Cartografía de un paraíso artificial: apuntes sobre la razón platanera

I

Recuerdo que mi padre me invitaba recurrentemente a su trabajo, ubicado a varios kilómetros de nuestro hogar. El lugar era el CIIEA, un centro dedicado a la investigación educativa, a unos cuantos metros de las grutas del Coconá, en el municipio de Teapa. Me gustaba acompañarlo porque, para mí, era una aventura donde la naturaleza tomaba el lugar: el viaje, el calor, la humedad, el verde excesivo, el rumor del agua y la sensación de estar entrando a otro mundo.

Años después me uní al equipo de baloncesto Leones de Teapa, y eso profundizó mi amor por el sitio. En Teapa puedo decir que viví una de las etapas más bellas de mi vida: conocí a mis amigos más cercanos y, aun después del tiempo, les guardo un cariño intacto. Teapa es ahora el lugar donde trabajo. Siempre me gustó poder ser parte de aquí. Aunque no nací en Teapa, me siento de aquí: aquí trabajo, aquí convivo, mis amigos son de aquí; una parte de mi corazón está aquí. Una historia se enlaza con mis vivencias pasadas y futuras: una raíz de gestos que preceden mi forma de habitar este presente tan extraño.

Con el paso del tiempo, me interesó lo que hay de raíz en el municipio, pero también lo que se siembra como raíz. Me interesaba —sobre todo— esa vasta región de monocultivo que, vista desde arriba, parece un mapa verde: un gran telar de hojas extendiéndose por miles de hectáreas. En Teapa se han reportado alrededor de 7,439 hectáreas dedicadas al plátano; dicho de otra forma, cerca de 74 km² de plantación: una superficie enorme, comparable al tamaño de una ciudad pequeña hecha de una sola especie.

Ahí las avionetas pasan para extender químicos y contener plagas; y en esa escena —casi cinematográfica— se revela algo esencial: esa belleza, esa capa inmensa de tejido platanero, no es una intervención “natural”, sino una obra humana sostenida por técnica, trabajo, disciplina y control.

Los cientos de kilómetros de caminos internos, los canales, los cortes, el empaque, la vigilancia fitosanitaria, el calendario de fumigación: todo eso produce una narrativa y también una tecnología de escritura. Teapa se dice a sí mismo, y se sostiene con orgullo, como territorio del “oro verde”. Yo no pretendo negarlo —para nada—. Al contrario: me interesa entender cómo ese régimen escritural (Teapa como potencia municipal del plátano, incluso señalada en literatura especializada por su gran superficie sembrada) construye identidad, sentido y pertenencia.

Pero lo que me importa, sobre todo, es otra torsión: cómo ese orgullo puede funcionar también como emblema extractivo. Cómo el oro verde se expande y se sostiene por ciertos nodos de poder —empacadoras, intermediación, dueños de grandes extensiones— mientras otros cuerpos quedan capturados por jornadas agotadoras, por el destajo, por la precariedad que vuelve “normal” lo infrahumanamente rutinario. En otras palabras: cómo el paisaje se vuelve economía moral, y cómo la economía moral puede tapar el costo real del cuerpo que la hace posible. (Y sí: hay reportajes que han documentado condiciones laborales duras en el sector platanero regional, con jornadas largas y pagos bajos).

Además del trabajo, el monocultivo bananero transforma la relación con el clima, con el agua y con el suelo. En una región atravesada por lluvias intensas, el uso del territorio para fines productivos —y la manera en que se ordena el suelo— puede agravar vulnerabilidades: inundaciones recurrentes, pérdidas por encharcamiento prolongado, deterioro de caminos, afectación de hogares cercanos. En Teapa, por ejemplo, se ha narrado y documentado el impacto de lluvias torrenciales sobre extensiones plataneras y sobre la vida cotidiana que depende de ellas.

La extracción verde del oro verde no está tan lejos de otras extracciones. No porque sean idénticas, sino porque comparten una lógica: ordenar la vida (y el territorio) para que produzca; capturar el tiempo; volver paisaje lo que es régimen; y volver “natural” lo que en realidad es una construcción política. La plantación —como el pozo— no solo extrae una materia: extrae también un modo de vida, una forma de subjetividad, una gramática de la obediencia y del orgullo, del silencio y del aguante.

