El enviado

¡Y los gritos de rabia seguían! Rondaba la una de la tarde cuando el sol abrazaba los cuerpos con la primavera naciente. Un sujeto identificado como Sergio subió a lo alto de un cartel en el puente de Tierra Colorada, en cuestión de varios minutos fue rodeado de policías y civiles esperando el deceso. Sergio debía unir la vida con el asfalto –pensaron- y la espera empezó a pesarles en los ánimos.

Los minutos pasaban y la gente atada a las cadenas de lo cotidiano lanzaban rabiosos ladridos de enojo: ¡Ya tírate jijoelaverga! ¡Si vas a lanzarte hazlo verga! Los policías igual se unieron a la ayuda ciudadana, con estrategias altamente elocuentes y su tono empático lo arropaban de palabras: ¡Bájate verga!, decían. Y Sergio parecía no escucharles. Un murmullo le pensaba en la boca, lengua silente hondureña que lograba articular apenas sonidos existentes para la indiferencia de los otros. Se tiene que lanzar – pensaron- la altura siempre es para la muerte.

Una hora había transcurrido y Sergio seguía en lo alto. Algunos ponían sus comentarios ecuánimes en Facebook para acompañar: ¡Solo quiere llamar la atención! –decían- ¡Si deseara matarse ya lo hubiera hecho!

Algo hay de razón en el tiempo. Pero ¿No acaso todos pensamos en la muerte? ¿Acaso la vida no es una parvada de instantes para luego morir? ¿Qué es desear la muerte? La pregunta puede llevar a una ausencia de algo, a una ausencia, a un instante que transcurre ante la duda. Sergio lo sabía, todos parecían morir de rabia, y Sergio seguía murmurando.

¡Ya dispárenle al pendejo! Exclamó un joven tatuado a los policías que vigilaban a Sergio. Sus tatuajes de calavera y sus ácidos ojos pudieron reflejar el más tierno amor por la muerte, la propuesta del metal como una respuesta ante el enigma de la caída (o no) de Sergio, mostraba que solo habla en la lengua de la rabia, aquella que mutila cuerpos injustamente de inocentes, aquella que dispara por órdenes mercadas de otros que son sus jefes, a lado de otros como él que nacieron y mamaron de la misma lengua de rabia metálica. ¡Ya métanle un balazo a la verga! –Decían-y Sergio contemplaba fijamente el vacío de los cielos, como mostrando la semejanza del aire con nuestras lenguas, eso les mostró; su propia lengua.

Pasaban las dos horas y las redes sociales bombardeaban con mensajes: ¡Tengo que trabajar y esta es la única hora que tengo para comer, no como este pinche muerto de hambre! –decían- ¡Se mata porque no quiere trabajar el puto huevón! Sergio posado como águila en reposo, mirando a una presa inexistente más que en sus murmullos, pero con una delicadeza atenta a los cielos y sus abismos, era testigo de la indiferencia de las economías, de la ignominia y las diferencias de clase que habitan esta sociedad Tabasqueña apresurada a sus propias caídas financieras. ¡Que ya se tiré, tengo que trabajar! –Decían- Y Sergio les mostró su propia caída ante las garras de un sistema que segrega a las clases trabajadoras de las que no, mostró la semejanza de su vida con el recipiente vacío de los salarios que apenas alcanza para continuar los días, de su impotencia y rabia por la caída en la que ellos mismos estaban sumergidos.

Le reclamaban el trabajo y la flojera a un migrante hondureño, que quizá le toco vivir el despojo de la Mara en su pueblo, de los oligarcas que habitan en la lejana Honduras. Sergio sigue murmurando en lo alto como águila en espera del cielo, como el instante que captura el vacío de los demás. Sergio les mostró que también se pausa un sistema desde lo alto del silencio. Ese fue su regalo.

Pasaron tres horas y no tardaron en llegar los mensajes divinos. ¡Es el maligno quien se apoderó! – Gritaban- ¡Él es quien lo tiene sumergido en su idiotez, que ya se tiré! Decían las señoras religiosas limpiando la sangre de sus colmillos, aquellas devotas de la culpa, es decir, las que se sumergen en la palabra de Otro para sanarse y morir de a poco en la abstinencia de su propio deseo mortífero. Gritaban desde el infierno del asfalto, con cientos de demonios gritando y viendo desde todas partes ¡Que ya se tiré y arda en el inferno! –gritaban unos desde su propio infierno-

¡Que se salve! Gritaban otros desde otro lugar del asfalto, otros que se preocupaban por los latigazos de fuego que son las palabras de estos demonios cotidianos (y religiosos). Otros que le arropaban de fe por su salvación. Sergio seguía viendo la profundidad del cielo con su vida, con la atención del águila y con la fe de un ángel con el vuelo.

Un mundo se divide a sus pies entre creyentes y no creyentes de él, un mundo se rehace en las entrañas del odio y del miedo. Esto les mostró Sergio.

No cualquiera soporta cuatro horas en las alturas, ante el fuego de un mundo en cenizas de asfalto. No cualquiera soporta los latigazos de las palabras. Sergio seguía viendo con tierna atención al cielo; la gente seguía enfurecida, y otras preocupadas. El hecho de estar en lo alto posiciona a la caída, ¿Por qué no al vuelo?

¡Que ya se tire! – Decían por todas partes- ¡Que emprenda su vuelo!

Un sujeto sube y perturba el silencio divino de Sergio, lo toma del brazo, lo agarra y lo reprende ¡Al fin lo salvaron! –Gritaban unos- ¡Ya era hora! – murmuraban otros. Sergio fue llevado al juicio último que pertenece a la razón fabricada por los mimos humanos, la reconocida por los fieles creyentes de una epistemología agonizante, es decir, en la medicina. Sergio y su silencio fueron acallados con presuntas investigaciones delictivas, el único camino que logra hacer un Estado agonizante y xenófobo.

¡Está mal de la cabeza! –replicaban- ¡Se metió alguna sustancia!

Sergio despojado de su altura regresa y le es obligado a escupir un testimonio, ¿Quién era él? ¿Por qué lo hizo? –le preguntaban-.

-Soy el enviado de Dios.

A días de semana santa el enviado llegó con el mensaje que la mayoría rechazó a latigazos, lo colgó en su propia muerte con la caída del puente, lo crucificaron en el asfalto. Alabaron el acto violento del “rescatista” y nadie entendió el mensaje. Nadie comprendió el espejo que les mostró su silencio y lo reprendieron desde profundas palabras de odio que emergieron de cada uno, un odio a su imagen y semejanza.

Nadie creyó en el dolor de Sergio, mucho menos en su deber. Nadie creyó en la altura que había tomado y su atención ardua por horas a…

¿Qué había en el cielo que tanta atención y deber había ocupado a Sergio?

2 respuestas a “El enviado”

  1. ¡Wow! Fulminante y desgarrador, me parece que es una aberración ante las injusticias existentes en el país. Definitivamente los actos e investigaciones desfiguradas ante la violencia y el poder.

    Escribir y pensar la poesía y el psicoanálisis. 👌🏻🕵🏻‍♀️

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