Roberto Velasquez.
No hay un solo documento de cultura
que no lo sea a su vez de barbarie
Walter Benjamin
Paris 1757.
Luis XV recibió una puñalada por el costado derecho del tórax. Robert-François Damiens, quien había servido como militar y anteriormente había sido expulsado del colegio de Jesuitas por su “mala conducta” fue quien cometió el agravio. Además de la navaja, en sus bolsillos portaba unas pequeñas tijeras, un libro religioso y un total de 35 luises de oro; generó la sospecha de regicidio concebido por un grupo de poder en donde Robert -se sospecha- sería el brazo ejecutor[1]. La condena para Damiens fue el parricidio, sentencia establecida porque el rey era visto como un “padre”, esta pena se castiga con desmembramiento. A pesar que en los múltiples interrogatorios comentaba el “no querer matar al rey” y que, de haberlo hecho, habría usado la otra navaja que portaba. Lo único que demandaba, era su escucha.

El acto se llevó a cabo en la Place de Gréve, ante la mirada de múltiples espectadores. El suplicio llevó bastante tiempo, primero se inició con la humillación de estar desnudo ante todos, después fue quemado con aceite para pasar a la sentencia final, el desmembramiento. Se narra que fue complicado y tardado, pues Damiens era corpulento. De acuerdo a lo que Foucault retoma de los informes; los caballos, que cada uno tendría sostenido con una cuerda un miembro de Robert, no estaban acostumbrados a jalar, tuvieron que incrementar el número de caballos y cortar a hachazos los miembros dislocados. Mientras el sufrimiento continuaba, lentamente la vida del supliciado iba cesando. Nunca maldijo a nadie, no culpó a sus verdugos ni a los jueces; rogaba el perdón de Dios. Damiens quedó reducido a cenizas, afirma Cases:
La lógica del Antiguo Régimen es incontestable en este punto, y el suplicio deviene la consecuencia inevitable: el cuerpo simbólico del rey no acaba de sanar hasta que el cuerpo del criminal es reducido a cenizas, y las cenizas arrojadas al viento (p. 342).

El cuerpo y el Soberano
La configuración anatómica de los órganos resulta insuficiente para pensar el cuerpo; el cuerpo es una constitución significante que siempre está en ex-tensión, arraigado más allá de la formación anatómica. El cuerpo es una constitución simbólica, pero también juega una parte inefable, la extrañeza de lo familiar. El cuerpo goza, y esto opera en una dimensión fuera de la expresión imaginaria y simbólica que ejerce un papel explicativo y constitutivo de lo considerado como “identidad” (lo mismo). El cuerpo abre una dimensión histórica, una voz que opera en lo indecible del lenguaje, juega en el papel de las formas de conducir el acto y gozar en ello, más allá si causará sufrimiento a la fragilidad del Yo.
En la historia distintas instituciones políticas (también pensando como instituciones del poder) tuvieron como objetivo el gobierno de los cuerpos. El humano pasa a ser visto desde la óptica del órgano, su cuerpo necesitaba ser objetividad para su control. Explicar, diseccionar, clasificar y castigar; el cuerpo es una extensión, es una parte del poder, un territorio por colonizar y gobernar. El intento médico por comprender los fenómenos histéricos en la Salpetriere (muy cerca de donde fue el suplicio de Damiens) conllevó un fracaso en la medicina, el síntoma era del cuerpo, se inmovilizaba una extremidad, había convulsiones, dolor, pero anatómicamente no había nada. El cuerpo adolece de reminiscencias, lo que padece no tiene que ver con lo anatómico sino que apuntaba a un más allá de lo físico. La dimensión del cuerpo esta atravesada sin duda por un registro material tangible, pero también por una materialidad simbólica.
El acto del desmembramiento no fue simplemente el hecho de «desmembrar», los suplicios, las muestras de tortura, incluso lo que contemporáneamente se observa como la huella de tortura, donde quedan los restos del cuerpo, pedazos esparcidos y exhibidos, no es simplemente por el hecho de llevar a cabo el suplicio, sino porque el Deseo del humano es violento. En el segundo ensayo de Freud sobre la sexualidad, comentará al respecto:
Nos es lícito suponer que la moción cruel proviene de la pulsión de apoderamiento y emerge en la vida sexual en una época en que los genitales no han asumido aún el papel que desempeñarán después (p.175).
