Por Ceci Hernández.
Me gusta que me llamen Ceci Hernández. Tengo 22 años y estudio en la Escuela Normal de Educación Inclusiva “Graciela Pintado de Madrazo”. Desde las aulas donde me preparo para ser maestra, he aprendido que la vida se nos va, a veces, entre timbres y recreos, pero también se queda en las miradas curiosas de los niños. La poesía, para mí, es una forma de detener el tiempo, de contemplar un atardecer y encontrar en él una respuesta, o al menos una pregunta dulce. Escribo porque tengo mucho que decir, porque quiero dejar una huella, transmitir lo que siento y lo que veo, como quien extiende la mano para compartir algo que no se ve, pero se siente.
I.
La cabeza es un mar que no cesa,
un oleaje claro, oscuro, claro,
un solo cuerpo que se rompe en su propio flujo.
Es un animal herido que no sabe morir,
es un sabotaje íntimo,
una exasperación mansa que crece entre sus propios dientes.
La cabeza sangra sin herida visible
la calma es un fantasma que se sienta al borde
y cada pensamiento es una piedra lanzada
contra el frágil cristal de la paz.
La nostalgia, ay, la nostalgia es un espejo hecho de cenizas,
una astilla que llama por un rostro perdido,
una puerta que se abre siempre hacia atrás.
Yo no soy más que un eco dentro de mí misma,
una suma de fragmentos que no terminan de encontrarse,
una corriente que no se decide entre hundirse o cantar.
Mi cabeza, mi nostalgia, mis ruinas brillan,
como el mar bajo un cielo que no promete sol ni tormenta
solo el temblor de lo que sigue latiendo.
II
No es que yo camine por la ciudad,
es que la ciudad camina conmigo.
Se adhiere a mi cuerpo como niebla,
como un secreto que solo se revela
cuando ya estoy lejos.
No necesito nombres de calles,
la reconozco por el latido de los semáforos,
por el eco de pasos que no son míos
pero me rozan el alma.
En una esquina,
una mujer arrastra su sombra
como si no supiera qué hacer con ella.
Un niño ríe y no sabe por qué,
y yo lo envidio.
Un hombre grita al teléfono
como si le gritara a sí mismo,
y yo lo escucho,
porque en su rabia también estoy yo.
La ciudad se cuela por mis ojos,
por las grietas que dejo abiertas
para sentir que sigo viva.
Y no, no es bella,
pero a veces, justo antes del atardecer,
cuando el cielo se parte en oro y humo,
la ciudad parece cantar en voz baja
una canción que solo entienden
los que han aprendido a perder.
Camino.
Y mientras camino,
veo cuerpos apurados,
bocas cerradas,
miradas que no se detienen.
Veo belleza en los detalles que nadie nota:
en el anciano que saca a su perro como si fuera su nieto,
en la chica que se pinta los labios con rabia,
en la bicicleta abandonada que aún sueña con correr.
Yo también me he sentido abandonada.
Yo también he sido ciudad.
A veces, me detengo frente a las vitrinas
no para comprar,
sino para buscarme en el reflejo:
¿Quién soy entre tanto ruido?,
¿Quién me habita mientras yo habito esta calle?
La ciudad no es cruel,
es indiferente.
Y eso duele más.
Pero sigo.
Sigo aunque me duela la espalda,
aunque el corazón me pese.
Porque hay algo en este andar que me salva.
Porque cada paso,
cada mirada robada,
cada historia que no conozco
me reconstruye un poco más.
Y tal vez no escribo para entender la ciudad,
sino para entender lo que ella despierta en mí.
Porque a veces, solo a veces,
cuando la noche se posa con suavidad,
y la ciudad baja la voz,
yo también bajo la mía.
Y me digo:
aquí estás.
Aquí sigues.
Y eso, por hoy, basta.
III
Cada día, cada noche, es jornada,
ya en vigilia, ya en sueños suspendida.
Y yo cruzo la hora, descalza,
con el alma un instante detenida.
La permanencia late en lo que miro,
más allá del temblor de mi costado,
como un río sin fin donde suspiro
por lo que fue, por todo lo callado.
El sonido del tiempo me rodea,
tic, tac, tic, como lluvia transparente.
Los relojes murmuran, nadie los vea,
pero caen los minutos, lentamente.
Allá lejos, los peces van flotando,
pilotos de su ruta sin destino.
Son reflejo de mí, también buscando
un sentido en la orilla del camino.
Yo guardaba cerillas en el bolso,
no por fuego, sino por las estrellas.
Cada fósforo era un faro en mi sollozo,
dibujando constelaciones bellas.
Aprendí que hay silencios más pesados
que palabras que nunca se dijeron,
y que hay días que pasan apretados
como abrazos que al tiempo no volvieron.
Una vez, en la calle, me detuve.
Todo el mundo giraba en su rutina.
