¿Quién me pone en los labios un color de palabras donde se siente el paso de la noche?

Un agradecimiento especial al Club de Lectura Sapere aude, por sus palabras y versos

Al título de la escritura, le debo un descanso, las manos ansiadas de plasmar sus  presiones ante una pregunta que deja cabos sueltos, una pregunta que no se responde, como la frase dicha que no tuvo lugar. José Carlos Becerra, lo leo como un poeta del pasado, su escritura versa sobre aquello que fue, los tintes melancólicos de lugares que pasaron, de infancias que siguen y personas que dejaron su huella imborrable en la memoria del verso, lugares que ya tuvieron lugar, y en su retorno, no son los mismos. Sitios que se recorren al paso apresurado del tiempo y que desgastan sus tonos. La opacidad es la pintura del tiempo.

El paso que transita José Carlos a lo largo de su escritura, nos lleva a pensar en su vida, Tabasqueño apasionado por las letras desde temprana edad, apegado a la poesía de Pessoa (Persona) y también apegado con su madre, ¿Qué pasa cuando se pierde a la madre? Primera duda que respondemos: Ya no se es lo que se era, eres otro que no sabe quién es. Un extraño extrañando. Becerra en su atemporalidad escrita y en la pérdida que trae consigo la palabra, su oscura presencia, podría responder:

A solas como el mar que rodea al naufragio, hemos de contemplarnos tu y yo, nada nos une ahora, solo ese silencio , único cordón umbilical tendido sobre la noche, como un alimento imposible, y por allí me desatas para otro silencio, en las afueras de estas palabras, nada nos tiene ahora reunidos, nada nos separa ahora, ni mi edad, ni ninguna otra distancia, y tampoco soy el niño que tu quisiste, no pactamos ni convenimos nada, nuestras melancolías gemelas no caminaban tomadas de la mano, pero desde lejos algunas veces sonreían,

(J.C. Becerra, Oscura Palabra).

Ahora un poco de flores para mí, de las que te llevan, también en mí hay algo tuyo a lo que deberían llevarle flores, ese algo es el niño que fui, ya nada nos une a los tres, a ti, a mí, a ese niño.

(J.C. Becerra, Oscura Palabra).

Pérdida de una madre, pérdida de un amigo, pérdida de un amor, pérdida de lugares, de cosas y de palabras, ¿No es acaso la pérdida lo más cercano que “tenemos”? Vacío que nos habita y nos extraña que se nos refleja como lo incesante en mostrarse en cada palabra que se resbala de la punta de la lengua y se pierde… Carlos comenta:

Cada palabra es un sitio para mirarte, cada palabra es una boca para acercarme a ti, el otro modo de tomarte por la cintura o por el mundo, cuando tu mirada y el atardecer son la misma persona. Cada palabra es una lámpara encendida, para verte cuando tu no estas. Cada palabra te revelará la otra palabra, el silencio que vas conociendo, el silencio transparente de los amantes,

El silencio que se parece al calor de mi mano posada en tu cuerpo, el silencio donde mis besos sacuden la estatura que vacila dentro de tu alma.

(J. C. Becerra, Cosas Dispuestas)

Pero cada silencio nos llevará a la palabra que nos refleja, pero cada palabra es el otro reflejo, el otro modo de tomarte por la cintura o por el sueño, por la noche que velan tus fantasmas. Así sostendré algo tuyo en el mundo, así cada palabra quedará marcada para siempre.

(J. C. Becerra, Cosas Dispuestas)

Así queda marcada la imagen del recuerdo, figura oscura que se pierde, pajaro que no ha de retornar más que en el aleteo de memorias, duele haber perdido, y nos remonta a lo que fue: Aquel niño asustado perdió su flor del jardín, Duele perder, no hay flores, no hay música, solo ausencia, vacío. No-todo se alcanza a decir en el recuerdo, las ficciones de la memoria hacen abanicos del tiempo movedizo para soplar ligeros vientos de nostalgia: Soy un poeta que no escribe emociones, Pureza del alma frustrada. Se toca la ausencia, abrazando un pasado que no escribo más. 

Entre el recuerdo y la imagen hay un vacío, entre lo pensado y escrito hay otro más, ¿Qué escribir? Si ya se olvidó, lo que queda es lo imposible, y ante lo imposible… hacerlo:

He querido recordar aquella canción, aquella que no pude escuchar dentro de mí, aquella que [no supe extraerle al mundo; operación dolorosa: aquella canción que estoy tratando [de escuchar,

aquella cuya ausencia reconozco en la brisa que apenas inquieta a los almendros,

en la tranquilidad de esa brisa en estas hojas donde [también yo habré de morir, y esa calma acaricia en algún sitio de mí la forma de esa primera mano que alargamos hacia la [vida

y luego retiramos mojada y oscura.

Aquella primera canción, aquella primera canción tal vez [no vino nunca,

aquella cuyo silencio ahora se refleja en el rumor de esa [brisa en los almendros,

tal vez su silencio, quiero decir el rumor de estas hojas, es [el único espejo

donde yo me reconozco, donde yo me miro con atención, [subordinado a lo fatal de esa imagen.

O tal vez esa brisa en las hojas es la ausencia de toda canción, el rostro silencioso de [todos los nombres,

el rostro de espuma disuelto por el mar, el rostro de mis hijos aún sin ellos en el esqueleto atroz [de mi abuelo después de él.

Y tal vez esta luz es también una sombra de aquella [canción;

estos árboles, esta mesa, la mañana, el sabor de este pan,

¿son acaso las formas devueltas?

Y la canción mueve las alas,

se sacude su forma de canción, se sacude su forma de [alas,

algunas plumas caen, muy lejos de mis labios, muy lejos [de esta luz,

muy lejos de este silencio, de esta posible música, en otra [historia

más remota aún que la mía.

(J.C. Becerra, La otra Orilla)

Amanece en medio de mí; en un lado se quedan el [parque y los almendros,

el río, la torre de la iglesia, la ciudad de mi infancia, los [juegos olvidados;

¿en qué orilla me quedo mirándolos?

Es todo,

yo iba a decir algo,

 yo iba a inventar algo.

(J.C. Becerra, La otra Orilla)

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