Efraín, narrador de la infancia -nuestro guía- recorría los senderos por donde años atrás había jugado, mientras su padre trabajaba en la zona arqueológica de Palenque que empezaba a adaptarse a las visitas turísticas. Nos contaba sobre la fauna, vegetación, frutos, entre otras cosas que la naturaleza susurra cuando la leyenda camina entre tierras, como si el aire que desprenden las hojas contará la historia de lo que sigue pulsando. Efraín se volvía mas que nuestro guía en un traductor del tiempo, un intérprete de los árboles.
Los árboles más inmensos -en su mayoría- eran rodeados por otro más “que crecía como parasito” decía Efraín, porque se alimentaba del tronco principal y crecía a la par del central, lo va rodeando, abrazando lentamente, hasta estrangularlo; el tronco principal muere mientras que el Ficus queda vivo por ahora.
Lo curioso del Ficus Estrangulador es que cuando asfixia al árbol principal con su abrazo de muerte, este también muere progresivamente, el árbol del que se alimentaba con sus brazos nocturnos muere en su interior y por consecuencia el “parasito” muere también. Evidentemente múltiples fenómenos “naturales” ocurren así, tal como el virus que no es una entidad viva y se propaga en un organismo que si lo es. El Ficus tiene la singularidad de que puede crecer de arriba hacia abajo, pues sus semillas son dejadas por las especies que habitan rozando los cielos ambivalentes (los murciélagos y las aves) y dejan en el excremento la semilla del Ficus, dando este increíble (y aterrador) fenómeno.
Algo también crece con nosotros como la muerte, algo nos abraza fría y ahogadamente hasta sumergirnos en la oscuridad de nosotros. Esta tendencia que Freud vislumbraba “vive” junto a la vida, está ahí para lograr atravesarnos y quizá, matarnos. Curiosamente el Ficus como la Pulsión requieren de un cuerpo donde crecer (y abrazar). Una interpretación moralizante plantearía la eliminación del Ficus (así como la muerte) porque estrangula la vida, pero de inicio es imposible eliminar una vez crecido el Ficus, además, su potencial crecimiento aéreo (de arriba hasta abajo) brinda alojo y alimento a otras especies, en el interior de la muerte algo se alimenta. Así como otras especies necesitan del fruto, así el humano brinda con sus destellos pulsionales creaciones de diversas índoles (¿no es así como por años se interpretó que las musas descendían (arriba abajo) para “iluminar” a los poetas?) que, de alguna manera, nos alimentan
En otras palabras (no soy biólogo ni nada, ni pretendo decir algo novedoso sobre la biología) el Ficus me hace pensar la vida en su gran expresión dialéctica ya consabida; vida y muerte son parte del mismo tronco, vida y muerte comparten la asfixia de su abrazo.

