Ya amas al viento

Un comentario sobre el poemario «Algunas olas nítidas para un autorretrato» por Ceci Hernández

¿Qué es amarse así mismo si eres una región desértica y exuberante pero extraña para ti mismo? El mundo dado es una azarosa herencia, determinaciones impuestas desde el insomnio gigante, los dioses carcomen los templos de nuestra sumisa creencia. No somos más que recuerdos, imágenes agónicas que tocan la cabeza para intentar decir algo propio, estable. Y el mundo se vuelve opaco, que, si la sustancia te sabe a vida, el desparramo incierto que traen las negruras de la lluvia, las que entran con la ventana, el recuerdo invade, se incrusta en las pieles para repetirse seguidamente, la sustancia que conlleva ser parte de la locura racional.

A veces pienso que el lenguaje es un espejo roto: nos devuelve fragmentos de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que quisiéramos llegar a ser. “Algunas olas nítidas para un autorretrato” fue andar sobre sobre esos reflejos astillados, despacio, reconociendo mi rostro en cada palabra de ese calidoscopio de imágenes que me reconstruyen desde otras posibilidades

Hay algo en esta escritura que me confronta: la necesidad de decir lo indecible, de nombrar aquello que ya se ha desgarrado. Como maestra en formación y como mujer joven que intenta habitar un mundo tan complejo, me hace pensar que no podemos evitar preguntarnos: ¿qué significa nombrar las cosas en una realidad que tantas veces nos deja sin palabras? ¿Qué significa enseñar el lenguaje en un país donde muchas voces siguen siendo silenciadas?

Roberto Velázquez nos ofrece un autorretrato que no se mira al espejo, sino al lenguaje como lugar de fractura. Pero también como posibilidad. Y eso conecta con nuestras vidas diarias. Como diría Pablo Neruda: “Algún día, en cualquier parte, en cualquier sitio, indefectiblemente, te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”. Este poemario en ese sentido, es una forma de encontrarse a una misma: no desde la completud, sino desde la grieta; desde la falta, esa que nos hace deambular en la desnudez de la vulnerabilidad.

Nos dice Roberto “Aún queda desvanecida tu inmensidad reflejada, el espejo topa con el soplo de tu labio, en espera de una voz, verterme por tu ala, y las llamas se encienden, con la noche desaparecida quemas tu paso incierto de palabras cómodas, temblores al abrir la ventana, y el grito irrumpe mi pecho con odio divino, retomas incierta las llamas al viento, llamas al viento, ya amas al viento, ya más al viento, desierto abandono de voz, en tus ojos con nube lunar. Observo fusilado el mismo camino, de grietas, historias y aladas noches”

herida que arde con ternura, habla desde la voz quebrada que intenta sostener el asombro, el amor, la ausencia, y también la esperanza, se construye desde imágenes que titilan como brasas, como si las palabras fueran un espejo humeante en el que cada quien pudiera reconocerse en su fragilidad o en su deseo de vuelo.

el yo poético se desborda hacia otro ser, hacia un tú inasible, quizá un amor, quizá el propio destino, quizá el misterio de existir. El espejo aquel símbolo de la identidad y de lo que se refleja pero también se rompe, nos coloca frente a la duda de lo que somos cuando esperamos ser escuchados, cuando arde el pecho con un grito que no siempre encuentra respuesta.

Las llamas y el viento construyen una danza simbólica, lo que arde y lo que se lleva. Así, el poema retrata la inestabilidad del amor, la pérdida, la transformación de lo que duele en algo que vuela. El juego con la palabra “llamas” que se convierte en “ya amas” y “ya más” revela cómo en el lenguaje se encierra el alma de quien escribe, y cómo esa alma, al nombrar, transmuta su dolor en algo compartible.

 Las palabras de este poemario también es una respuesta sutil, pero firme, al despojo. Porque en este país donde lo simbólico a menudo es lo primero que se mutila el lenguaje, la educación, la memoria, escribir es un acto de resistencia. Nombrar las cosas, aunque no las salve, nos salva a veces a nosotros, nos salva de la desmemoria, de la indiferencia, de la anulación.

Y por eso este libro importa porque no sólo habla de lo íntimo, sino que se planta desde lo íntimo para decir lo que es colectivo, porque su forma fragmentaria, interrogativa, también es una manera de decir “estamos buscando, seguimos nombrando, seguimos vivos

Nos enfatiza el poeta Roberto “Son días difíciles los que cargamos por la calle, pensando las vidas de cortas alas que agitan en lo profundo, que ignoramos a la muerte por su enorme cercanía, por su elegante ropaje, de altares robustos por todo su cuello.         

Que olvidamos lo profundo que involucra su caída de pez certero por las          m a r e a s r o c o s a s, quizá por el enigma de su muy rostro, por el dolor encarnado al pecho que trae su perfume, junto a la letra que evoca su nombre.”

Me atraviesa como si lo hubiera hecho porque hay versos que no necesitan ser propios para doler en nuestra carne, para hablarnos con la voz que no sabíamos que teníamos adentro.

Roberto, con mano temblorosa y corazón lúcido, ha logrado acercarse a uno de los misterios más complejos de la existencia, “la muerte”. Pero no lo hace desde el dramatismo ni la desesperación. Lo hace desde un silencio que sabe mirar, desde una palabra que no busca respuestas, sino preguntas que se quedan resonando.

Aquí, la muerte no es enemiga ni sombra, es presencia cotidiana, se viste con ropajes finos, camina por la calle con nosotros, se detiene en los altares de los días comunes. Es un pez que cae en las mareas rocosas de la vida, y también una letra escrita con perfume y sangre.

Está palabras nos hace recordar lo que intentamos olvidar, que todo se acaba, y que justo por eso, todo importa, que los pasos que damos están tejidos de finitud, pero también de memoria, de belleza, de amor que no se borra.

La voz del poeta Roberto no nos grita, nos susurra, en ese susurro hay una fuerza brutal, porque no pretende convencernos de nada, pero nos deja con el pecho abierto, como si algo antiguo se hubiera despertado en nosotros.

Me permitió sentir el duelo, acompañarlo en la travesía y también mirar lo efímero con ternura porque tal vez, como dice las palabras en  su respiración secreta, no venimos a escapar de la muerte, sino a aprender a nombrarla con delicadeza.

Yo también escribo o intento hacerlo para no callar. Para sostener la memoria de los días, para que el lenguaje no sea sólo forma, sino también gesto, y leer este libro fue, para mí, una confirmación de que la poesía todavía puede ser un lugar de encuentro entre lo que somos y lo que no hemos podido ser.

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