Este texto nace de ahí: en esa tensión entre el amor por Teapa y la necesidad de leerlo con crudeza; entre la memoria íntima y el archivo del monocultivo; entre el verde como promesa y el verde como dispositivo.

II

Don Ramiro se levanta a las cuatro de la mañana para llegar a cumplir su jornada en uno de los ranchos que exportan, semana tras semana, grandes cantidades de plátano. Su pago será el de siempre, aunque esta vez le toque machetear un poco más: las lluvias han hecho crecer la maleza y eso afecta al cultivo y a las medidas sanitarias que exige el mercado.

Después de la inundación provocada por la lluvia intensa, dice que también sirvió para cazar tuzas.

—Esos animalitos se suelen comer el plátano y agujerean la tierra, la vuelven “mala”.

El patrón las detesta. Ha mandado a matarlas, pero —según Ramiro— son bien astutas.

No todos los cuerpos conviven en el monocultivo. Las plagas, los hongos, las tuzas no son bienvenidos. Aunque sean respuesta al entorno, aunque formen parte del tejido ecológico que precede a cualquier plantación, el régimen del rancho organiza qué vida puede permanecer y cuál debe ser erradicada. Lo que desde la biología sería simplemente interacción, desde la lógica productiva se vuelve amenaza.

El monocultivo no es solo una extensión de tierra sembrada: es una gramática. Administra la vida y la muerte de las especies; decide qué crece, qué se corta, qué se fumiga, qué se elimina. En ese ordenamiento también se distribuyen las horas, los salarios y el desgaste. Así como la tuza es clasificada como plaga, Ramiro es clasificado como fuerza de trabajo. Ambos son inscritos en una misma racionalidad que calcula rendimiento y pérdida.

Se paga lo suficiente para sostener un poco de comida. Pero Ramiro —como muchos teapanecos— tiene una familia que alimentar. El trabajo desgastante del campo, los calores excesivos, las enfermedades a las que están expuestos, las horas bajo el sol, la humedad constante, van configurando una economía corporal: el cuerpo como instrumento que se gasta para que el plátano viaje a otro lugar.

Y ahí aparece la paradoja que señalaba Pantojas:

“En el Caribe se produce lo que no se consume y se consume lo que no se produce”.

Rodeados de alimento, pero no necesariamente alimentados; rodeados de trabajo, pero no necesariamente seguros. La plantación promete abundancia, pero organiza escasez. Produce exportación, pero no garantiza soberanía.

Vaya cuestión.

Vaya paradoja la de la plantación.

III

Teapa —como uno de los municipios centrales en la producción platanera del estado— forma parte de una entidad que registró aproximadamente 620,975 toneladas anuales de plátano en 2021, según datos del Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP). Si se distribuye esta cifra de manera proporcional, podría estimarse una circulación cercana a 11,942 toneladas semanales, es decir, alrededor de 1,706 toneladas diarias. Estas cantidades permiten dimensionar la escala material del llamado “oro verde”: no se trata solo de paisaje, sino de flujo constante de mercancía que abandona el territorio. Históricamente, la primera exportación documentada de plátano tabasqueño hacia Estados Unidos data de 1906, momento que marca el inicio formal de la inserción del fruto en circuitos internacionales de comercio y consolida la vocación exportadora de la región.

El plátano, entonces, además de ser fruto y símbolo identitario, es ante todo mercancía. Bajo la nominación de “oro verde” entra plenamente en el circuito internacional del capital. Y toda mercancía porta un excedente: no solo económico, sino también afectivo y político. Hay un goce en la circulación —en el consumo distante, en la promesa de prosperidad—, pero ese goce se distribuye de manera desigual. Mientras unos disfrutan el fruto limpio y disponible en anaqueles lejanos, otros producen bajo el sol húmedo, en jornadas extensas y en condiciones muchas veces precarias.

