Después de Circaria: Sobre una Tradición poética por venir

Los márgenes territoriales son composiciones políticas y sociales más que una representación geográfica, el hecho de llamarse Tabasqueño un territorito, nubla la posición de una identidad en el mismo, apuntaría más bien a las configuraciones de un tipo de subjetividad articulada en la historia de ese territorio, de un pasado que se afirma en el presente como estilo particular. El ángel de la historia que resaltaba Walter Benjamín arrastra sus restos en un imposible contacto, pues es empujado por el viento del progreso. Es asi que la historia de un territorio se configura en imágenes, no en geografías, se hila en representaciones, no en ideologías.

Ser Tabasqueño representa una imagen icónica en una tradición inscrita imposible de tocar, porque no representa el ideal de una identidad configurada por la geografía, ni por un pasado que se reafirma en la escritura, se cargan con las imágenes de voces icónicas pero nunca se afirman tal cual estas fueron en el pasado; el presente es un viento difuso de nombrarse como nombre propio. No obstante, no nos concierne las configuraciones identitarias, lo que aquí nos convoca es la Poesía “Tabasqueña”, la tradición histórica que encarna un difuso devenir y una imposibilidad de nombrarse como “Identidad de escritura” es una paradoja que conllevan los trazos desde este lugar.

Los territorios y los desbordes del lenguaje no permiten la captura de una categoría analítica, algo de “eso” se desliza. Tal como lo piensa Anahí[1] Mallol:

el lenguaje se abre hacia conceptualizaciones más amplias y propicia la idea de pensarlo como transterritorio, es decir, como un territorio que atraviesa a los otros, des-territorializándolos y re-territorializándolos, pero también como un territorio que se deja atravesar por otros discursos, proponiendo territorializaciones nómades (p.9).

Circaria es el neologismo que ocupa Miguel Ángel Ruiz Magdonel para pensar la poesía después de la hegemonía de las tres grandes figuras literarias del Estado Tabasqueño: Carlos Pellicer, José Gorostiza y José Carlos Becerra, poetas que dejaron fuertes marcas en la tradición poética de Tabasco. El año de los setenta -en donde perecieron- dejó un legado importante en las letras del territorio. El trabajo de Magdonel fue analizar a los ocho poetas en los 80, periodo donde inicia la aparición de las obras de Ramón Bolívar, Ciprián Cabrera Jasso, Teodosio García Ruiz, Freddy Domínguez Nárez, Francisco Magaña, Mario de Lille, Níger Madrigal y Jeremías Marquinez. Estos autores componen un acontecimiento sin precedentes de la poética mexicana, el Estado que más albergó poetas vivos y publicados, pero con una aparente distancia entre cada uno. La poesía que configuró Tabasco en esos años fue una década de oro en las publicaciones, un rompimiento con los esquemas tradicionales de la poética tabasqueña, la metáfora de la naturaleza y el abuso de las imágenes del río fueron superadas por una estilística distinta, autores comprometidos con la tensión del lenguaje y sus matices que logran el desborde de la categoría imperante del Amo Poesía.

 Hoy día los autores comprometidos con el lenguaje parecen diluirse, las producciones ampliamente difundidas no representan un trabajo serio de escritura, el hecho de que el aura de la obra haya sido sacada de los museos (o recitales) va configurado un espacio donde todos podamos escribir. Sin embargo, estas escrituras muestran, en su mayoría, una venta de la voz-poema como objeto de mercancía y de inflamiento del Yo, imagen narcisista que se refugian en los puñados de hojas impresas con su nombre, no hay un compromiso estético con el lenguaje, no existe una preocupación seria que tensione la expresión.

Los poemas y libros celebrados en los festivales “más importantes” en las ferias de libros, eventos culturales, hablan nuevamente de la naturaleza y sus paisajes, escriben sobre las ideas de superación personal que vende el neoliberalismo, se reproduce culturalmente una estética de los 70 cuando la escritura comprometida se ha caracterizado por el quiebre de la tradición. El poema y la poesía parecen no haber sido superados desde Pellicer. Esto nos propondría la ardua tarea de determinar que implica escribir hoy.

Escribir hoy, tema que tensiona no solo el ámbito del libro y la obra, sino todo aquello que posibilita su inscripción en la cultura. Walter Benjamin[2] refiere a la técnica de la obra de arte como un registro de la cultura y sus composiciones de creación; la obra no está aislada del contexto social y político porque también conlleva un posicionamiento est-ético de la actualidad, lo que Agamben[3] piensa del Contemporáneo; escribir implica una mirada a las so(m)bras que las luces producen, ver la oscuridad que siempre le respira a lo prospero, ¿Cómo escribir de la belleza de los pantanos cuando estos están siendo contaminados? ¿Cómo escribir sobre la grandeza de la ceiba si fríamente está siendo cortada? ¿Cómo escribir sobre la superación personal si se está en medio de una guerra de violencia que desaparece, tortura y asesina a gente inocente? Escribir hoy implica ver las sombras, recuperar el pasado y hacerlo diferente, en relación de una contemporaneidad que nos habita.

