El origen es un desplazamiento

Gilberto Alejandro Ucan

No hay un origen, pero, por un segundo, hagamos como si lo hubiera. La escritura, siguiendo este juego de la imaginación, estaría en el origen. Es decir, antes del mundo, antes del lenguaje, lo que hay es una escritura. Esto no significa que la escritura sea una esencia o una trascendencia metafísica. El que esté antes del mundo y antes del lenguaje solo se dice así a causa de la linealidad en que pensamos al interior de nuestra escritura, pero en realidad, la escritura es lo que va de la mano de un mundo y de la posibilidad de un lenguaje.

¿Por qué Derrida titula este capítulo como el fin del libro y el inicio de la escritura? ¿No sería este título paradójico a causa de que lo que Derrida escribe es aparentemente un libro? ¿Cómo debemos entonces recibir y acoger la escritura de Derrida? El libro tal y como lo hemos comprendido es parte de un contexto muy específico, ese mismo que Derrida define como el etnocentrismo más antiguo, el del logocentrismo y su derivado el fonocentrismo, privilegio de la escritura alfabética como portadora de significados.

No es entonces gratuito que Derrida comience su texto apelando a la cuestión del lenguaje. Específicamente, comenta que el lenguaje es la inflación del signo mismo. Lo que Derrida quiere decir con esto es que damos por sentado que la materialidad del signo lenguaje ocasiona la impresión de que casi con solo leerlo ya sabemos de lo que estamos hablando.

En este orden de ideas, la comprensión que hoy en día tenemos del lenguaje es que este es ante todo un sistema de signos y que cada signo está conformado como significado y significante. El significante en esta comprensión es el soporte material del significado, la sustancia fónica, la imagen acústica en la que se sostiene una definición. Por otra parte, el significado sería la imagen mental precisa y específica a la que nos lleva el significante. De este modo, la palabra, la escritura fonética, se cierra en sí misma y toda significante comportaría inmediatamente un significado.

No obstante, hagamos un pequeño ejercicio ¿En qué pensamos cuando pensamos en la escritura? A riesgo de equivocarme, creo que puedo asegurar con cierta seguridad que al escuchar este significante inmediatamente en lo que pensamos es en la escritura alfabética, sin embargo, esta palabra, la de escritura ¿Realmente quiere decir escritura alfabética? ¿No será que antes bien caemos en una confusión? ¿No ocurrirá lo mismo con la palabra lenguaje como cuando se dice que un niño con discapacidad intelectual no tiene “lenguaje”?

Derrida sin embargo dirá lo contrario: no solo no hay lenguaje antes de la escritura, sino que la escritura es la posibilidad misma en todo caso de un lenguaje y si lo hubiera, quizás, si eso fuera posible, del significado. Es elocuente lo que dice casi el principio de este texto cuando afirma que:

Significante del significante» describe, por el contrario, el movimiento del lenguaje: en su origen, por cierto, pero se presiente ya que un origen cuya estructura se deletrea así —significante de un significante— se excede y borra a sí mismo en su propia producción. En él el significado funciona como un significante desde siempre. La secundariedad que se creía poder reservar a la escritura afecta a todo significado en general, lo afecta desde siempre, vale decir desde la apertura del juego. No hay significado que escape, para caer eventualmente en él, al juego de referencias significantes que constituye el lenguaje. El advenimiento de la escritura es el advenimiento del juego: actualmente el juego va hacia sí mismo borrando el límite desde el que se creyó poder ordenar la circulación de los signos, arrastrando consigo todos los significados tranquilizadores, reduciendo todas las fortalezas, todos los refugios fuera-de-juego que vigilaban el campo del lenguaje (Derrida, 2012)

Es decir, el lenguaje siempre y en su origen es materialidad. Lo que nosotros creemos que representa la derivación del lenguaje y lo que señala un significado es en realidad el rostro, la posibilidad del mismo y lo que apertura un orden de lecturas, des desplazamientos y diferencias que no necesariamente de significación.

La escritura alfabética o escritura logocéntrica apuesta a la estabilización del significado y el cierre del juego, la escritura por otro lado no es sino un momento en la temporalidad de las lecturas, lo que abre las puertas siempre a otras lecturas. De este modo, la palabra lenguaje solo señala como posibilidad a la escritura alfabética, pero la escritura alfabética no significa por completo lo que en todo caso el lenguaje puede ser.

Empero, no terminamos de salir de la época de la escritura logocéntrica. No es casualidad. Son cientos e incluso miles de años de existencia de la misma. La existencia de una escritura que deriva de la idea de que existe una esencia, una naturaleza, una verdad, un mundo, un lenguaje y un orden inteligible siempre opuesto a la escritura como artificialidad, representación y punto de acceso a un mundo allende o más allá de este.

Es interesante observar cómo, pensada de este modo, la escritura alfabética, apela a la existencia de un mundo trascendente, a una escritura originaria, a una verdad que solo seríamos capaces de leer a través de la escritura. Es en este marco en el que aparece el libro como instrumento capaz de hacernos acceder a ese mundo originario y mucho más verdadero de este. Si voy a leer una escritura es porque esta apunta más allá de sí misma.

Lo antes dicho se puede observar de una manera un tanto más clara en la idea de lo diagnósticos y de la discapacidad intelectual. Se asume que si leemos un trabajo una escritura es para encontrar en ella un significado que nos lleve a decidir si quien la escribió es normal o no, si esa escritura deja traslucir un logos que incluso estaría inscrito en nuestras neuronas y en nuestra carga genética de tal modo que quien no sea capaz de escribir como se debe sea sospechoso de tener una discapacidad intelectual o alguna otra “enfermedad”.

Es por ello que Derrida señala el fin del libro. Leer un libro después de Derrida no significaría, al menos de entrada, leer una verdad absoluta, desentrañar todos los secretos últimos del universo, sino todo lo contrario, entrar en el juego de la escritura, es decir, entrar en el juego de la huella, la tachadura y la diferencia (difference).

En este juego, el significado, si es que es posible aún hablar de uno no sería sino huella y tachadura. Lo que nosotros podemos llegar a significar no es el ser, en todo caso es la manifestación de una estructura lingüística junto a todas las posibilidades que esta abre, pero no la esencia de algo. Esta esencia quedaría tachada justo en el momento de la escritura. Es justo en ese momento es que se abriría la posibilidad de la escritura como una huella. Al no poder decir el ser, este se desplazaría desde el diferimiento de un significado absoluto, hacia la diferencia, hacia la posibilidad de otra cosa. Allí donde lenguaje quería decir en realidad escritura alfabética, ahora sabemos que en todo caso la materialidad que sostiene esta palabra nos remite a un juego en el que el ser y el significado siempre están diferidos, es decir, en diferencia.

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