Una mirada a modo por la escritura de Cabrera Jasso.
Se abrirá el aire espeso
Y mi rostro será oscuro,
Negro como el viento que no vuelve.
C. Cabrera-Jasso
La vida es un acontecer, una temporalidad donde habita la persona con la cualidad de verterla en significaciones distintas en cada periodo de su experiencia. La vida que hoy nos convoca, es la de un Poeta Tabasqueño cuya obra ha transcendido en la tradición Tabasqueña y mexicana de la poesía. Se trata de Ciprián Cabrera Jasso.
Ciprián, nace un 2 de Julio en 1950 en un poblado ubicado a 160 km de la capital de Tabasco; Emiliano Zapata. Graduado de la carrera en Psicología en la UNAM y Literatura Inglesa en la universidad de Michigan. En vida tuvo una gran producción de ensayos y novelas, su más destacada escritura fue en el terreno de la poesía, publicando alrededor de 15 libros, algunos de sus títulos son: Trilogía de sombras (1985), Quinteto de cámara (1986), Nadie detendrá el viaje (1986), Kasandra (1988), Diario de muertos (1989), La ventisca (1990), Poema en busca de luz (1991), Las devastaciones del barbasco (1991), Los enebros (1993), Los dones del insomnio (2004) y Obra poética tomos I, II y III; Los rostros del viento (2007), Desde San Juan Bautista (2008) Con el reflejo del agua en tu rostro (2011), entre otros.
Para hablar de Ciprián, debemos remitirnos a la imagen de la infancia, donde en un momento llegó a nosotros, a los niños, a enseñarnos de la escritura poética, a nosotros los tabasqueños infantes de tan solo 9 años, que fuimos los dormidos, por vivir ensimismados en los dispositivos electrónicos (según Ciprián) y no soltarnos a la vida, a los brazos de esa extraña. En algunos quedó la semilla de escribir, en mí, quedó el destello de la estrella que leí frente a todos, como parte de esa actividad, pero que apenas iniciaba mi poesía y de la cual, te agradezco profundamente; por ser el primer encuentro con la rareza de la lengua. Para hablar de Ciprián debemos partir de lo impartible, del no-lugar de la enunciación en la muerte, como la promesa de un sueño eterno. Es en el sueño la posibilidad de decir algo, maravillarse en el mundo subjetivo que ocupan las imágenes dentro del sueño, el desfile de escenas a modo, cumpliendo un Deseo.

Ópticas y Develamientos.
El sujeto humano nace prematuro, eso lo coloca en disposición de un otro, dotándolo de significaciones y nombres, es constituido en una red de significantes que inscriben su historia-cuerpo desde otro lugar, en lo ajeno del cuerpo, en la metáfora del espejo donde habitamos, un lugar externo de donde somos. La experiencia de la “identidad” lo idéntico a sí, es en el reconocimiento de la imagen fuera del cuerpo y un lazo que las “aglutina”, ese lazo es el nombre. Estos momentos míticos de los cuales no tenemos indicios más que una vaga imaginación vestida de memoria, escasos recuerdos de una lengua primigenia, con las que marcan pequeños fragmentos en la historia, un pasado difuso enigmático y un presente constituido de forma ficcional, el pasado no deja de dictar, no deja de insistir, en tanto que el presente lleva la huella de lo acontecido.
Aún recuerdo la voz
Entre el gemido escabroso
Del llanto
Y un mar que se extiende indolente…
Y era cierto, Dios mío,
Al levantar el rostro
Cubierto de neblina,
Vi el suyo
Y una brisa breve,
Como la vida misma,
Despejó el horizonte:
En ese viaje de espumas
Que se deslizaban y morían en silencio[1].
Los hechos que marcan la historia del sujeto constituyen una particularidad de su vida, lo tejen en un entramado discursivo que le dota de sentidos a cada acontecer que pueda ocurrir en esta temporalidad. No obstante, hay “hechos” que dejan una huella y reaparecen, una marca que ata al sujeto a su destino inevitable; la muerte. Desde el pensamiento de Freud se ha trazado el indescifrable hilo que conduce al sujeto a esta “entidad”, esta pulsión ubicada en lo más remoto de la historia del sujeto, la lógica de una marca mítica que anuncia repetirse incesantemente. “El recuerdo que dejaron en uno y esta otra imagen, la nuestra, que como la de ellos, sucumbe sin remedio[2]”.
