Segunda enunciación
Gilberto Ucán
Desde que nacemos, en el instante en que se nos da un nombre y se nos asigna un género, el lenguaje empapa, inviste y envuelve nuestros sentidos. No hay signo que al ser leído y aprehendido no sea ya una lectura y una aprehensión que viene de otro. El lenguaje es ojo, es boca, es respiración, es piel, es…
¿Cuál es entonces hoy en día el papel del arte en la escena contemporánea? ¿Cómo se pone en juego delante de lo que el mundo coloca frente a nuestros sentidos? Por supuesto, responder a estas preguntas es imposible o, cuando menos, requiere de una disertación suficientemente articulada, sin embargo, me parece que están vigentes y valen la pena.
Siguiendo en sus reflexiones a Giorgio Agamben, el lenguaje ya no es o está dejando de ser una trama tejida por silencios y respiraciones, por vacíos y espacios llenos, por ausencias y presencias, por el significante y el significado. Este lenguaje se ha vaciado de sentidos, significados y horizontes. Es materialidad que al estar vaciada de toda sustancia pareciera solidificarse y convertirse en una realidad última, objetiva, que dice todo y no dice nada: es signo que ni siquiera representa, presenta con fidelidad lo real.
De este modo, el arte contemporáneo o mucho del que se aspira a hacer por nuestros días no abandona la lógica de la producción y la reproducción. No se trata de ser interpelado por el gesto que pone en juego un niño con “discapacidad” o que de manera horrorosa pone en acto el cuerpo del migrante caminando por las calles o el de los cuerpos que son arrancados de la tierra y que eras mirados como desaparecidos. En el mejor de los casos, el arte que se realiza hoy en día aspira a reproducir y alcanzar nociones clásicas como belleza, razón, proporción, verdad, lógica, etc. De tal manera que escribir un poema se trataría de no permitir que la realidad corrupta lo ensucie y de ser fiel a la gramática del español… además de ganar la beca que el gobierno en turno ofrece.
Entonces ¿Qué es el arte? No lo sé, pero lo que sí sé es que si tuviera algún propósito es el de abrir los ojos y de despertar el mundo. No se trata de reproducir las nubes, la mazorca y el árbol de macuilí, sino de interrogar a través de estos y otros artefactos una realidad para la cual ya no hay un lenguaje que fácilmente la enuncie. Es decir ¿Qué sentido tendría hablar, escribir o pintar un macuilí si debajo de ese macuilí, allí donde caen sus hojas moribundas, yacen los cuerpos de personas desaparecidas por la mano del crimen?



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