Una foto es siempre invisible: no es ella a quien vemos. Roland Barthes.
A veces te soñaba como volando, en el respiro que te hundía la mirada lentamente, la noche te pesaba cada día más y eran tus pasos lentos los que llegaban a tocarme en el desvelo. A veces creía que ya no te vería conmigo, como imagen nebulosa que logra lamerme la espalda, la mano, o la cara. A veces te pensaba eterna, porque asi llegaste a mí, aún con tu miedo por las siluetas que recordaban tus ojos y no lograbas entender que mi mano era una caricia. Recuerdo el día que fuimos por ti, siendo joven crecí con tu figura, recuerdo también que platiqué contigo en el carro de mi padre, para conocerte sin si quiera decir una palabra, y solo los ojos eran la forma silente de comunicarnos.
Recordé como veías la noche en tu primera estancia, guardabas tus ladridos en la oscuridad y espantabas a cualquiera que pasara o incluso a los perros náufragos de su deterioro. A veces miraba un siglo en ti, y te veía como hermana, como amiga, nunca fuiste una mascota; recorrimos el paso frio de los años como en espera de que algún día a la muerte se le olvidara el tiempo. A veces cargaba con el miedo de no verte respirar más y que algo se abriera en el viejo vacío.
Recuerdo el día que salíamos a caminar, me cansaba que todo lo olfateabas, que torpe fui por cansarme, esa era tu manera de relacionarte con el mundo, con los olores que este desprendía, yo nunca pude entender tu afán olfatezco de las esencias de las cosas, vivía embriagado con mi lenguaje pobre e ignorante de “ser razonable” y no sabía de tus razones para ver-oler las cosas de otra manera.
¿Recuerdas? La ves que te enfermaste y tus patitas –con las que brincabas los muros y portones haciendo enojar a los albañiles por su desesperación en frenarte- fueron las que se detuvieron. Dejaste de caminar por un tiempo, no te podías mover ni si quiera para hacer tus necesidades. Mis tíos y alguno que otros de mis familiares me decían que ya la muerte te respiraba, pero tus ojos, esa nuestra extraña forma de comunicarnos, me decían otra cosa, aún los pasos dormidos podían levantarse. Así fue… caminaste. Perdiste tu enorme agilidad y continuaste caminando con más prudencia. Tus pasos dejaron de ser agiles por un poco más de sabiduría (Eso es lo curioso querida amiga, la sabiduría que yo conozco nunca la he aprendido de los humanos, si no de los perros, para mí son mucho más astutos, leales, cordiales, amistosos, sabios y fieles que lo que un humano llegará a ser; eso me lo demostraste con tu paso nítido en las noches).
Asi los años se hicieron cómplices de nuestros ojos, como el encuentro que acordona un tiempo que tan solo existe entre ambos, y la luna (tu primer nombre) queda en el cielo, como en el cielo y en la noche, como en la noche y en el recuerdo. La luna que veía en Puebla, cuando tuve que dejarte por algunos años, era la que me ataba a ti, tu fotografía y, sobre todo, los sueños. Esa extraña forma de vernos a los ojos sin que estuviéramos presentes. Cuando regresaba por unos días a Villahermosa, era la emoción de verte a ti, de acariciarte, hacer una carne asada y darte un poco de picaña que tanto te gustaba, era dormir y verte, era despertar y verte, era correr y verte; esa extraña forma de comunicarnos.

El tiempo zarpa en lo mismo, con su jauría de noches y cielos que rompen nuestros esquemas, inventamos al reloj por no agobiarnos con su paso, incierto, roto, perforante; eso nos perforó para siempre, a todos y a mí, a nuestra manera de vernos.
Tus pasos eran más lentos, tu respiración tenía una belleza imperfecta e inconstante, dormías todas las noches, a veces ladrabas recordando tu pasado de guardia nocturna, pero preferías el sueño; no sé qué soñabas Chela, no sé qué veías, movías tus patitas (aquellas que tanta carga te dieron) como corriendo. A lo mejor corrías entre la marea del tiempo para ver los recuerdos que aún te habitaban, quiza viste nuevamente a Nina o Corry, las que se te adelantaron, quizá volvías a jugar con nosotros, porque tu paso prudente se agotaba.

Te vi en la jaula, esperando que te sintieras mejor, te vi fría y vacía, te vi lejana sin que habitará en ti ese destello de alegría que te caracterizaba, te vi desatenta, te vi con los años riendo en tus espaldas, te vi sabia porque habías echo frente a tanto, te vi en este intento de primavera, te vi en tus pequeños puntos de lucidez ante mi voz y tu extendías tu pata (siempre amé ese gesto de que alzaras la patita, no sé si era saludo, no sé si condicionamiento como creen estúpidamente los conductistas, no sé si era tu señal para decir “Te reconozco”, o qué era eso que decías, qué signo evocabas con tu patita; prueba fehaciente de que la lengua y el sentido es una cuestión de gestos). Te veía cargando los años, te veía lejana, te veía apunto de zarpar a la noche, te veía respirar en tu belleza solitaria; pero tú ya no me veías.
Sentí como tu vida se desvanecía frente a mí, en mis manos los años que nos unían, el tiempo que acordonamos como nuestro, y tu mirada nuevamente hacia la mía, despidiéndose. Esa fue nuestra extraña forma de comunicarnos, nuestra manera de amarnos y ser amigos.
Nunca fuiste una mascota, Chela, siempre serás de la familia.



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