La luz que oculta las estrellas se evapora, y yo soy ese fantasma que atrapa el viento con las manos. Todo retorna a su elemento, dicen que todo retorna a su primera esencia, y este polvo y cuyo rostro sopló Dios hálito de vida, se ha levantado con el corazón anegado de tanta sangre[3]…
En lo ominoso Freud[4], al recabar la historia de aquella extrañeza familiar que se produce al contacto de lo doble, es decir, de aquella cosa que esta “superada” pero entra nuevamente en escena, entre la fantasía y la realidad, hace su aparición la imagen (des)conocida, ya sea en sueños, actos o escritos. La com-pulsión de la repetición y su tinte demoniaco. Eso que insiste y re aparece, toma al sujeto en una experiencia interminable, la rememoración de la pérdida y la imposibilidad de sutura.
Años antes, en Duelo y Melancolía[5], Freud vislumbraba una instancia crítica escindida del Yo, tras la pérdida de un objeto (ideal) amado, haciendo de este, un suplicio y en su propio cuerpo, sensación de enfermedad, la culpa encarnada al cuerpo alienado a una imagen externa. Este “trabajo” que se lleva a cabo en el sujeto, operación dolorosa que termina en diferentes caminos, uno de ello es el de la inscripción; la escritura.
[6]Espero ver la luz del día
Para recordar el insomnio
De los seres que viven en mis sueños
Y a las ciudades, mares y desiertos que habitan
Mi insólito universo.
La inscripción y la escritura de los poetas dan una estética muy particular de lo que insiste. En el caso particular de la obra de Ciprián, demarca lugares difusos de su vida, imposibilidades que nos podemos traducir desde nuestras referencias, instancias que recurren en el auxilio del enigma innombrable, inexistente empíricamente.
El tejido de las letras designa instancias que las vuelven proclives a no ser nada. La enorme relación de las cosas, hace de estas su propia desaparición en el intento de “capturar” lo externo, lo objetivo. El envejecimiento de las palabras, a manera de una convención social, hace que el brillo de estas se sepulte en la memoria de cada uno, de forma que estos recipientes se utilicen en la manera adecuada, en la estructura certera para hacer de una “coherencia” de la red, una forma muy general de enunciación. Esta idea que plantea Deligny[7], “la red como modo de ser” (de)muestra el azar con lo que aparecemos nuevamente, no hay algo que surja por el brillo de la espontaneidad, ni de un azar puro; el tejido nos precede, así como la lengua que nos teje.
El texto, la letra que nos constituye y demarca la estructura misma del lenguaje, el sujeto en tanto subjetividad impuesta por la misma red, hace de este, un nuevo entramado discursivo que lo coloca en los márgenes decididos e indecidibles, su voluntad es tan solo una ficción de la red que hace creer la propia idea de hacer algo por nuestra cuenta. Nada más alejado, en el tejido somos tejidos, en la lengua somos hablados desde el Otro y la prematurez ante lo simbólico, lo que coloca su gozo y deseo en aquello que se vierte de la decisión, nuestro nombre es una parte del goce de otro. El nombre que nos coloca y disloca en la imagen externa del cuerpo.
Es en esto, donde podemos ubicar la función desgarradora del arte, en su posibilidad de marcar una ruptura momentánea de la red, una experiencia de muerte en la escritura.
[8]Que se abra de una vez por todas la furia de la tormenta y forme espasmos de luz en estas latitudes. Que el rayo desflore la capa de los cráneos y escapen las pesadillas. Que se hagan visibles los muertos y escuchen la voz del mar en las escolleras…
Vacío sueño siendo sombra
El desgarre viene en romper lo cotidiano con un acto, momento de la temporalidad hegemónica, de ahí que la poesía no métrica, posiciona un lugar ético, el de la enunciación de un saber que apunta a un más allá de los otros, del sentido y la verdad. Una experiencia de emergencia de la imagen añorada imposible; la ensoñación en vida.
