(Am)arte pese a todo: Una lectura del Infarto del Alma en tiempos inciertos

I

Al borde de la difusa cordura que sostiene a las sociedades y del melancólico tinte que cubre los rostros cotidianos —envueltos por el silencio abrumador de la soledad entre pantallas— hay quienes sostienen en el amor una fragilidad como modo de existir con el otro, en medio de un campo de atrocidades. ¿Qué es lo que Diamela Eltit escribe del amor en ese manicomio? ¿Qué es lo que el ojo de Paz Errázuriz captura en los gestos de aquellos desamparados de la escritura heteronormativa del buen vivir? ¿Acaso el silencio más loco tiene que ver con esos ojos que miran el espejo desnudo de la vida, esa imagen que apenas se devuelve cuando la sombra de la muerte respira sobre los hombros?

El libro el Infarto del alma, de Diamela Eltit y Paz Errázuriz, es un texto híbrido e imposible de clasificar. La letra desborda el formato tradicional que intentaría ubicarlo en algún “género” literario —esa categoría cultural que pretende ordenar la escritura— y exige más bien una escritura de los bordes, zonas de contaminación y desparrame tan características de la letra cuando es liberada de sus moldes culturales inamovibles. Ese gesto acompaña al ojo de Paz Errázuriz, cuya fotografía documental captura los rostros amorosos de las parejas que se asilan en el hospital psiquiátrico de Putaendo, en Chile, construido en los años cuarenta para asistir a enfermos de tuberculosis y que más tarde funcionaría como depósito de aquello que una cierta episteme no logra explicar: la locura.

En medio de los fármacos y las terapias infrahumanas, entre descargas eléctricas, los baños helados en la madrugada y los rostros de aquellos cuyo tiempo quedó cristalizado en quién sabe qué año, hay un cierto gesto que los embiste —acaso el único— para estar enlazado con otro: un vulnerable lazo que curiosamente existe ante todo poder y todo encierro, un lazo más allá de las escrituras diagnósticas y su pretendida separación de lo normal y lo anormal. ¿No serían acaso los locos ellos, quienes dicen tener una verdad del otro asumiéndose en una posición de saber? Decía el psicoanalista francés Jacques Lacan: “si un hombre que se cree rey está loco, no lo está menos un rey que se cree rey”. Pues es en la difusa línea de la cordura donde todo se tambalea, y ese lazo da muestra de lo irracional que se puede ser al diagnosticar, lo irracional también, que se puede ser cuando se ama.

Así como sostiene Diamela: “Los enamorados poseen otra visión, una visión misteriosa y subjetiva. Después de todo los seres humanos se enamoran como locos. Como locos” (p. 20).

Quise traer a colación este texto-objeto cultural de Diamela y Paz para pensar precisamente en el amor. En tiempos en los que la lógica extractiva y sus sofisticados algoritmos “aprenden” de la interacción social, en medio de un colonialismo de datos que captura de forma voraz las posibles respuestas de quienes interactúan en sus interfaces, y que logra inscribirnos en una disputa imperial donde las personas se dividen mediante discursos de odio que promueven el ascenso de figuras nefastas —replicando discursos xenófobos y racistas mientras sostienen una individualidad narcisista basada en la ficción de la “superación financiera”—, quizá sea posible todavía trazar un gesto de amor en medio del desastre.

En este momento, en el que pareciera que habitamos un enorme manicomio global bajo fuerzas que exceden nuestro control, el amor aparece como un gesto mínimo, pero radical.

A lo largo de su literatura, América Latina ha mostrado ese pasado indigesto que la caracteriza, develando la singularidad de las escrituras y las posiciones subjetivas que allí se inscriben; un pasado que no deja de reaparecer como algo que retorna para mostrarnos una visión del presente. El texto, acompañado de la fotografía, constituye precisamente un libro-objeto que desmorona la continuidad cronológica del presente para mostrarnos aquella imagen que persiste: esa escena no olvidada de los gestos del amor que rebasan y abren surcos en la temporalidad lineal. Cito:

“Con la metáfora amorosa adherida materialmente a sus cuerpos, los asilados del pueblo de Putaendo sufren el encierro sentimental de sus conductas y, enmarcados entre las paredes o en el reducido intersticio de un violento ataque de furor, buscan disminuir su mal al perderse en otra cara que les reafirma, pese a todo, su profunda humanidad”.

¿Acaso no es el amor un gesto de extrañamiento y vulnerabilidad ante el otro?

¿Qué tiene que decirnos hoy este texto —estos gestos amorosamente locos por amor—?

II

Si en el hospital psiquiátrico de Putaendo el amor aparece como un gesto mínimo que sobrevive al encierro institucional, en otros territorios del continente la vida se encuentra igualmente cercenada por dispositivos de muerte. En esos lugares, donde el destino parece ya escrito por otro voraz, también pueden surgir acontecimientos inesperados que rompen la cadena que ata silenciosamente a un destino aparentemente ya trazado.