Las instituciones logran generar mecanismos de obtención de beneficios sobre el cuerpo, no importa la historia que le preceda al mismo; a pesar de que este sea un tejido histórico en la piel, como Preciado lo define con Somateca, sigue siendo un producto del capitalismo, fuera de la experiencia y su historia; el cuerpo se convierte en una pieza instrumental, parte de una lógica mecanicista que lo pone a operar sobre registros políticos e institucionales; se generan grandes “cuerpos” gubernamentales para la obtención de un rendimiento optimo, pero también se convierte en una zona en donde imponer tecnologías y un discurso de poder para tener un efecto de gubernamentalidad.
El cuerpo es extensión, el simple hecho de ver (el ojo en tanto constituido por la mirada, como la identificación del cuerpo en el otro; soy en el otro, un sí mismo[2]) genera sobre el cuerpo propio un daño. La mirada del suplicio del otro nos “duele”. El dolor como el vínculo primordial de las sociedades primitivas; amaras a tu prójimo como a ti mismo, sentencia que denota el margen y borde del cuerpo del otro como efecto en el nuestro. El cuerpo siempre es prolongación, siempre es propenso a ser castrado.
El desmembramiento refiere a la separación de un todo en partes. Lo que se obtiene son partes de lo que antes era un todo; no hay posibilidad de unión, la separación quedó como una cicatriz, esa herida es la que queda como un efecto, un síntoma que quedará como memoria, la estatua que menciono Freud en las conferencias de introducción al Psicoanálisis, el síntoma es como esta, el recuerdo de que algo pasó. El pasado aquí no tiene una connotación de efecto cerrado, el pasado continúa, el pasado mantiene en la memoria aquellos afectos de los cuales tenemos noticias por el dolor y la simbolización; la estatua es un síntoma, el síntoma es una memoria, una fotografía la cual, a como comenta Pereyra[3], no es un recuerdo fidedigno, es una reconstrucción imposible de lo acontecido. El pasado siempre es presente, en tanto a que lo único que diferencian estos tiempos, es la relación con la que los enunciemos.
El desmembramiento de Damiens, fue la representación histórica e imaginaria (registro imaginable) de la fragilidad del cuerpo, de cómo estos lazos tienen una trama con lo social, y lo frágil que somos, la memoria del suplicio es el miedo de la posibilidad que enfrentamos diariamente, es el miedo mediático. El miedo ocupa el lugar del espacio público, la crudeza, el relato de horror, los hallazgos de cuerpos en fosas comunes, son el efecto que se tiene en la retórica social, parte de este efecto criminógeno genera la docilidad y obediencia de los otros; la soberanía opera en la capacidad de generar un Estado de excepción[4]. La vida cotidiana está plagada de estas formas corporales de expresión, no solo la vista del otro supliciado nos duele. También nos duelen las historias, dolemos por la historia.

Atrocidades al cuerpo, inspiraciones poéticas
Año 2014 en State Island, un policía somete por detrás a Eric Garner, un afroamericano con padecimientos asmáticos. El agente le apretó el cuello con fuerza, Eric solo repetía la misma frase “No puedo respirar”. El acto de violencia por parte de un agente público conmocionó a miles de personas; la inscripción de la frase repetida ocho veces por Eric, fueron gritadas cientos de veces por los meses sucesivos. El ahogamiento representaba una cuestión en común; los cambios climáticos, la contaminación de las ciudades, los cuerpos quemándose en las penumbras de los campos, el hedor del fuego[5], todo esto marca la estética Petrosexoracial que denomina Preciado, un régimen que demarca, disecciona, esclaviza y asesina a los cuerpos subalternos, a todo aquel que represente una amenaza imaginaria de la “raza” el humano se esclaviza en sus ideales, se pone la misma celda, el sofocamiento está en todas partes[6].
La pandemia vino a demostrar la actividad política de ahogamiento, un virus respiratorio se expande por el territorio, la frontera no detiene, las medidas de encierro y las obstrucciones del cubre bocas (medida implementada para “no compartir respiraciones contaminantes”) resultan irrelevantes. El virus es una entidad muerta, toma vida por su código genético en un cuerpo vivo, no se puede contrarrestar, no hay forma de detener lo microscópico de su existencia. Al ingresar al cuerpo el Covid-19 opera generando un daño pulmonar, un cansancio excesivo, una falta de oxigeno para respirar. Las instituciones están saturadas, día a día expulsan los cuerpos de los muertos por el virus[7] haciendo una sumatoria de muertes. El cuerpo es reducido al registro, el número es sustitución de una vida en la contabilidad de la muerte, los duelos se vuelven tecnificados, no se puede ver por última vez el cuerpo del amado, no se puede acercar mucho porque el virus puede reproducirse en un nuevo cuerpo; las lágrimas, el llanto, el dolor se esconden detrás del cubrebocas. El sofocamiento está en todas partes.
