relaciones sin esencia. No obstante, la tradición occidental ha pensado la escritura como un suplemento del habla, es decir, la letra “encarnada” en la materialidad de la voz, el sonido que nace del aliento y puesto al servicio de un sistema fonético encriptado en una serie trazos que lo agruparían a un signo, es decir, a la palabra, disfraz que hace que la voz sea primero antes que la palabra escrita. Afirmación incluso sostenida por el poeta José Gorostiza, si bien no retoma el pensamiento de Derrida, deja entre ver esta relación de voz y palabra, aliento y poesía, pues -según el- “así como Venus nació de la espuma, la poesía nació de la voz”.
El sistema de oírse-hablar a través de la sustancia fónica (significante no exterior) ha dominado la historia del mundo, también produjo la idea de mundo, el origen del mundo -sostiene Derrida- plantearía la inscripción de una dualidad, lo no-mundano y lo mundano, el afuera y el adentro, la idealidad y la no-idealidad, etc. De esta manera la escritura pasa ser pensada como un soporte de la voz, una técnica que permitiría la traducción (imposible) de la voz a la letra, afirmando así su secundariedad, el soporte de un habla originaria. Esta visión de la escritura como técnica que se asocia a una metafísica logocéntrica, se sostiene cerca de tres milenios, pero junto a los movimientos masificados de la producción escrita, el incremento de libros y de sitios donde reinan los mismos: las bibliotecas, instituciones que anuncian la llegada de la muerte de un tipo de habla. Es necesario pensar desde donde se inscribe el soporte de la escritura y el lenguaje, pues las maneras de definirlos serán las maneras de relacionarnos con estos conceptos. La situación de la escritura y la muerte del habla, es signo de lo que el autor planteara como “la nueva situación del habla”.
La escritura según Derrida, ya no solo será contenedora de los “sentidos” que se adscribían al concepto de lenguaje, tales como pensamiento, reflexión, conciencia, etc.. sino también representará un más allá, la escritura es “no solo los gestos físicos de inscripción literal, pictográfica o ideográfica, sino también de la totalidad que la hace posible” es decir, “todo aquello que pueda dar lugar a una inscripción”. Una pintura es escritura, un performance es escritura, la música, la fotografía, cualquier cosa que permita una inscripción[1].
2
La verdad supone determinaciones metafísicas mas o menos inseparables del logos, es decir del Sentido (en general, en cualquier posición; verdad, evidencia, razón, etc) la voz -bajo esta tradición occidental- ha estado en un vinculo directo con el logos, la voz como productora de los primeros símbolos, su relación principal con el alma, aquella más cercana al logos, determinaría un enlace a esta determinación universal inquebrantable. Para pensar un poco en los efectos que tiene la voz y la verdad, se me ocurrió el ritual Kurdaitcha de los pueblos aborígenes australianos, Cuando alguien rompía un tabú grave, podía ser víctima de un “bone pointing” (apuntar con el hueso). Un anciano o hechicero señalaba al acusado con un hueso consagrado y decía palabras rituales. El acusado, convencido de que estaba maldito, muchas veces enfermaba o moría al poco tiempo. El señalar y apuntar directamente con el hueso estaba acompañado de un Signo de muerte, se había roto un tabú, un acuerdo, una forma de sentido que ahora el cuerpo debía pagar, porque el cuerpo es un entramado de significaciones; la ruptura de una forma de verdad conlleva también una violencia simbólica, el signo mata.

El fonocentrismo y el logocentrismo, a lo que Derrida piensa como proximidad absoluta “de la voz y del ser, de la voz y del sentido del ser, de la voz y de la idealidad del sentido” constituiría las formas de la verdad atribuidas a una presencia. Así la época del logos rebaja a la escritura pensada como un suplemento del suplemento, o como dice Derrida “mediación de mediación y caída en la exterioridad del sentido”. Justo en esta época (onto-teológica) es que se inscriben las teorías de la diferencia entre el significante y el significado, un afuera y adentro, de manera que insiste en la unión y aprensión de una presencia: el signo.
El Signo consistiría la re-presentación de una presencia anterior, “el signo y la divinidad tiene el mismo lugar y el mismo momento de nacimiento”, el conocimiento y la ciencia está atravesado por el pensamiento del signo ¿Qué acaso la búsqueda de la evidencia científica no es reafirmar la existencia de la presencia?
Pienso que el trabajo de la escritura que nos propone Derrida es pensar la escritura más allá de esta tradición onto-teológica, cuyo legado y forma de acción sigue dejando raíces en las sociedades modernas que también atraviesan un desvanecimiento de los signos y los tabús, ¿Qué lectura supone el mundo hoy? ¿Qué escritura supone este momento histórico con el resurgimiento violento de viejos ideales-signos? Como la raza, el destierro, y la brutalidad totalitaria que es un “signo” distintivo de esta modernidad. En este sentido la escritura no supone la búsqueda de una imagen- presencia originaria sino de su huella, el rastro que deja esto no implica una añoranza sino un posicionamiento ético, implica hacer diferencia ante esta tradición, no abandonándola sino habitándola de otra forma.
¿Qué escritura puede hacerse de los restos? De esta manera, la Desconstrucción que propone Derrida, más que un método de indagación, sería una lectura-otra, entre líneas, una lectura diferente.
[1] ¿Qué inscripción supone la muerte? La extrema violencia también escribe, pero su escritura es violenta y maquínica, ¿Cómo se escribe (en) la violencia?