En el metraje mexicano Sujo, dirigido por las cineastas Astrid Rondero y Fernanda Valadez, se retrata la vida de un joven de Tierra Caliente, Michoacán, rodeado por un régimen de necropoder donde la posibilidad de vivir parece reducirse a la supervivencia dentro del crimen organizado.

Como su padre asesinado, Sujo parece condenado a repetir una vida violenta, a pesar de la guía de su tía, quien vivía aislada del pueblo y era conocida como “la bruja”, debido a su extraña capacidad para ver a los muertos y a los desaparecidos.

El destino de Sujo parece escribirse en tinta invisible para dar continuidad al legado de un nombre. Así, termina enlistándose como mandadero del crimen organizado, pues en ese lugar era conocido como el hijo del sicario.

La violencia alcanza también a sus amigos. Uno de ellos es asesinado. La tía de Sujo, con ese extraño don que tienen quienes saben escuchar a los muertos, logra ver al amigo recién asesinado de su sobrino. Es entonces cuando comprende los pasos que deben seguir.

Siguiendo un gesto amoroso de cuidado, decide mandar lejos a Sujo del pueblo de Tierra Caliente para impedir que su destino quede sellado con la repetición de la vida de su padre: la muerte.

La llegada de Sujo a la Ciudad de México supone un cambio radical respecto de la vida que había conocido: trabajos mal pagados en la Central de Abastos, burlas en la calle por parte de grupos de boxeo, insultos por su diferencia racial. Sujo pasa así de una violencia a otra, hasta el día en que le toca repartir mercancía en la UNAM.

Es durante una errancia por Ciudad Universitaria cuando, deambulando por los pasillos, encuentra la clase de Susana, una profesora argentina interpretada por la crítica literaria y escritora Sandra Lorenzano.

La rareza de esa lengua —palabras nunca antes escuchadas, el ritmo del acento argentino, la melodía particular de su voz en un lugar completamente ajeno a las brechas de Michoacán— lo confronta con un punzante no-saber que insiste en hacerlo regresar una y otra vez a ese salón. Allí pareciera comenzar a dibujarse algo parecido a un amor transferencial hacia aquello que no sabe.

Como señala Massimo Recalcati, la palabra de amor es aquella que apunta a la falta del otro. Sujo se enfrenta entonces a un no-saber sobre eso que insiste en él.

Algo del orden simbólico e imaginario encuentra una fisura en esa lengua extraña. Un enigma que abre la posibilidad de inventar otra relación con su propio nombre, saliendo de la repetitiva cadena del Nombre-del-Padre.

Justo a tiempo, antes de que la lógica de la necromáquina del capitalismo extractivo selle su destino con los signos de la muerte, aparece ese instante-ya: la irrupción de una lengua extranjera que inclina a Sujo hacia una decisión distinta.

Una cadena de gestos amorosos pone entonces en juego la vertiente del nombre en medio de la decisión del sujeto. Algo opera en el nombre que puede tanto encerrar al sujeto en la repetición como abrir la posibilidad de una herencia, de un legado, de hacer del nombre un nombre propio.

Sin embargo, esa repetición nunca se cierra del todo. En el encuentro con el otro algo se desplaza, como si la historia del sujeto pudiera torcerse apenas en ese punto donde el afecto irrumpe.

Porque amar no es elegir libremente, como promete la ficción romántica, sino encontrarse con aquello que irrumpe en nuestra historia y la desvía. Algo en el nombre, en la lengua o en el rostro del otro abre una grieta en la repetición del destino.

Amar —tal vez— sea ese instante en el que el sujeto logra torcer ligeramente la herencia que lo precede para crear una poética del nombre: devolverle al nombre la fuerza artística de hacer algo distinto con lo que nos ha sido dado.

En una época donde los objetos se producen en serie y se desechan con facilidad, también las relaciones parecen volverse reemplazables. Quizá porque acercarse demasiado al otro implica siempre una vulnerabilidad: el riesgo del desencuentro.

Frente a esas lógicas de agotamiento y sustitución, amar se vuelve un gesto de resistencia. Amar es insistir en lo insustituible. Amar es sostener el nombre propio del otro.

De ahí los casos que traje a colación: incluso en el manicomio la pareja permanece junta, amando más allá del diagnóstico. En Sujo, el amor aparece marcado por la rareza de la lengua de su maestra, pero también por los gestos de cuidado de su tía, quien lo mantuvo con vida para no tener que hablar con él en ese “más allá”.

Amar, entonces, implica romper las lógicas de sustitución, sabiéndose frágil.

Amar el nombre aun cuando todo se desmorona. Amar, pese a todo.

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