Consumos problemáticos y la dimensión del Tiempo.

Transcurrían los años de 1960- 1969 y desde los 14 años era a lo que se le llamaba como “adicto rebelde”, perteneció a las protestas estudiantiles de Italia en esos años, aunado a las protestas proletarias que también tenían lugar a la par. El lema del movimiento juvenil era “somos huérfanos” como una resistencia ante los regímenes de poder más primitivos: la familia. Su padre golpeaba a su madre constantemente, su madre tendría otro hijo que a su padre no le quiso dar. El nombre de este adolescente era Eros Alesi quien a sus 19 años decidió terminar con su vida, dejando una serie de poemas en los “refugios temporales que habitaba”. Uno de sus escritos más potentes, un poema del cual pudo sacar del teatro de la infamia unas pocas líneas de consuelo, (in)titulado “Querida, dulce, buena” como referencia al papel de lo que había perdido y que seguía insistiendo, una madre, un pecho, la sensación de goce que ya había sido mutilada: querida, dulce, buena: sensación imaginaria del recuerdo, simulada por la sustancia:

Querida, dulce, buena, humana, social, mamá morfina. Que tú, solamente tú, dulcísima mamá morfina, me has querido bien, como yo quería. Me has amado totalmente. Yo soy el fruto de tu sangre. Que solo tú has logrado que me sienta seguro. Que tú has logrado darme el cuantitativo de felicidad indispensable para sobrevivir…

Eros Alesi.

El presente escrito pretende desarrollar algunos puntos articulados en las 8 sesiones, temas que me hicieron replantear la condición actual en la que vivimos, los sujetos que produce y las “soluciones” en la elección de la operación farmakón para aliviar el dolor que caracteriza la vida cotidiana. Se concibe que la singularidad de esta relación tiene que ver con la historia de cada sujeto y cómo la droga se inscribe en una relación muy particular, así también como el tiempo de la modernidad se convierte en una dimensión artificial bajo el intento de obturamiento que la falta conduce a intentar taparla (u olvidarla) parcialmente. ¿Qué representa la sustancia para el sujeto? ¿Cómo la condición moderna genera una solución tan atractiva vía la intoxicación?

Condiciones modernas

En el Malestar de la Cultura[1], Freud empieza con un análisis sobre la sensación mesiánica del Yo con el Todo, muy característico de las religiones y su unión con Dios, el sentimiento abrumador de la presencia de otro, que más adelante abordará como el Padre anhelado. Una función ubicada en la infancia[2] que emerge constantemente, como una sensación ante el destino inevitable. Lo interesante que comenta es que esta unión del Yo con el Todo y del Yo con el Exterior, resulta no demarcar límites claros, no hay una frontera como tal que marque el inicio de cada uno. Por ejemplo, menciona Freud, en el enamoramiento el sujeto se disuelve con el objeto, se desvanecen los límites entre estos (p.67) como si el estatuto del sujeto se encarnara en el objeto perdiendo sus bordes.

El consumo de la sustancia opera en una relación dentro del sujeto como una forma de obturar una falta constitutiva, el intento de tapar un hueco, un malestar sentido en el cuerpo. El lugar de una infancia sepultada que no deja de no escribirse. Al tomar contacto con “lo exterior” deviene el malestar, dolor y peso de la realidad en él, el principio del placer bajo su mandato tratará de empujar al sujeto a la descarga de la tensión.

 La aparición incesante de la falta se refleja como dolor, una sensación extraña del cuerpo que empuja a disolverla. Tal como lo comenta Freud, lo exterior se presenta como dañino, “la vida como nos es impuesta resulta gravosa” (p. 75) para ello han existido remedios para darle frente a la tensión del malestar: las distracciones poderosas, satisfacciones sustitutivas y sustancias embriagadoras, estas últimas son las más rápidas en aliviar el malestar, alterando directamente el quimismo del cuerpo. La vía de la intoxicación es la más efectiva para el alivio inmediato del dolor, su presencia en el cuerpo genera un doble efecto: sentir alivio y la incapacidad de la sensación de displacer. El obtener el refugio en un mundo propio con mejores sensaciones (p. 78).

