¿Y si nos enseñamos a enseñar? Una reflexión sobre la educación en los territorios contemporáneos.

Este breve ensayo surge tras la lectura del libro de Alberto Colín (Ser maestro en los márgenes) donde utiliza una nueva conceptualización para pensar la violencia territorial en entornos educativos y cómo los docentes generan prácticas pedagógicas de resistencia ante la crisis que ocurre en el aula y sus fronteras; les denomina estrategias Político-Pedagógicas. Considero que el potencial conceptual de este término puede ayudar a repensar las formas educativas actuales, y pensar la crisis como una instancia de posibilidad de escritura en la adversidad.

Algo previo que pensar sobre la idea escolar

La idea del aula queda como un concepto vago para pensar la situación educativa, con los «avances» de la modernidad se han generado distintos dispositivos que permiten el acceso a la transmisión de saber. Es decir, el aula es rebasada por un dispositivo-prótesis que emite información de la cual el usuario se sirve. El aula como lugar de esta transmisión se ve desplazada, sustituida; la metafísica escolar se derrumba con el impacto de las economías y sus formas tecnológicas de poder. El aula está en crisis desde que los dispositivos empezaron a utilizarse de sobremanera, la subjetividad digitalizada pasa a construir espacios de inter-acción, redes invisibles que se materializan en sitios web donde pueden actuar con otros. La pandemia fue un ejemplo de ello, un territorio que ya estaba desplegado y que en el confinamiento se empezó a poblar.

Sin embargo, las crisis económicas que atraviesan los sectores educativos, involucra la falta del acceso a internet para generar estas conexiones, una limitante en las poblaciones rurales cuya labor esta descentralizada de los espacios pedagógicos “innovadores”, aunado con la acción del profesorado que no cuenta con las habilidades digitales, esto se convierte en una situación crítica que permea los distintos espacios que pretenden ser innovadores. Desde una perspectiva muy personal, cuando hablamos de innovación educativa, considero que no es ahondar en la creación de sitios tecnológicos, nuevas aplicaciones, sino todo lo contrario, innovar educativamente es replantear los fundamentos epistemológicos de la acción de educar, viéndolo desde una perspectiva crítica; es decir, como se puede generar una teoría en la práctica educativa local, de forma que contemple la realidad social donde un proceso de enseñanza (entiéndase el involucramiento del docente frente al grupo) tiene lugar. La innovación radica en la singularidad del docente que tiene que adecuar sus prácticas político-pedagógicas en un momento en particular, en un entorno determinado y en una historia que atraviesa tanto el docente como el alumno[1].

Estas crisis del aula buscan reivindicar las estrategias pedagógicas mediante un acceso y uso de los propios dispositivos, se implementan estrategias que permitan usar los mismos para hacer un avance pedagógico y tener al alumno concentrado por más tiempo. Sin embargo, el uso de la tecnología no garantiza que sea un momento de aprendizaje, tampoco el acceso a las redes y la forma de innovar los dispositivos producirán un aprendizaje. En este punto el problema se vuelve más agudo, porque el aprendizaje y el acto de la enseñanza no se constituye en un lugar (el aula escolar) ni tiene que ver con la innovación tecnológica en la educación. Aventuraré esta hipótesis sobre lo que ocurre en el proceso de enseñanza: El aprendizaje y el acto de enseñanza no se explican por las teorías educativas sobre la adquisición y construcción del conocimiento, sino que tiene que ver con la transferencia en el aula. El Deseo del maestro por su acto de enseñar y lo que recibe el alumno en esta relación transferencial, que no tiene nada que ver con la transmisión del conocimiento; esta perspectiva apunta que el docente genera “algo” en el estudiante que moviliza su deseo por conocer. La pulsión epistemofílica, una erótica por el saber.

Pero bueno, no es la idea comentar sobre ese aspecto que sin duda es necesario para pensar este tipo de prácticas político-pedagógicas. Lo que pretendo con este breve ensayo es pensar como el docente en sus innovaciones educativas promueve una disidencia en los alumnos de forma que movilice su deseo propio descentralizándolo más allá de la alienación violenta que generan estos territorios. La idea de Colin, es que los docentes al servirse de una «lectura» del contexto, atravesado por grupos paramilitares, disputas territoriales y de sometimiento a la soberanía negativa (Lomnitz) aún con todo en contra, aun cargando con la crisis de la vida en disputa de los soberanos (irónicamente también en crisis), el docente es capaz de generar disidencia contra la hegemonía violenta. Más allá de su formación académica, ese cambio tiene que ver con el sujeto, con la singularidad del maestro; la puesta en acto del deseo por enseñar y como inscribir en los estudiantes el “amor” por el saber.

El peligro de generar un desencuentro con los esquemas tradicionales de la enseñanza es el cómo iniciar ¿Qué es el saber? ¿Qué es aprender? ¿Qué implica enseñar? Necesitamos replantear la idea misma de lo que es un docente y su función. Este cuestionamiento no significa que se deba destruir estas conceptualizaciones (Docente, alumno, enseñanza, aprendizaje, etc.) ni que la historia educativa en México haya estado mal, aunque sin duda ha tenido momentos de cuestionamiento. Se trata de (re)pensar la educación y sus conceptos en la época posmoderna que habitamos, los territorios a donde se llevan estas prácticas (que sin duda son terrenos donde la violencia es el acontecer cotidiano) y que se espera que construya en común con las comunidades educativas. La educación siempre ha estado en crisis, porque el educar es una crisis necesaria para volver a plantearnos y ubicarnos como humanidad.


[1] Esta idea no me es del todo propia, en gran parte de este planteamiento está influenciado por la discusión que tiene Foucault con Deleuze sobre los Intelectuales y el Poder. Se encuentra en Microfísicas del Poder. Editorial Siglo XXI.

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