Ciprián en varios momentos de su obra, revela una preocupación que acontece en el humano, como lo es la muerte, lo (i)real de lo onírico y el agua que tanto nos rodea (en el caso particular de Tabasco, ciudad de ríos), metáfora del desborde y ahogamiento:
[9]Como vacío sin ser vacío,
Como esa bruma
Que cae en la calle,
Sin haber bruma en la calle,
Como esta sombra
Que pasa por el sueño
Siendo sombra y sueño
Como los ojos que tratan de ver
y están muertos.
En la muerte y lo ensombrecido de su presencia, lo vacío que muestra su capacidad de retorno:
[10]Me fascina esta ilusión de la vida, mamá, este juego
creado por Dios
para que juguemos al abandono,
al desamor,
al sufrimiento,
al crimen,
al suicidio,
al robo,
a la traición,
al desamparo,
al rico y al pobre,
al blanco y al negro,
al bueno y al malo,
al morir y al regresar de nuevo.
El regreso de la imagen hace del sujeto una cuestión indescifrable, tratándose de plasmar en lo escrito. Los trazos poéticos de Ciprián marcan un lugar añorado, los lectores añoramos ese lugar que no aconteció, a la persona que nunca fue, añoramos la relación de completud que nunca tuvo lugar, más que en lo posible de una imagen ensoñada.
[11]que somos todos los que habitamos estos linderos
de las densidades de los muertos en vida,
de las multitudes sonámbulas que nunca despiertan
en la mañanas,
de los que creen que vivir es acumular lo pasajero,
lo efímero, lo que nadie es nadie, lo que sólo se nos
presta.
En el rebús de la pregunta, lo indescifrable del acontecimiento, lo añorado de ese estado de prematurez. El infans, como esta lengua olvidada de la infancia, que no deja de tener efecto en el humano, aquello que insiste[12], en la sonoridad de la lengua olvidada, el recuerdo de un enigma petrificante donde el sueño muestra la imagen irreal, pero el borde también, silencios que ocupan las letras ante lo imposible insistente. Dirá Lacan[13], “todo acceso al objeto es una dialéctica del retorno”. La escritura Poética de Ciprián ante lo indescifrable de aquello que fue (y quizá no tuvo lugar) es el mismo lugar de su escritura y de-esición[14], la a-dicción del deseo de Ciprián.
Un Ultimo sueño
El día 11 de marzo del 2012, a sus 61 años de edad, fue hallado muerto en su residencia en Villahermosa Tabasco, se encontró el cuerpo del Poeta. A 160 km de Emiliano Zapata, a tan solo unos dos meses de los 62 años, a un paso de lo onírico y la muerte, en medio de la tierra de los ríos, del “Usumacinta que nos albergó”
Que caída más rotunda sufre la esperanza. Lo cotidiano acecha, ataca, hiere, bajo los escalones con la miseria humana: hasta tocar el fondo insondable del abismo. Que se incorpore de una vez por todas este ser y absorba de su corazón la sangre y la escupa como pacto de amor con todos los rostros[15]…
Quizá sean los cristales que arroparon un viraje de aguas por el sueño, quizá el agua fue liza y tierna por el cuello arropado de letras que le colma la boca, aquellas palabras que no fueron pronunciadas ni suficientes, quizá el último sueño de Ciprián fue estar en el agua volando en los jardines aviarios de Dios.
Que se vuelvan alas mis brazos para volar con las aves y mariposas salidas de su crisálida
C.C. Jasso

[1] Cabrera-Jasso, C. Trilogía de sombras
[2] Ididem.
[3] Cabrera-Jasso, C. Línea de sombras
[4] Freud, S. Lo ominoso. Amorrortu
[5] Freud, S. Duelo y Melancolía. Amorrortu
[6] Cabrera-Jasso, C. La hora del amor
[7] Deligny, F. Lo arácnido. Cactus
[8] Cabrera-Jasso, C. Los enebros
[9] Cabrera-Jasso, C. Trilogía de sombras
[10] Cabrera-Jasso, C. El reflejo del Agua
[11] Cabrera-Jasso, C. El reflejo del Agua
[12] Bekerman, J. Infancia-Infamia.
[13] Lacan, J. La instancia de la letra o la razón desde Freud.
[14] Velasquez, R. El sujeto ante su de- escisión.
[15] Cabrera-Jasso, C. En busca de la luz


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