Archivo—Nacajuca, 1979
[¿Me miras preguntándome si tus barcos llegaron al muelle de la memoria? ¿Me reprochas si tus jardines siguen intactos con el viento del insomnio? ¿Me crees a pesar del silencio de los años, del tiempo llorado en las almohadas, de la brisa incipiente de mis hijos?
¡Ah!, un largo silencio envuelve nuestros años desde que marchaste junto a las aves, ni siquiera hay huellas que me digan de ti en las nubes. Miro a mi alrededor para encontrar plumas de un ángel tuerto, o al menos esa forma tan extraña de pronunciar la “r” con la que decías mi nombre.
¡Ah!, mira que los días se han convertido en una cadena constante, donde la cordura es la forma de sostenernos en la tormenta. Aquí se marchitan todos los cantos, las hojas nos cubren con su luto de alturas y creen calmarnos un poco con su llanto naranja]
Idioma
La lengua de los muertos despierta en las madrugadas, reposa en los instantes donde todo quedó estancado, de ese recuerdo enraizado que espanta las palabras y crece fluvial debajo de la cama.
Crece en las montañas un luto vegetal de silencios y fantasmas.
Crece serpenteando las yagas de la mirada.
—Decía mi abuela que los muertos hacen surcos en medio de la risa; ellos regresan para que hagamos veleros con sus nombres despiertos.
La lengua de los muertos habla, pero casi nadie la oye; nadie quiere saber de las horas perdidas que quedaron bajo los ojos de sus difuntos.
Trinidad
En las esquinas de su nombre se unían tres ríos para recordar el aroma de su tierra. La plegaria constante por las madrugadas a un lado de su cama desierta, velando por la voz que solo colma la esperanza de quienes escuchan en la hora eterna del café recién nacido.
Miraba su rostro como los espejos recién colgados, en medio de una madrugada que vuelve siempre al mismo sitio.
—Te digo que mi abuela se llamaba Trinidad; dejó su marca en medio de los horizontes del duelo, y ahora los pájaros cumplen con el luto de su ausencia:
llevan la flor en sus picos hasta donde se desvanece el sol con el agua.
Alabanzas
Mi abuela levantaba las sombras de mis ojos cuando mis padres se iban;
una alabanza era su forma de calmarme.
—Me decía que esa canción podría cantarla cuando las pesadillas hicieran surcos en las sombras del cuarto, o se extendieran como maleza debajo de mi sonrisa.
“El Señor es mi luz y mi salvación”, cantaba siempre cuando mis lágrimas salían a torrentes, porque debo admitirlo: fui un niño abrazado por las sombras;mi tristeza fácilmente se colaba por las rendijas, contemplando los ojos de mujeres fantasmas, mientras que ella solo portaba un siglo de destierros.
Fantasmas
Ella sabía lidiar con los fantasmas cuando se aparecían debajo de mis sueños; creía que sus voces eran agua y le daban de beber a los vivos memorias de muy antes con una copa de su manar:
—Déjalos tranquilitos en el luto de su ausencia —me decía.
Mi abuela sabía mucho, pero no me enseñó a hablarle cuando ella fuera un fantasma.
Mis palabras golpean los muros,
quiebran hastíos
y hacen de la lluvia
un eco de todos los naufragios
sin que ella regrese del silencio;
no hay respuesta que retorne incierta.
Ritual
Oraba tres veces en la noche por la devoción a su propio nombre.
Tres veces más en caso de que la angustia le carcomiera los huesos, los pocos que le quedaban cuando esa enfermedad le flechó la espalda y la ataba al suelo con el dolor acumulado del tiempo.
Tres veces eternizadas, canto de agua donde el dolor hace su paliativo de rostro.
Solía levantarse desde temprano; velaba con su mirada todas las madrugadas repletas de cocuyos. Caminaba despacio en su andar mudo, como siguiendo los recuerdos ritualizados de sus años; su mirada deteriorada empezaba también a crecerle con los días.
Yo, frágil y descalzo, la observo a lo lejos.
Nadie detiene al tren del tiempo que alumbra cada instante.
Archivo—Nacajuca, 1989
[He dejado de creer en los barcos de la tarde, pues no han traído nada nuevo desde que zarpaste hasta tu muerte.
Ya no me muevo más de aquí, porque sería mi condena perderme nuevamente entre las sombras de la fe, en espera de tus brazos,
y que ese niño de arcilla me arranque nuevamente lo más preciado que tengo.
