Pocas lecturas son las que cautivan, otras pocas son las que te atrapan en sus redes significantes, y contadas, son las que te hacen sentir la experiencia del vértigo. Decía Eduardo Milán: El vacío ya no es vaciamiento ni del cuerpo ni del alma, sino el vaciamiento del propio nombre, el vaciamiento de la función[1]. Yaremi Castellanos, poeta tabasqueña, inserta en la inmensa posibilidad de escrituras que arropan el estilo considerado “Tabasqueño”, una tradición de Pellicer, Gorostiza y Becerra, además del lugar inclusivo novelístico de Josefina Vicens, una posibilidad entre miles que acechan la letra y “condicionan” la voz lírica, donde toda tradición histórica, posibilita una escritura singular. En medio de un encierro, en medio de los confinamientos pandémicos, las ventanas se abren en un sinfín de posibilidades, pero que aún entre estas, el vacío siempre está presente, nadie abre la ventana con esperanzas de encontrar aire, sino de caer en el viento: Cayendo en picada o escalando con el ultimo aliento gozando en lo fausto y temiendo en lo inquieto[2].
La tradición poética juvenil, esta atravesada por amores y traiciones, de superaciones o ciertas imágenes que representan sonetos no pensados con delicadeza, los “poemas” juveniles son meros pensamientos romantizados que no tienen una función poética, como lo es el advenimiento del ser, la escritura es cuerpo[3], escribir toca un real imposible de decir para hacer de ese trazo, una función estética, poética. Pocos escritores, como Yaremi trazan esa corporeidad textual. El texto tiene lugar en el cuerpo, el cuerpo, tiene que ver con el tiempo. Texto, cuerpo y tiempo, triada presente en la (po)ética.
No son manos tibias que puedas sostener,
Ni hombros fornidos en el que reposar,
Mucho menos voces de aliento para continuar,
Pero siempre compañero[4].
¿Hasta cuándo tu ausencia
Oprimirá mi corazón?
Me rodea como soga a la garganta,
Y me quiebra la voz,
Al recordarte sentado,
Mirándonos a los dos[5].
La escritura ha de ser alimento de desierto, creciente incertidumbre en lo que genera la posibilidad misma de escribir. Haciendo se “es”, la poesía implica un hacer, condición ontológica del advenimiento de posibilidades humanas y su lenguaje. La experiencia es siempre diferencia y la caída implica un nuevo posicionamiento, siempre las palabras (aun las mismas) implican diferencia. Yaremi se escribe en el verso, cada caída es diferente, y aún en lo inefable de lo oscuro, en su escritura, capaz de catapultar imperativos de lo profundo, una voz se alza como posibilidad de significado que impulsa la dieferencia de un nuevo vivir.
El aire es tan sofocante aquí abajo
que incluso la oscuridad me abraza
en esta incertidumbre
navego en la ilusión inexistente
de una mínima posibilidad de volver
volver
volver
volver
sonrío al amanecer y no lo veo
siento tibias las manos y no calientan
inhalo tu perfume y no lo reconozco
me besas y no despierto
despertar
despertar
despertar.
Ahora
mi mayor consuelo es el recuerdo
mi sueño profundo es la agonía
mi mayor miedo el olvido
y mi descanso
una muerte instantánea[6]
Me pierdo en la profundidad
de posibilidades infinitas
de perseguir un sueño
o quedarme en este vagón[7].
[1] Milán, E. (1994) Resistir: Insistencias del presente poético. Fondo de Cultura Económica.
[2] Castellanos, C. (2021) 2001. Ediciones Normalismo Extraordinario
[3] Barthes, R. (1974) El placer del Texto. Siglo XXI
[4] Castellanos, C. (2021) Tiempo. Ediciones Normalismo Extraordinario
[5] Castellanos, C. (2021) Tu lugar vacío. Ediciones Normalismo Extraordinario
[6] Castellanos, C. (2021) Partir. Ediciones Normalismo Extraordinario
[7] Castellanos, C. (2021) Así aguardan las palabras. Ediciones Normalismo Extraordinario


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