El cuerpo paso a ser un objeto de gestión política, esta embestido de significantes sociales; alto, bajo moreno, negro, blanco, chaparro, delgado, flaco, gordo… Lo que marca que hay un registro estético que lo coloca en una red que determinará su forma para los otros. El cuerpo desde un principio ha funcionado saliéndose de las categorías. El binarismo del sexo, la diferencia sexual de la cual solo se puede devenir hombre o mujer, resultó ser un problema para la piel. El cuerpo se extiende, habita más allá de las pro-posiciones conceptuales, no se ubica como una entidad, sino como posibilidad. Su acto es una formación, la acción es una parte de su esencia. El cuerpo es siempre una ex-tensión, un exceso, tiene múltiples posibilidades de Ser y Significar.
El cuerpo pasa a tener una resistencia ante el poder, se genera una gama discursiva que oprime y determina una forma de extensión corporal, el sometimiento es una forma de establecer las jerarquías, los modos discursivos, o la gramática que dicta el discurso, engloban al cuerpo en una dimensión establecida, un tejido de tal forma que las relaciones entramadas o posibilidades de extensión, resulten estar mediadas por estos aparatos discursivos; se trata de inscribir al cuerpo en una hegemonía del significante Amo, quien no entre a ello, quien se revele contra el Soberano, serán desmembrado (extraer/expulsar del título).
La lucha se emprende contra los nombres y diferencias, los que no entran al régimen no entran en nada, se expulsa lo no-nombrado, se aleja a toda aquella forma de enunciación y se borra de la memoria con un discurso, el arma del crimen permanece desconocida[8]. El establecimiento de una forma de vida es un acto de poder y violencia, las formas de entablar las relaciones discursivas y las maneras de imponer contenidos ideológicos sobre el “buen vivir” aluden al desmembramiento de la historia del sujeto, las imposiciones gramaticales, las formas de hacer sentido, el lenguaje como virus que se inscribe en toda forma de inscripción, generan en el sujeto una única forma de enunciar. Pero el cuerpo se resiste, aquellas realidades subalternas que tratan de enunciar, aquellas alteridades excluidas que logran evocar un discurso, más allá del dogma, de la forma completa del nombrar, se evoca un discurso dislocado, una “pausa” en la historia para lograr generar un invento. Preciado ya lo había comentado, la imaginación es una instancia crítica y el Arte, como un destello subvertido de la historia, logra pausar el continuum para subrayar una diferencia del camino repetido. La poesía, aún a falta de voz, queda la inscripción y detalle de la violencia ocurrida. Los testimonios poéticos de la violencia serán el tema que nos convocará en el siguiente artículo.
Poéticas del Caos
Era ver contra toda evidencia
Era callar contra todo silencio
Era manifestarse contra todo acto
Contra toda lambida era chupar
Hay Cadáveres
Néstor Perlongher
[1] Cases, V . (2021) El caso Damiens y la desacralización de la monarquía francesa. Ediciones Universidad de Salamanca, 43 (2) pp. 339-368 https://doi.org/10.14201/shhmo2021432339368
[2] Siguiendo la argumentación de Jean-Luc Nancy, Cruor.
[3] Pereyra, G. Construir Memoria en tiempos atroces. Estudios sobre conservación, restauración y museología. ISBN: 978-607-484-964-6
[4] Agamben, G. (1995) Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida. Pre-Textos.
[5] Precaido, P. (2022) Dypshoria Mundi. Anagrama.
[6] Bifo-Beradi, F. (2020) RESPIRARE. Caos y Poesía. Prometeo libros.
[7] Al régimen necropolítico moderno no le interesa el nombre ni si realmente fallecieron por el virus, lo que le interesa es el número, el registro y reducción del humano a una estadística. Véase Echeverria, B. (2009) ¿Qué es la modernidad? Universidad Nacional Autónoma de México.
[8] Vidal-Naquet, P. (1994) Los asesinos de la memoria. Siglo XXI