Escribo cartas que nunca entrego y nunca entregaré; es una forma de hacerme compañía cuando los cristales olvidaron la ceniza de mi llanto.
Algún día esta parvada de letras llegará hasta tus ojos y podrás crear un camino más allá de la tierra, que te traiga despacito para que no te duela mucho].
Historias e historias
Siempre abrumada por viejas imágenes que luego se le devolvían como hechos recién acontecidos, lentamente sus historias eran espejos; intentaba pasear por los pasillos de su pasado para ver si así la escena llegaría nítida como una pastilla recién tomada.
El balcón de la casa era su lugar predilecto para estancar su rutina.
—Digo: a veces los silencios dicen más que un retrato de nube, pero su terquedad de ave siempre tuvo mejor atadura lejos de la tierra:
ella volaba entre el comedor, giraba en sí misma para darnos de comer. En caso de que recibiera visita, su silencio se apagaba por un instante, volviéndose aún más ave que sus vuelos por los pasillos.
Groserías
Recuerdo aprender mi primera grosería, sobre todo porque era una palabra siempre lanzada por las lenguas de alrededor de mi casa, aventadas como flechas que tocan la tierra sin destinatario: madriza.
La madriza que se llevó tal, la madriza que le metieron a…, la madriza que fue el trabajo, etc. Una palabra sin sentido hasta que en boca de mi padre tuvo explicación de su sombra: “es cuando golpean a alguien y queda muy mal”, me dijo.
En medio de la plegaria sedienta, acompañando a mi abuela ese domingo junto a sus amigas vestidas de ángeles, al ver la enorme y altísima figura (casi imposible) que tanto me asustaba de Cristo, lo lancé: “Abuela, le metieron una madriza a Diosito”.
Un regaño que hoy lo guardo en los cajones de la memoria.
La muerte es una plegaria en las sombras
La muerte es una astilla que crece al momento de nacer; se va agrandando cada que corre el tiempo y roe hasta lo último de nuestros pensamientos.
Anciana enigmática, señora que tal vez ora por nosotros.
No hay palabras que latan al ritmo de su guadaña. Con solo sentir su respiración helada de sombras, logra entumecer las astillas de la noche.
Bendita, crece como las monedas que deja la lluvia, listas para ser entregadas al barquero silencioso que rema entre los corazones palpitantes de los dolientes.
Madrugadas
—Son las 3 a. m., la hora de las ánimas —decía mi abuela.
Yo, incansable, me levanto a cada hora para buscar en los periódicos si han anunciado su nombre, si se les resbaló la tinta para trenzar los cabellos, envueltos por la cara como un niño asustado.
Me despierto con el ritmo de las luciérnagas para revivir su rostro, a ver si la encuentro entre destellos de lucidez.
3 a. m. y no hay nada, salvo estas palabras sin aliento que retornan en las fechas de los aniversarios del entierro.
Poeta
Cuando me quedaba con mi abuela, solía hacerme figuras con el pozol que compraba:
Mi abuela creaba animales, edificios, amaneceres, todos de pozol: el acto poético de darle forma a la masa.
Palabras
Sigo en medio de la soledad cuando las palabras son incapaces de hacer compañía. Me pregunto si alguna vez podré blandir la espada de tu ausencia y decir que los duelos son cosa del tiempo:
que ya pasará, que no dolerá tanto,
que volveré a remar entre el desamparo
del destino impulsándome con los rayos del sol.
Cayucos
Recuerdo que mi abuela estaba en su hamaca agarrando hojitas con sus dedos; hacía con ellas pequeños cayucos que soltaba al aire y lentamente se esfumaban en cada respiro, para impulsarlos hasta las aguas profundas del olvido.
—Creo que sus párpados son similares a los atardeceres —me decía—: inauguran una mañana cuando el fuego derrama su incendio por todo el cielo, sin dejar cenizas que luego martillarán la nariz.
Nacajuca 1990
[Los pájaros de sal se deshacen a la orilla de tu mirada, porque no pueden hacer elucubraciones acerca de tu aroma. Si soy honesta, nunca pude escribir tu nombre sin comprometer la sangre con la que palpo al mundo. Algo de mí se resiste al tiritar del silencio, a la incomodidad inmensa de capturar estrellas con la pluma del mismo ángel tuerto que sigo buscando, porque sabíamos las dos que la escritura sería un poco de luz ante este luto que nos embarga del mundo; pero había que ponerle fin a esto, teníamos que escribir en piedra la saliva de tu herencia.]