Pensar la poesía como un fenómeno para clasificarlo, es una tarea imposible que solo tensiona a los estudiosos del tema, sin embargo, tendríamos que suponer a la poesía como un “hacer” fundamental más que un género literario para inscribirlo en la crítica. La voz del poeta emerge de la dislocación de las estructuras hegemónicas de la escritura-lengua, es decir, los enunciados no componen una categoría analítica que se clasifiquen como poéticas, los libros tampoco son objetos cuyos sujetos son los denominados “Poetas”, la difícil clasificación de los enunciados, que resaltaba Bajtín, no es funcional, ya que entre “Géneros” se reabsorben, se complejizan, y no es posible enunciar un borde territorial entre un estilo y otro. No podríamos clasificar, por ejemplo, el cuento de la quinta historia de Clarice Lispector dentro del Cuento (en mayúscula); el Significante del género se desparrama.

El significante Poesía también encuentra sus desbordes, de inicio porque este es “símbolo de una ausencia[4]” (p. 36) y ruptura de tradiciones. La cuestión poética implica el ejercicio de una voz, si seguimos a José Gorostiza, la voz que emerge en la poesía es una voz estilizada, este estilo es una singularidad que solo se alcanza en un vínculo bidireccional entre el poeta y su afuera. El poema entonces conlleva la unión de la voz, entre el decir y el hacer, y lo que acontece en el mundo, la condición Heideggeriana[5] del Ser-ahí constituye que este sujeto arrojado al mundo, es afectado por el mismo.

Jackobson[6] atribuía a la poesía como el mensaje en sí mismo; un mensaje que apuntaba directamente al mensaje. Lacan, al hablar del significante refiere a una incidencia, un movimiento constante, que nunca articuló una esencia en un signo, debido a que la unión palabra-cosa nunca fue sustancial, sino enunciativa, fue más política que verdad. La palabra no anuncia la cosa, sino un acuerdo mismo del lenguaje, un mensaje. Entonces esto hace que el lenguaje mismo sea una ficción, pero no olvidando lo que pulsa del mundo, imposible ignorar la experiencia que atraviesa al sujeto que la instancia de lo simbólico (piénsese en la materia del sentido y la palabra) no alcanza a representar todo lo que este atraviesa. La experiencia es significante, puede ser escrita, de ahí la polisemia de la poesía y sus composiciones; poema, verso y ritmo.

El verso compone una serie de enunciaciones nominativas, se da un sentido distinto a las cosas, el mundo pasa articularse a su singularidad inicial, se habla desde ese temor que Descartes tenía sobre las impresiones infantiles, aquellas que ponían al cuerpo en su relación a la experiencia. El Poeta entonces enuncia una lengua materna, mamalenguaje[7]  en la que no es necesario dar sentido de las palabras que articula (eso pertenecerá a los “géneros científicos”) sino el juego de la lengua, el ejercicio puro de la infancia y el poema. Esta lengua entrecortada y oscura ya la había dilucidado Heráclito, como lo irracional y lo corp-oral, la oscuridad de lo que se anuncia.

Esta acción constitutiva, donde se le arrancan las palabras del Amo, así como Yzur en su agonía enunció “Amo, agua, Amo, mi Amo”, y la burla al sentido/razón que intentaba atribuir el científico-Amo, para empezar –desde el silencio- una sigilosa articulación-otra de las oraciones, atribuyendo otras esencias, otras nominaciones de las cosas que nunca supusieron una esencia en el vinculo palabra-cosa:

Pero la vida es la gran respiración de la muerte, el ruido de las pisadas de nuestras propias hormigas (José Carlos Becerra)

El ojo es una alcándara de luz en los espejos (Jeremías Marquines)

El adiós es una sombra de la ausencia (Francisco Magaña)

Atribuir otras esencias representan una forma de relación con la realidad, el salto semántico (o la ruptura del signo) permite notar la polisemia y usos que podría tener la palabra. El reino de las esencias y del signo lingüístico encuentran rupturas en la voz del poema. El poema entonces es la articulación de la experiencia de una lengua singularizada, atravesada por la tradición y por la puesta en acto del deseo de decir algo por parte del poeta en el difuso presente. Traer a la luz, es lo que hace el poeta, sacar de la oscuridad una cosa y mostrar otra versión.

Que alcance -lo que se piensa y se escribe- un cierto vuelo en el presente, para pensarlo con Elvira Hernández.

El poema y la poesía Tabasqueña ha girado en la producción de voces singulares, no existe como tal “La poesía tabasqueña”, no existe un margen identitario del tabasqueño y sus poemas, sin embargo, tampoco debe haber una reducción de los estilos a meras metáforas de lo natural sin ser contemporáneos a como lo piensa Agamben. La tradición tuvo un momento histórico y político que hoy es necesario plantearse críticamente al situarnos frente al abismo del papel en blanco ¿Quiénes escriben con la mirada al imposible presente? ¿Desde dónde nos posicionamos para escribir?


[1] Anahí Mallol. La poesía como transterritorio: Trayectos teórico-críticos. Ediciones de la FAHCE

[2] Walter Benjamin. La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. ITACA

[3] Giorgio Agamben. Desnudez. Adriana Hidalgo Editora

[4] Lacan, J. El seminario sobre “La carta robada”. Siglo XXI.

[5] Martin Heidegger. Ser y Tiempo. Fondo de Cultura Económica.

[6] Roman Jackobson. Ensayos de Poética. Fondo de Cultura económica

[7] Jessica Bekerman, Infancia/Infamia, Lo infantil, la experiencia, el lenguaje.

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