Sin embargo, en la cultura donde Freud escribe, en 1929, se convierte en un heraldo negro del porvenir, a pesar de que aún no se veían los efectos violentos de los programas capitalistas y el consumo de las sustancias no se veía en los mismos niveles a diferencia de hoy, donde la información desbordaría toda forma de representación, el exceso y disposición para el consumo desmedido, la guerra contra las drogas que asedió en los países económicamente no tan poderosos (como México y la gran violencia que dejó como legado) programa que creó grandes variedades de sustancias para “elegir” cada vez más rápidas y destructivas opciones.

Sobre este punto, Byung-Chul Han[3] resalta a esta violencia como una violencia neuronal que aplica en la modernidad, el exceso de positividad que caracterizan la falta de una negatividad; este tipo de producción violenta con el exceso de lo mismo sin posibilidad de diferencia produce un tipo muy particular de sociedad, ya no las disciplinarias que resaltó Foucault, sino de rendimiento; La sociedad del rendimiento se caracteriza por el modal positivo poder (konnen) sin límites, una instancia que genera en el sujeto una saturación de todo, una saturación de lo mismo, las “enfermedades psíquicas” responderían al exceso de esta positividad, la relación con lo exterior se vuelve aún más difusa.

El sujeto que esta ensimismado y saturado, en un aburrimiento desmedido, se adentra a una dialéctica positiva que lo lleva a retornar a sí mismo, a lo mismo de una imagen fabricada por el rendimiento: el discurso capitalista y el discurso de la ciencia operan de la mano, dentro de este exceso de positividad producen la expulsión del sujeto del inconsciente y los síntomas contemporáneos que responden a lo mismo; Byung-Chul Han lo ejemplifica con la Depresión, califica al hombre que se explota asi mismo voluntariamente, sin coacción externa. “él es al mismo tiempo, verdugo y víctima” (p. 30). Similar al fenómeno que Recalcati[4] retoma para plantear la condición del humano, comenta cómo nuestro tiempo no solo tiende a producir comportamientos toxicomaníacos, sino que se configura a su vez como un tiempo intoxicado (p. 268).

El tiempo constituye un tema central de la reflexión en el “tiempo moderno”. Lacan en la conferencia de Milán de 1972 había comentado un ligero esbozo de éste, donde opera el discurso capitalista, el comentó: “Para nada les estoy diciendo que el discurso capitalista sea feo, al contrario, es algo locamente astuto, ¿eh? Locamente astuto, pero destinado a estallar”. El discurso capitalista como un pseudo-discurso que no involucra un lazo social, opera tan rápido en el sujeto que se consuma y se consume. Esto funcionaría dentro del sujeto como un mandato por seguir, un “auto” flagelamiento disfrazado de libertad, como lo piensa Byung-Chul Han que produce un hastío/dolor en el cuerpo. Pero ya no es el aburrimiento como lo mencionaba Walter Benjamín que permitía la creación, la emergencia del proceso creativo ante el silencio, porque en el aburrimiento actual no hay lugar para el silencio: hoy el silencio se convierte en el temor, el silencio como muestra de que algo falta: los aparatos electrónicos, los dispositivos web, y la droga, funcionarían como objetos obturadores de la falta que insiste en hacer presencia (pero no se le da el tiempo).

El ambiente acelerado, el exceso de la positividad, el tiempo out of joint como lo señala Paul Preciado[5]: “El tiempo está cambiando de piel. Y con el tiempo, todos los significantes sociales y políticos que segmentaban el orden de la modernidad” (p. 78). Todo esto forma un malestar, un tiempo intoxicado que producirá sus “soluciones”, sus propios fármacos contra la insoportable realidad.