Y sentí que el reloj no se conmueve,
que la vida no espera ni adivina.
Me dolió descubrir que sigue el mundo
aunque el alma decida no moverse,
pero supe también que en lo profundo
detenerse es, a veces, sostenerse.
No sé bien si mis actos tienen peso,
si lo que hago es semilla o es ceniza,
pero a veces, al borde de algún beso,
mi memoria florece y cicatriza.
Cada herida, cada paso que dolía,
cada risa que no quise perder,
son pedazos de luz que, todavía,
guardo dentro, por si vuelvo a caer.
Y el mundo está ahí, callado y persistente,
girando aunque mis ojos no lo vean.
Con peces, con relojes, con la gente
y conmigo, que siento y que aún crea.
IV
Mi nostalgia es una cuestión de espejos rotos.
No por el estruendo del olvido,
sino por el leve temblor de las ausencias que insisten.
Son pedazos de ti, papá,
repartidos entre las cosas que no supe nombrar cuando estabas,
entre los silencios que hoy me hablan más que ninguna palabra.
Y no lloro todos los días,
pero hay días en los que el aire pesa distinto,
como si tu sombra hubiera pasado de largo
y me rozara apenas,
como si recordara el camino hacia mí,
y se detuviera,
como tú te detenías,
cuando sabías que yo no sabía que te necesitaba.
Hay momentos en que siento que todavía estás,
no como un fantasma,
sino como una raíz profunda,
como un eco que no se apaga aunque el mundo haya seguido.
A veces me hablas, sin voz.
Te escucho en el goteo lento del tiempo,
en el calor del sol que entra por la ventana como antes,
en la forma que tengo de quedarme callada cuando pienso en algo grande.
Esa forma es tuya.
Me enseñaron que el duelo es un mapa sin sendero fijo,
que a veces se camina con los ojos cerrados,
con los pies descalzos sobre vidrios que cortan,
pero también sobre tierra fértil que algún día dará flor.
Que hay días de furia,
días en que quiero reclamarle a la vida su injusticia,
como si la muerte debiera pedir permiso antes de irrumpir.
Y hay otros en que solo quiero abrazarte,
como cuando niña me escondía en tu pecho y el mundo se deshacía.
Pero ahora me escondo en palabras,
porque es lo que tengo.
Porque nombrarte es una forma de no perderte.
Porque escribirte es sostener lo poco que aún puedo tocar de ti.
El dolor, al principio, parecía una tormenta sin fin.
Una marea alta que no sabía de treguas.
Pero he aprendido que no todo dolor es oscuridad.
A veces, es la manera más honesta que tiene el amor de quedarse.
El duelo no es la ruptura del vínculo,
es su continuación más callada.
Una forma secreta de seguirte hablando,
de seguirte queriendo
sin que el mundo lo note.
Y yo te hablo.
Aunque no respondas.
Aunque solo conteste el viento.
¿Dónde estás cuando no sueño contigo?
¿Dónde reposa ahora tu risa?
¿Quién me dice que todo va a estar bien
cuando el día parece venirse abajo?
En la memoria te vuelvo a encontrar:
caminando por el pasillo,
llamándome con ese tono que ahora vive en mi interior,
diciéndome que tenga cuidado,
que coma algo,
que no me olvide de descansar.
Y no lo hago.
No olvido.
A veces me doy cuenta de que hago cosas como tú.
Que repito tus frases.
Que me enojo como tú.
Que amo con la misma intensidad con que tú me cuidabas.
Y entonces sé:
no te has ido del todo.
Estás en lo que soy,
en lo que hago sin saber por qué,
en lo que siento cuando me acuerdo de ti
y no me duele, sino que me abrazo.
A quienes han perdido lo irremplazable,
a quienes tienen una silla vacía que nunca podrá llenarse,
les digo:
no están solos.
Que llorar es recordar.
Que doler es amar de otra forma.
Que uno nunca supera a quien ha amado con todo el cuerpo,
pero aprende a vivir con la huella.
Y esa huella puede ser luz.
El amor no se termina con la muerte.
El cuerpo se va,
pero el vínculo —ese hilo invisible y feroz— permanece.
Y en los días más oscuros,
ese vínculo se convierte en faro.
Un faro encendido por ti,
que no guía barcos,
sino mis pasos inciertos.
Un faro que no emite ruido,
pero me recuerda, sin palabras,
que aún puedo avanzar,
aun cuando el mundo parece haberse detenido en el instante en que partiste.
Hoy sé que mi vida está hecha de fragmentos:
de amor,
de pérdidas,
de días donde todo parece en calma
y de otros donde la memoria me desborda.
Pero cada uno de esos trozos me pertenece.
Y entre ellos, papá, estás tú:
quieto,
tierno,
inmenso.
Como un sol en miniatura,
escondido en los restos de un espejo
que aún, a pesar de todo,
sigue brillando.


Deja un comentario