La dinámica de la exportación, reducida en los informes a cifras abstractas —toneladas, hectáreas, rendimiento por unidad—, deja en la sombra el trabajo que la hace posible. Para que la tierra opere como dispositivo de extracción no basta con sembrar: se requiere administrar cuerpos, regular tiempos, disciplinar movimientos. La plantación no solo organiza el espacio; organiza la vida. Y en esa organización, la sumisión no siempre es explícita, pero sí estructural: el cuerpo del trabajador queda inscrito en la lógica del rendimiento, del corte, del embarque, del envío. El paraíso artificial funciona porque alguien lo sostiene con su desgaste.

IV

El oro verde no es solamente una mercancía, ni únicamente un paisaje que organiza la economía de Teapa. Es, ante todo, un régimen escritural. Una forma de inscribir el territorio, los cuerpos y el tiempo en una gramática productiva que se naturaliza hasta volverse invisible. El monocultivo no solo ordena la tierra: produce sentido. Produce orgullo, pertenencia, identidad exportadora. Produce también silencios.

Hablar de “razón platanera” implica reconocer que el modo de producción no se sostiene únicamente por infraestructura, capital y logística, sino por una pedagogía cotidiana que enseña a habitar la plantación como destino. La subjetivación ocurre cuando el trabajador no solo corta, fumiga o carga racimos, sino cuando aprende a pensarse dentro de esa lógica; cuando la jornada se vuelve normalidad; cuando el desgaste se interpreta como sacrificio necesario; cuando la exportación se vive como triunfo colectivo aun si la ganancia es desigual.

El régimen escritural del oro verde escribe el territorio como abundancia, pero escribe los cuerpos como recurso. Inscribe hectáreas, toneladas, rendimiento por unidad; y en esa inscripción técnica, la vida concreta se traduce en cifra. Allí opera la captura: el sujeto deviene función productiva. No se trata de una dominación espectacular, sino de una administración sutil del tiempo, del clima, de la espera, del salario. Una biopolítica vegetal que decide qué especies prosperan y cuáles se eliminan; y que, al mismo tiempo, regula la economía corporal de quienes sostienen el cultivo.

Sin embargo, toda escritura deja restos. Toda cartografía tiene bordes que no logra controlar. La subjetivación nunca es absoluta. El mismo trabajador que encarna la lógica del monocultivo también la comenta, la ironiza, la resiste en pequeños gestos. La tuza reaparece. La maleza crece. El cuerpo se cansa. El paraíso artificial revela su falla.

Pensar Teapa desde el régimen escritural del oro verde no implica negar el arraigo, ni el afecto, ni la historia compartida. Implica, más bien, comprender cómo el modo de producción atraviesa la experiencia y modela la sensibilidad. El paraíso no es un don natural; es una construcción. Y como toda construcción, puede leerse, discutirse y reescribirse.

Quizá la pregunta no sea solo cuánto produce Teapa, ni cuántas toneladas salen cada semana hacia otros territorios, sino qué tipo de sujeto se produce en esa circulación constante. ¿Qué se aprende al crecer bajo el telar platanero? ¿Qué sensibilidad se forma cuando el paisaje entero está organizado para rendir? Si el oro verde ha escrito durante más de un siglo la historia económica del municipio, ¿no será momento de preguntarnos quién escribe ahora esa escritura y quién queda escrito por ella? Tal vez la verdadera cartografía no sea la de las hectáreas sembradas, sino la de los cuerpos que sostienen el paraíso artificial y la de los gestos que, silenciosamente, podrían comenzar a reescribirlo.

Referencias

Gómez-Barris, M. (2021). La zona extractiva: ecologías sociales y perspectivas decoloniales. Metales Pesados.

Rodríguez-Freire, R. (2023). Musa paradisiaca. Mimesis.

Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP). (2021). Anuario estadístico de la producción agrícola. Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, Gobierno de México.

Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado de Tabasco. (2021). Leviatán y su caja negra: Tabasco y el plátano en la historia regional. Gobierno del Estado de Tabasco.

Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP). (2021). Producción agrícola por cultivo: plátano. Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural. https://www.gob.mx/siap

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