Similar al planteamiento de Recalcati, dirá que con la producción industrial produjo una dimensión diferente del tiempo y una condición antropológica nueva: la extinción del sujeto del inconsciente. Lo argumenta en relación a que los padecimientos contemporáneos (anorexia, bulimia, toxicomanía), este sujeto hipermoderno que “actúa perversamente el escollo de la castración, operando una retractación radical, buscando así anular los efectos de limitación del placer que la castración simbólica tiene el poder benéfico de introducir” (p. 33). Esta “renuncia a la falta” procede a la eliminación del Deseo para abrir paso al goce; la alianza del deseo con la ley es lo que permite la experiencia del deseo propiamente, al disolverse la ley, el deseo queda dislocado sin poder hacer del vacío una falta, “es un vacío que narcotiza el ser mismo del sujeto” (Recalcati[6], p. 13)

Consumos Problemáticos

La noción de consumos problemáticos abre un panorama diferente a lo que en el discurso psicológico moderno se denomina adicto o toxicómano, categoría utilizada para marcar a alguien socialmente, sobre todo bajo el lema y la premisa de que es un dependiente a la sustancia, como si esta fuera la causante del consumo a la cual el sujeto sucumbió en sus encantos. Múltiples discursos emergen sobre esta noción de la primacía a la sustancia: campañas de prevención y combate a las drogas en las escuelas, la revisión aleatoria de orina en las Universidades para identificar quienes de la población consumen mariguana. Este tipo de acciones denotan el régimen hegemónico del saber médico que permea la academia y con ello las terapéuticas centradas en la identificación con un ideal (de no consumo): El ejemplo de las terapias conductuales con su abrupta separación con el objeto droga sin preguntar si quiera que representa en el sujeto dicho consumo, que opera en el sujeto para acceder a la sustancia.

La sustancia droga es un objeto producto de la técnica científica y de la cultura, es parte de los denominados nuevos síntomas según Recalcati, efectos específicos del discurso capitalista que tienen como resultado la expulsión del sujeto del inconsciente. En el libro El hombre sin inconsciente planteará la hipótesis de que en esta época donde permea el discurso capitalista, el tiempo del sujeto del inconsciente corre peligro de extinción, porque ya no hay tiempo largo del pensamiento, sino puro pasaje al acto, conducción no simbolizable, un tiempo y espacio intoxicado de sobre estimulaciones. Ya no hay una relación ética con el objeto, tampoco el síntoma reaparece como retoño de lo reprimido, hay pasaje al acto sin posibilidad de simbolizar.

El objeto farmakón representado como veneno y cura depende de la dosis que se suministre el sujeto, la elección del mismo como una forma de “quita penas” a como Freud lo pensaba, dependerá como su historia se haya constituido, una persona no se hace adicta solo por probar la sustancia. Esto lo resaltó con los estudios de la cocaína, al pensar que no era la sustancia lo que conlleva a la adicción, sino el efecto muy particular que produce en cada persona.

Ahora, algo importante por notar es sobre cuál es el efecto que produce la sustancia en el sujeto que lo lleva a una disolución con el objeto, al consumo excesivo del mismo sin mediación. Rik Loose[7] comenta al respecto: “la adicción es una elección de goce que es administrado independientemente de la estructura que determina el lazo social con otros”. El objeto droga no requiere del Otro para la satisfacción, un goce asexuado; sin lazo. En este sentido se toma como una operación narcisista[8] que puede prescindir del Otro pero cuyo efecto depende de la historia singular del sujeto.

Loose continuará con la dimensión de la culpa en la adicción, en algún momento el sujeto eligió la vía toxica del cuerpo y evadir el lazo social, eligió el efecto que esta causa en su cuerpo, por lo tanto, no toda la culpa recae en la sociedad. Pero en una cultura donde cada vez se excluye al sujeto y abre paso al consumo y goce, similar a la sociedad del rendimiento comentada antes, no es de extrañarse que produzcan un exceso de poder que devenga en un síntoma asexuado que puede suministrarse rápidamente.

Realmente no se sabe que causa una adicción ya que esta, siguiendo a Loose, es muy compleja, pero algo de la inmediatez se pone en juego en la transferencia. El tiempo constituye una dimensión importante en el tratamiento en los consumos problemáticos. La intoxicación del cuerpo conlleva una satisfacción inmediata, no es necesario un intercambio con el Otro.