Vestido
Miro despacio la marea con la que afilabas tus letras;
hay en ti un vacío dorsal que se extiende
junto a los dolores que te llevaron
a doblarte en silencio.
Hicimos de tu nombre un vestido de agua para ponértelo en tu tumba, con el que marcamos tu partida en el lugar exacto donde ya no estás tú, ni tu estancia cadavérica.
Hago lo imposible para extraer el aroma de las cosas que dejaste, pero apenas un recuerdo llevamos en este frasco.
Dolor
Sabíamos que tu imagen navega en tres ríos, porque así nos lo enseñaste, así querías dejarnos en las corrientes de las madrugadas. Con tu voz calmada de mundo heriste el último silencio de la mañana.
La artritis fue torciendo tu figura imponente, fue doblando todo, hasta tus pasos eternizados en la casa, interrumpiendo tus tres rezos tan certeros como los fantasmas. Qué crueles son las cadenas del dolor cuando hunden su flecha en la carne de los días.
Archivo— Nacajuca 2000
[Entonces firmaste el acta donde dejabas el mundo, y los días quedaron en espera de la llegada infalible de los cielos, pero solo recordaste que era imposible que todos hiciéramos un murmullo para los insectos.
Entonces gritaste, y nuestros sueños seguían remando en la oscuridad. Viste un camino de agua repleto de luciérnagas y te adentraste hasta lo fondo de tus pupilas, hablándoles la lengua del duelo.
Entonces tus palabras eran lanzadas nuevamente sobre los pasillos y las raíces que quedaron brotando en los cuadros; volvieron hasta formar un gesto del subsuelo].
Todos
Mi nostalgia sabe navegar ahora en los huecos de tu ausencia. Los animales que formaste con pozol galopan en otro sitio, y yo, terco, aún creo que regresará ese instante donde creía que el mundo solo era mi cuarto.
Todos miran acá, todos sienten, todos mueren, todos siguen. Ah, mira que todo es una fragancia que se extiende entre pupilas y ataúdes.
Ya sé hablarles a las tumbas, a los cuadros recién fallecidos y a los silencios de las sillas que se deterioran por falta de historias.
Muelle
Hay un arroyo similar al que hay en los cielos, formado por los pétalos del agua y las llanuras del sol que se repliegan en monumentos nostálgicos. Ahora los muelles empiezan a aletear para unirse al llanto de los muertos, o tal vez para ir a buscarlos, y sea un sitio certero el de las partidas. Mirar de frente a la nada, mirarla y no titubear ante el vacío, un arte que pocos emprenden cuando su pecho se desmorona, dando pequeñas flores en los retazos de sus ojos.
Archivo —Centro, 2026
[Aprendí a seguir los movimientos de las lágrimas y su tempestad amarillenta.
Los sueños son un largo umbral donde desfilan locuciones, viejas palabras que fueron lanzadas; único lugar donde vuelvo a escuchar tu voz, tan intacta como si los años jamás te hubieran tocado.
Sueño tormentas que siguen girando por tu rostro hasta que la brisa se torna calma y puedo acercarme.
Sueño que hay una oscuridad tan grande que cubre hasta el silencio; el tiempo se desbarata con la noche eterna, y los sacrificios para hacer luz son dentadas divinas, imposibles.
Sueño que llegas en los barcos, en esos muelles que volaron para traerme de nuevo tu rostro, y ahí estás nuevamente, en el umbral de la tierra y el agua.
Sueño que sigues creyendo que todavía siguen tus jardines, que tus hijos también siguen vivos y que no hemos muerto tampoco.
Sueño que la compañía de los soles es más cálida que un abrazo nuestro, porque tu nombre parece esfumarse en medio del desamparo.
Sueño nuevamente que tiras tormentas cerca del río y ríes tan fuerte para que los peces salgan y tengan una oportunidad de blandir la luz y que crezca todo alrededor.
Sueño que te abrazo nuevamente y el rostro de dolor se borra; que la artritis fue solamente una pesadilla mal contada por los doctores y que tus huesos siguen teniendo la conciencia del tiempo, aquel que perdiste en ese flechazo y no pudimos abrazarte otra vez.
Sueño que me dices: “Llámame. Pon mi nombre entre los que aún respiran. Mírame inclinada, con el corazón abierto, no tengo otra plegaria más que esta voz quebrada: cuando termine el mundo”.
Y aquí seguimos viviendo, con este lápiz trazando luz para recordarte].

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