Retrato de una infancia imposible en unas líneas de posibilidad.

Roberto Velasquez

A modo de justificación

Al intentar trazar un inicio sobre lo que deseo decir, me enfrento a la pregunta que adviene: ¿Qué quiero escribir? El intento de plasmar algunas líneas por un deseo no articulado, la hoja en blanco me enfrenta a una falta, una sensación de vacío que no me es ajena desde hace tiempo y que pienso que ha sido una compañía constitutiva; la relación mía con esta falta.

Lo innombrable del vacío, la voz no articulada ha sido un tema que rebasa mi identidad, porque escribo todo aquello que me cuesta y siempre sale otra cosa. El ensayo para mí (en tanto ensayar una voz) ha sido un sostén, una forma de dar un orden a todo el caos que yace en mi cabeza.

Una fotografía de mi familia cuando tenía algunos meses[1]

De niño, fui el que imaginaba, el que se perdía en los mundos creados por el juego y no podía frenar su imaginación, a veces esta siempre se convertía en otra cosa, en pesadillas andantes de un horror tal que no podía enfrentarme solo con ellas. Por ello recurría a mis juguetes – mis héroes fabricados- para encontrar una defensa contra mí. Tenía cuatro años de edad, en la cual me preguntaba todo, un hambre en mi de conocimiento. Hubo un día en mi infancia en que inició una sensación que me fue ajena, un retorno primigenio de esa falta constitutiva que se habla en Psicoanálisis.

Mi padre es psicólogo y poeta, ese día donde mi angustia emergió, el  terminaba de atender a un paciente (les llama pacientes por la paciencia de soportar hablar de aquello que les duele), entré a su consultorio y le pedí que pusiera la canción que había puesto en su consulta[2], esa canción sabía que me era familiar, que la había oído anteriormente y pensaba que quería decirme algo en ese instante: ese día de mi infancia, supe que mis padres en algún momento morirían y que yo también iba a morir.

La muerte ha sido un tema para mí, me espantaba el hecho que algún día dejaría de ser, que mi existencia se terminaba día con día. Pero lo que más me asustaba, era que mis padres me faltarían en algún momento y que el eco de su ausencia iba a retumbar hasta lo profundo de mi silencio. En ese entonces apenas emitía balbuceos de mis sentimientos, era tan solo un niño de 4 años. El hecho de que los padres partan y nos dejen, en una oscura habitación donde no hay quien (nos) alumbre (entendí después que esa habitación es la vida misma) era una idea horrorosa. Perder a mis padres, era el horror innombrable de una falta que está por advenir constante e insistentemente. De esta sensación de horror es desde donde acompaño a Cristina Rivera Garza[3] cuando escribe:

Lo único cierto es que, luego de la parálisis de mi primer contacto con el horror, opto por la palabra. Quiero, de hecho, dolerme. Quiero pensar con el dolor, y con el dolor abrazarlo muy dentro, regresarlo al corazón palpitante con el que todavía tiembla este país. Frente a la cabeza de Medusa, justo ahí porque es ahí donde el riesgo de convertirse en piedra es más verdadero, justo ahí decir: aquí, tú, nosotros, nos dolemos (p.17).

El duelo y la escritura es un tema que convoca, que nos reúne para relatar la experiencia propia del dolerse, porque el dolor es con y por el otro, en esta unión con la falta, hay una posibilidad de la singularidad del decir, del nombrar nuevamente la ausencia que duele. El deseo de decir y escribir, desde lo que pienso, es también un deseo de re-cordar, (un retorno al corazón).

Intentaba plasmar y obtener una serie compulsiva de fotografías cuando fui creciendo, donde yo me veía involucrado con mis padres pasando un buen rato, era mi forma de tener testimonio que estuve con ellos y que la pasamos bien. Pero el instante era efímero, el tiempo “capturado” en la fotografía era un imaginario, una imposibilidad de sostener el momento, tal como comenta Pereyra “En las imágenes lo fotografiado persiste, como un fantasma que merodea sin respiro y nos interpela con sus reclamos” (p. 190).

En la fotografía siempre hay un imposible, no se puede (re)capturar aquello que fue, el pasado es una invención del presente, una recaptura de los momentos que fueron y que ahora se crea en nuevas formas, “Bien quisiera el detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas[4].” (p. 180). La fotografía para mí no era suficiente para esta falta que continúa en mi pecho. Fue ahí que conocí el deseo de mi padre; el de escribir poéticamente.

No sabía que mi padre escribía poesía, sencillamente porque no sabía lo que implicaba escribirla. Mis padres en sus años juntos crearon una biblioteca gigante, como si fuera un hijo que sigue creciendo, y yo crecí con este hermano “libresco”, la poesía no me gustaba porque no entendía que querían decir los poetas.

En el crecer mío (y de la biblioteca) fui sintiendo aún más esta falta y más aún la necesidad de decir algo. Mi abuela Trini (así le decíamos de cariño a la Madre de mi Madre) falleció cuando yo tenía 12, dejando en nuestro patio las alas con las que voló.

Mi abuela Ofelia (Madre de mi Padre) murió cuando tenía 17, y mi Abuelo Rodolfo, el gran sabio del silencio, también se marchó. Fue el último en irse; Mis tíos y mi padre, quienes lo amaron (y siguen amándolo) dicen que sus últimas palabras fueron: Tuve una buena vida, tuve unos buenos hijos, pero estoy cansado, ya viene su madre por mí, ya me está esperando. Había pasado un año que mi abuela Ofelia había fallecido, mi abuelo Rodolfo con la amabilidad de ángel que le caracterizaba, no soportó la idea que marchara sola.

Estos intentos por decir algo de aquello que resulta innombrable, más allá del duelo, es lo que veo en la poesía: una manera de re-tratar aquello que fue inefable, lo no-nombrado, que intenta enunciarse de otra manera y que implica la forma de dolerse con el otro. La poesía para mí es una posibilidad ante lo imposible, el retrato de aquello que quiere enunciarse. Esa fue mi decisión, escribir poéticamente.


[1] Con la camisa blanca de letras rojas, sonríe mi padre, con una gorra que el tiempo le otorga, esta alegre de ver su nombre y la nueva singularidad que emergerá del mismo, mi madre me sostiene en sus manos con la calidad de ángel que tiene un pedazo de cielo. Apenas hay una sonrisa balbuceante que se observa en mi rostro de infans. Arriba de mí se vislumbra mi tía Carolina, sus pequeños detalles siempre presentes cuando visitamos a la familia en Veracruz.  Al lado izquierdo de ella se encuentra mi primo, un hermano a quien admiro su determinación ante los huracanes. En la extrema izquierda sonríe mi tío Rodolfo, hermano mayor de mi padre, quien porta a mi abuelo en su nombre.

[2] La canción es de Phil Collins https://www.youtube.com/watch?v=xxJeIxsOl-Q

[3] Rivera Garza, C. (2011) Dolerse. Textos desde un presente herido.

[4] Benjamín, W. (1972) Tesis de filosofía de la historia. En Discursos Interrumpidos. Taurus.

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