Lo comentado anteriormente (en las sesiones y lecturas) es que el papel del analista y su silencio resultan molestos para el sujeto de los consumos problemáticos, algo los asusta, pero hay una demanda del mismo porque la operación pharmakón dejó de ser una “cura” y empezó a ser veneno. Lo comenta Barboza[9]:

La dimensión problemática de una práctica de consumo puede ser producto de una percepción propia del consultante: el malestar cuando no hay, el haber tomado en exceso, las incompatibilidades que se le presentan para afrontar la vida laboral, de estudio, amorosa, familiar; o sea, las tensiones entre volcarse a una forma de gozar a solas o con otros (p.227).

Este efecto singular que representa en el sujeto, donde no hay mediación, donde hay consumo excesivo, una disolución del sujeto con el objeto, se convierte en un veneno incontrolable. El consumo problemático se instala como un problema en el sujeto y acude con una demanda de tratamiento. Sin embargo, las demandas para tratar la “adicción” por parte de estas personas, consideran una operación donde no se impliquen, se excluyen del tratamiento al no hacerse participes; “quítenme este problema” “debe haber otra pastilla que me quite las ganas de beber” como si el analista ocupara un lugar en la transferencia sin ellos involucrarse, en el menor tiempo posible para que esto termine de inmediato. Sin embargo, este tiempo retoma un papel relevante, constituye el tiempo lógico excluido; el mismo que no quiere ser escuchado, tiempo que implicaría involucrarse en la transferencia: “Se infiere que se trata del tiempo para que el paciente se apropie de su sufrimiento en transferencia” (p. 229).

En ese tiempo se juega algo, el silencio que parece asustar al sujeto con consumos problemáticos, de forma que su acceso inmediato al goce es preferible que la mediación simbólica del sufrimiento en la transferencia, se debe reinstaurar. Restituir lugar, función y valor del tiempo, lazo con los semejantes y con la falta que abre lugar al Deseo. La categoría del tiempo resulta indispensable para abrir lugar a la experiencia. Comenta al respecto Carvajal[10]:

Acumular eventos que dejan de ser experiencias, para un futuro impreciso que se desliga del sujeto. La búsqueda de estas, llevará a la anulación de las mismas, ejemplo de ello es el ingreso a las sustancias psicoactivas en el mercado de consumo, del intento por hacerse de nuevas experiencias, el sujeto pasó a la anulación de todas, de forma radical y definitiva (p. 47)

La restitución del tiempo que comenta Héctor Pérez Barboza, la ética de la experiencia como saber humano que Sófocles plantea donde el dolor que sufre lo transforma ennobleciéndolo al asumirlo, inscribiendo así la posibilidad de una cicatriz que tenga relación con las que habrán de advenir, no como acumulación, sino como apertura a la apropiación que posibilita la continuidad, hacerse cargo y actuar en consecuencia (Carvajal, p. 48). Es en este tiempo de la experiencia donde quizá se pueda dirigir el análisis para que el sujeto encuentre su propia historia.


[1] Freud, S. (1929) El malestar de la Cultura. Amorrortu.

[2] Aquí entendiendo la Infancia como lo plantea Jessica Bekerman: la infancia no es una edad de la vida que queda sepultada en un pasado más o menos remoto. No hay infancia anterior al lenguaje y quizás, en uno de sus bordes, la infancia designe un momento de puro lenguaje. Pero un lenguaje líquido, aluvional, acuoso, un mamá lenguaje. Véase: Infancia/ infamia: lo infantil, la experiencia, el lenguaje. https://17editorial.org/wp/wp-content/uploads/2021/12/Infanciainfamia_Bekerman.pdf

[3] Byung-Chul Han. (2017) La sociedad del Cansancio. Herder.

[4] Recalcati, M. (2021) El hombre sin Inconsciente. Paradiso Editores.

[5] Preciado, P. (2021) Dysphoria Mundi. Anagrama

[6] Recalcati, M (2008) Clínicas del Vacío. Editorial Síntesis.

[7] Loose, R. (2005) La causa es el efecto. El problema del diagnóstico dual en las adicciones.

[8] Loose retomará a Freud en la similitud que comenta entre el onanismo y la adicción, como forma de administrarse placer sin la mediación del Otro.

[9] Pérez Barboza, H. El tratamiento del tiempo en la clínica de los consumos problemáticos. Primera indagación

[10] Carvajal, L. E. (2020) Del dolor a la reminiscencia, el tiempo de la experiencia. Samsara.